jueves, 3 de julio de 2008

1.d_ hijos del fuego


*

Diana cerró los ojos con cansancio, y se colgó la cuerda del hombro.

- Señorita… esta no es la actitud de una mujer.

- Una mujer hace lo que le viene en gana- contestó al mayordomo perdiendo la paciencia-. Acostúmbrate a que no voy a romperme en mil pedazos.

- Pero señorita…

- Me da igual lo que considere. Puede retirarse. Y puede hacerlo ahora.

El viejo mayordomo se retorció el bigote blanco con gesto áspero y se dio la vuelta. Diana lo miró alejarse, furiosa. Estaba harta de la maldita protección de todo el mundo, estaba harta de que la tratasen como si fuera a acabar de destrozar el planeta cada vez que se movía. Pero eso era lo que tenía formar parte de la nobleza.

Puso el pie sobre la cubierta de la barca de madera, y comenzó a levar el ancla. El bote se zarandeó mientras se quitaba los zapatos de tacón y se arremangaba el vestido hasta la cintura, dejando que se vieran unos pantalones de montar debajo de éste.

Desde que se habían mudado a la costa hacía aquello todos los días a escondidas, aunque cuando su padre volvía de la capital era imposible. Por eso, cuando se marchaba, aprovechaba para disfrutar.

Tenía el cabello ondulado de un tono castaño rojizo y los ojos azules como su padre. Izó las velas y respiró hondo a la vez que éstas se inflaban. Tomó el pequeño timón y dio la espalda a las colinas para mirar la inmensidad del océano. Un océano antes viejo que ahora había cambiado.

Diana disfrutó del agua marina salpicándole al rostro, del sol rielando en la superficie. Un banco de pequeños peces voladores se esfumó saltando cuando la quilla cortó las olas adentrándose en el horizonte. Sabía que era peligroso alejarse de la costa, pero era la única forma de huir de su vida. Fundirse con el océano y con el cielo, oír únicamente el canto de las gaviotas y las olas. Cuando estuvo suficientemente lejos, se tumbó sobre cubierta y extendió los brazos hacia las alturas, haciendo como si atrapara el sol con sus manos. Cerró los ojos…

… cuando los abrió, el sol se hundía por el horizonte. Se levantó de un brinco. “¿Qué…?” El bote se acercaba peligrosamente a un saliente de rocas puntiagudas. “¡La corriente me ha arrastrado al Espinazo!” Intentó alcanzar a tiempo la pértiga para alejarse, pero el mar estaba furioso. Al tercer intento la larga vara se partió con un sonoro clack. El Espinazo estaba cercano al pueblo, pero los marineros no se acercaban allí por lo accidentado del terreno. A demás, cuando subía la marea desde los acantilados se podían ver los cadáveres. Se había ganado la fama de estar embrujado y de dar mala suerte, así que las probabilidades de que algún pescador la viera y la ayudase quedaban reducidas a una entre un millón. Rechinó los dientes mientras rebuscaba en un baúl algo que pudiera usar para salvarse.

Sintió miedo. “Piensa, piensa, piensa” Si seguía allí arriba, la barca sería arrastrada hasta las agujas de roca y las olas la estrellarían. Si se lanzaba al agua… sí, eso haría. Pero cuando estaba a punto, recordó que las corrientes arrastraban allí a los muertos. “Las corrientes no solo arrastran a los muertos… también a los peces… y a las bestias marinas” Se alejó del agua lo más rápido que pudo con una maldición.

De repente un golpe sacudió la pequeña nave de madera. Había rozado con unas rocas del fondo. En su mano todavía conservaba el trozo de pértiga, astillado y punzante. Tragó saliva cuando otra embestida de agua hizo que el bote soltara un sonoro crujido. "La has cagado"

- Vas a ir al agua de todas formas- le dijo una voz a su espalda.

Diana se giró con la madera en la mano, para ver a un muchacho moreno, sentado tranquilamente sobre una de las agujas más altas. Sus ojos rojizos (que resaltaban en su tez mortalmente pálida) la miraron con desdén mientras cruzaba las piernas.

- ¿Quién eres? ¡Ayúdame!

- ¿Por qué habría de hacerlo?- preguntó tranquilamente el joven. Tenía una belleza sobrecogedora y su sonrisa helaría el ánimo de cualquiera- De todas maneras vas a morirte.

Diana resopló y le dio la espalda, enojadísima.

“Solo es un producto de mi imaginación, he pasado mucho tiempo al sol

- Vamos, dame una razón por la que debiera ayudarte- insistió el desconocido. Al no obtener respuesta y ver que Diana seguía dándole golpes al arrecife con su palo puntiagudo se inclinó hacia delante-. ¿Sabes que hay tiburones aquí?- De nuevo no recibió respuesta-. Como quieras.

Cerró los ojos y puso los brazos tras la cabeza, disfrutando de los últimos rayos del sol. Diana se giró.

- No existes. Así que deja de torturarme- espetó.

- ¿Podría sacarte de aquí si no existiera?

- No existes.

De repente, el joven estaba tras ella en la cubierta del bote. Éste soltó un quejido. El desconocido la cogió por la cintura y acercó sus labios a su oreja. Diana se puso tensa cuando le sopló en el oído. Apretó la pértiga con ambas manos y se volvió para clavársela al fantasma.

Él la paró con una sola mano y le lanzó una sonrisa mordaz.

- No te conviene hacer eso.

El bote gimió por última vez, y la ola lo partió contra la roca como si fuera una cáscara de nuez. Diana gritó, y las manos del joven se agarraron a su cintura como la presa de un águila. Cerró los ojos e intentó volver a alzar la madera, pero se le escurrió entre los dedos y cayó al océano embravecido. Se dio cuenta de que una tormenta se desencadenaba sobre sus cabezas. Se dio cuenta de que los pies estaban empapados.

Abrió los ojos para verse rodeada de la inmensidad del cielo. “¿Qué demonios está pasando?”

Alcanzó a ver como en un sueño que de la espalda del desconocido brotaban dos grandes alas negras, brillantes a la luz del ocaso. Se aferró a su cuerpo, sintió que se caía. Pero sus brazos no la dejaron estrellarse contra el suelo. Estaban volando, ¡estaban volando! Las plumas de obsidiana temblaban con la brisa fría del mar, se sentía cerca de tocar el cielo, cerca de las nubes, cerca del infinito. Miró hacia abajo, la gran extensión de agua se prolongaba hacia el oeste como una alfombra azul, gris e interminable.

Él planeó y perdió altura… y entonces la soltó. Diana chilló otra vez, y cayó al agua con un sonoro plof. Abrió los ojos y contempló aturdida cómo subían las burbujas brillantes. Se impulsó con los brazos para salir de allí…

- ¡Ah!- respiró profundo el oxígeno, con las piernas aún temblorosas. Descubrió que estaba en una playa de arena cercana a su casa, y que hacía pie. Se apresuró a salir del agua a toda prisa, levantando gotas y chapoteando.

Cuando salió, el desconocido seguía con su sonrisa irónica en el rostro, acuclillado en la arena. Diana recuperó el aliento, y le sacudió una sonora bofetada. Él la miró sorprendido y se llevó la mano a la mejilla enrojecida.

- Por lo menos aceptas que existo- musitó.

Diana se sacudió el vestido empapado, el cabello le goteaba.

- ¿Por qué has hecho eso? ¿Y quién eres? ¿Cómo has hecho ese truco?- exigió, como cuando gritaba a los criados de su padre.

- Despacio, niña- espetó-. Supongo que, teniendo un padre científico, sabrás que con el Desmembramiento del Mundo han escapado cosas horribles de las profundidades del Hades.

- Mi padre dice que eso son mentiras para asustar al pueblo.

- ¿De veras?- resopló divertido- Pues entonces déjale creer que estás loca. Mi nombre es Astaroth, y soy una de esas mentiras para el vulgo. Pero tienes suerte de que hasta Los Caídos tengamos nuestras ambiciones.

Astaroth tomó a Diana de la mano y la ayudó a caminar sobre la arena. Las alas de su espalda habían desaparecido.

- Por cierto- dijo sin ton ni son-. ¿Tú no cambias de nombre?

- Mi madre me dio éste y no tengo por qué hacer caso a cuatro imbéciles. No pienso cambiarlo.

- Haces mal, pequeña- susurró, clavándole sus ojos de fuego-. ¿No te ha dicho tu padre que los demonios malos pueden apoderarse de tu alma si saben tu nombre real?

- Los demonios no existen. Y los dioses tampoco.

Astaroth sonrió de medio lado, pero no dijo nada.

"Pronto morirá tu orgullo, niña"

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