martes, 1 de julio de 2008

1.c_ larga vida al rey

*


Yorrek se agazapó junto al dintel, bajo la antorcha. Esperó.

Era noche cerrada, y no había luna. Miró hacia atrás, con la espada en la mano todavía en tensión. Los guardias dejaban que a su alrededor se ensanchasen charcos rojos de sangre, pero por lo menos había tenido la decencia de cerrarles los ojos y meterles en la boca una moneda para pagar a la Parca.

como en los viejos tiempos

Sus ojos grises brillaron a la luz del fuego, y agarró el colgante que pendía en su pecho, rogando a sus dioses fuerza y valor. Era más una costumbre enseñada por su maestra que una necesidad: hacía tiempo que Yorrek no sentía nada, ni temor, ni debilidad, ni remordimientos. O al menos eso quería creer.

la Maestra estaría orgullosa de mí. Estoy liberando su esperanza de las garras de este maldito fanático

Las estrellas brillaban en el cielo, testigos únicos de lo que iba a cometer.

Estoy comportándome como un asesino

Cállate, es lo que debes hacer. Este hombre… este hombre es el verdadero asesino. Está matando a tu pueblo. Está esclavizando a los niños para su jodido dios. Es un demonio negro

También tú vistes de negro

“¿Y quién no en estos días?

Desde que los adoradores del Enterrador habían tomado el poder y sus sacerdotes habían proclamado a Lord Tidior como rey, los lugares que habían sobrevivido al Gran Cambio se habían enfrentado a un peligro mucho mayor: el de sobrevivir a sus iguales.

Los seguidores del Gemelo de la Sombra habían quemado vivos a los que se negaron a servirlos y renegar de su pasado, habían cortado la cabeza a aquellos que osaron hacerles frente, y habían entregado a las fieras a los niños, a los que llamaban Hijos del Pecado. Yorrek habría corrido la misma suerte si no hubiera doblado la rodilla y la Maestra no lo hubiera acogido bajo su manto.

El Negro era el color del Enterrador, y era el único que sus siervos debían vestir. Nada de joyas, al menos para el pueblo llano. Ese era un lujo para los señores. Lo cierto es que, según las indagaciones de sus superiores, los seguidores del Enterrador estaban buscando algo, una piedra que era una llave, o algo así. Yorrek no había querido saber más. Él solamente acataba órdenes y cobraba oro. Solamente era un hombre gordinflón que tenía un pincho de hierro y sabía manejar los vientos. Solo eso.

Abrió la puerta de una patada, no le costó nada romper la madera con su fuerza bruta. Lord Tidior se había despertado al otro lado de la estancia, y su esposa, Lady Anna, se cubrió con las sábanas llamando a los guardias que, por supuesto, no se levantaron del suelo.

- ¡He venido a poner fin a esto, Rey Asesino!

Lord Tidior se levantó con agilidad para sus años, con el pijama de lana puesto, y avanzó una mano hacia él.

“¡Ahora!

- ¡Viento acude por Bóreas!- gritó mientras apretaba la gema de su cuello.

Lord Tidior fue más rápido. Alzó las manos y susurró unas cuantas palabras. El viento invocado pasó de largo sin impactar al rey, pero despedazó a su esposa entre gritos de dolor. No le fue fácil soportar por enésima vez el espectáculo sin vomitar.

“¡Mierda!”

El rey fijó la vista en él, mientras seguía susurrando. “¿Un hechizo de protección?” Si así era, Yorrek debía darse prisa. Se concentró más y por un momento parecía que la campana invisible que protegía a Lord Tidior de sus vientos se rasgaba…

No se había rasgado.

De repente, la oscuridad de la estancia empezó a borbotear como si fuera agua hirviendo. Yorrek se asustó y retrocedió, mientras el afilado viento se calmaba en una brisa veraniega.

- Estás muerto- se limitó a anunciar el rey.

Efectivamente, el asesino gordo se derrumbó y cayó al suelo. Su cadáver quedó marcado por el gesto de terror en los ojos grises.

Lord Tedior bajó la vista hacia él con asco. Tiró de la campanilla que estaba junto a la puerta para llamar a su mayordomo. Alguien tenía que limpiar toda esa inmundicia.

Se giró hacia los restos de su esposa.

-Eso sí que va a ser difícil de limpiar.

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