miércoles, 9 de julio de 2008

1_e. Camino del este

*

Hagga apretó contra su pecho la camiseta y aspiró su olor con los ojos cerrados.
Se había ido.
Y ni siquiera se había molestado en enviarle una carta.
Se decía que Hagga era la joven más hermosa de muchos kilómetros a la redonda, con su cabello blanquecino a la luz del sol y sus grandes ojos azul oscuro, como una tormenta. Pero eso no le había servido de mucho.
No sabía cómo había sobrevivido cuando se partió el mundo, pero lo único que recordaba era que estaba corriendo de la mano con Jacke, cuando aún se llamaba Idana, por un campo de trigo. El viento furioso azotaba las espigas en todas las direcciones, creando un inabarcable mar dorado. Recordaba que le corrían lágrimas por las mejillas, pero… ¿por qué? No podía saberlo. La conmoción le había borrado la memoria y algunas noches tenía sueños difusos, con caras que conocía cuando dormía pero cuando abría los ojos desaparecían de su mente.

Se acurrucó en la cama y miró al techo casi derrumbado. Las lluvias habían hecho agujeros en la casa que ella y Jacke habían compartido durante un año. Ahora que se había ido, el frío la había invadido y era el único con el que compartía lecho. Las primeras nieves habían caído y lo habían cubierto todo con una fina película de hielo, pero ella seguía allí, en silencio, esperando. Algo le arañaba el vientre por dentro, no le dejaba respirar. Se resistía a creer que la hubiera abandonado, pero sabía que era cierto.
Ella lo había amado, tanto como era posible.
Y allí estaba, sola con el frío y el viento.

Se tapó con la gruesa manta de lana basta hasta los ojos. La chimenea se había apagado hacía tiempo, y era imposible volver a encenderla. Allí, tan al norte, la vida era dura y era difícil sobrevivir… pero cuando estaban juntos le parecía lo más sencillo del mundo. Nada estaba mal con él… hasta que la había abandonado. Se había largado por uno de los caminos que se encontraban al este, diciendo que no se levantase, que volvería cuando el sol saliera…

Muchos soles y muchas lunas habían llegado y se habían ido desde entonces. Y Hagga había estado esperando. Casi muerta de hambre y frío, pero seguía allí. Se había insultado millones de veces, había llorado hasta quedarse seca, había esperado sentada en el camino, sin alejarse del hogar por si volvía. Todavía conservaba la esperanza. “No me dijo que me dejaba, me dijo que volvería”. Otras veces lo odiaba tanto que no podía dejar de pensar en él. ¿Qué hacer? Lo había perdido todo, menos aquel corral de piedra con el tejado agujereado por el que se veían las estrellas de la noche. Muchas veces se había preguntado si habría muerto, pero Jacke era fuerte, y le costaba creerlo. Había sobrevivido a millones de horribles experiencias, y de todas había salido impune. Aunque no quería aceptarlo, sabía que era cruel, astuto y ambicioso. Y supuso, con un suspiro, que eso era lo que lo había hecho abandonarla. ¿Qué podía ofrecerle ella a parte de una cama caliente y un plato de gachas resecas? Ni siquiera era buena cocinera, y tampoco es que fuera una chica muy hábil. “Eres una inútil. Si te hubieras esforzado más… si lo hubieras hecho mejor… si le hubieras dado aún más, aún más de lo que le diste…”. Muchas veces se lo había echado en cara, él le había tirado la comida al suelo y le había gritado mil veces que se lo comiera ella, que se esforzara, que no era digna para él, que era estúpida y merecía quedarse sola por su egoísmo.
“Él se merecía más, mucho más de lo que pude darle… ¿Por qué? Él me amaba y con mi estupidez lo perdí, se fue por mi culpa” se llevó las manos a la cara y empapó sus lágrimas con las anchas mangas de su camisa gruesa. Su bella cara estaba sucia, y chorretones más claros habían quedado en sus mejillas a fuerza de tanto llorar. Jacke la había ayudado a huir, la había salvado, le había jurado amor eterno, había estado con ella mucho tiempo, le había susurrado al oído dulces palabras hasta que se quedaba dormida… pero también le había chillado y en más de alguna ocasión la había hecho acostarse con moratones.
Y ahora se había marchado, la había dejado sola.
No sabía qué la hería más, si haber sido tan débil por aguantarlo o la soledad de su ausencia. Y lo echaba de menos. No le quedaba otra cosa que hacer a parte de creer que era tan estúpida como él le dijo.

De repente la única vela se apagó con un soplido de viento.
Hagga se levantó de la cama de un salto, y se puso su capa ajada de conejo. Las lágrimas todavía le corrían por el rostro. Agarró de un manotazo la horca de madera con la que mil veces había utilizado en el campo, y la sostuvo con fuerza. Las estrellas titilaban sobre su cabeza, y un haz de luz de luna iluminaba su cabello blanco a través del agujero del tejado. Apretó los dientes.
“Voy a buscarte, Jacke. Voy a hacerte pagar todas mis lágrimas”

Clavó las puntas de la horca en el suelo de tierra con violencia, la desclavó y salió corriendo bajo la noche estrellada rumbo al este.

La camisa de Jacke quedó abandonada en el catre, hecha un gurruño.

"Dioses dadme fuerzas"

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