Mientras tanto, muy lejos de allí, en otra dimensión y otro planeta Breyne cerró el libro con un golpe seco. “Solo será un poquito. Solo dos minutitos” se prometió. Sabía que era mentira y que si apoyaba la cabeza en la almohada no despertaría hasta pasadas varias horas.
Desde que el mundo se había partido como una bola de cristal, todo había cambiado. Los mares habían engullido unas tierras y habían escupido otras. Millones y millones de personas habían desaparecido, y se decía que las costas aparecían llenas de cadáveres a medio devorar cuando la luna se llenaba y las mareas subían. Las ciudades que diez años antes habían acaparado la arena y la hierba habían quedado entramadas por las raíces de las hiedras y los árboles. Algunas montañas habían desaparecido en las fauces de Gaia, y otras se habían tragado países enteros. Las ruinas todavía conservaban tesoros extraños hechos de metal, máquinas que habían quedado inservibles y otros lujos de los muertos de antaño que ahora habían perdido su sentido. Allí creaban un enorme y estrafalario vertedero que, en más de una ocasión, debía ser considerado cementerio. Los edificios más altos, inestables y susceptibles, habían sometido con su peso a tantas personas como se encontrasen debajo. Las aguas habían arrastrado a muchos de los supervivientes a las profundidades del océano, donde las criaturas que el estruendo había despertado y las que ya eran conocidas se habían encargado de ellos.
Al menos la mayoría.
Breyne estaba cansada, pero por mucho que hubiese abandonado su lectura y se hubiese aferrado a su extraño monigote de trapo hecho a remiendos no podía dormir. Deseaba hundirse en el reino de Hipnos y descansar, pero a veces la atormentaban los recuerdos y la sangre. Parecía que su mente ya estaba cansada de ello, pues durante los últimos días a penas le había permitido dormir.
Breyne tendría diecisiete años y un largo camino recorrido. Sus padres habían odiado los ruidos y gases tóxicos de la ciudad, y ansiando proteger a sus hijos se habían mudado a una pequeña villa del interior de Italia para criarla en una granja, lejos de Ancona, su cuidad natal. Cuando era pequeña siempre había querido ir a ver el mar. Era curioso que ahora el mar hubiera querido verla a ella.
Su padre había fallecido hacía dos años, pero no estaba sola. Ferro era ahora un perro adulto y fiero, y además tenía a Denwas. El joven tenía un par de años más que ella, y era de los pocos supervivientes de la aldea. Claro, que antes se llamaba Ercole, pero ahora el mundo había cambiado. Y ellos también.
Breyne decidió hacer caso omiso del cansancio y se levantó. Arregló un poco el colchón de paja y lo cubrió mejor con las mantas gruesas. Salió al exterior del granero con una sonrisa en los labios. Hacía un día espléndido, el sol brillaba y arrancaba destellos a las aguas y a las nubes blancas. Respiró hondo. “Si la tierra se partió, ¿por qué no lo hizo el cielo?” se preguntó.
Cogió un cesto y, tras recoger algo de hierba, se dirigió a los establos que su difunto padre había construido. Había sido una idea genial el meter a los animales en la bodega aunque hubiera costado. Ahora tenían comida y transporte.
Abenuz piafó al verla llegar y estiró de la soga. Negro como el azabache y gigantón, el caballo tenía de tranquilo lo que tenía de altura. A penas si había coceado y relinchado cuando el estruendo del Desmembramiento los alcanzó, quizás porque estaba demasiado atemorizado para ello. Breyne no sabía montar, pero tuvo que aprender. Cuando la tierra se abrió y se tragó las carreteras que tantísimos siglos habían costado construir, los coches ya no podían moverse. A demás, se acabó la gasolina. El mundo había vuelto a
- ¡Te he asustado!
- Muy agudo- espetó furiosa-. Como vuelvas a hacerlo te meteré una patada en los huevos y no dejarás de chillar hasta que llegue otra Nueva Edad.
- Cálmate, tonta. Te he traído otros huevos para cascar- en sus manos llevaba un nido intacto con cinco huevos blancos-. Son del bosque.
- ¡Vaya!- su humor cambió repentinamente, y su cara se volvió radiante. Le quitó la comida de las manos- ¡Que bien que los hayas encontrado!
- Siempre he sido un buen cazador- se enorgulleció el chico.
- ¿Acaso salieron corriendo?- se burló ella- Seguro que se asustaron de lo feo que eres.
- Maté al gato que se los iba a tragar, idiota.
Por su parte, Breyne era rubia y tenía los ojos color ámbar, chispeantes y vivos. Había tenido que aprender a trabajar tan duro como Denwas, a sobrevivir sin ser tan alta ni tan rápida como Denwas, a cabalgar como Denwas, en definitiva a no ser una carga para el chico. Aunque si lo hubiera sido a él no le hubiera importado, estaba segura. No tenía la piel suave, ni el cabello cepillado, y su ropa estaba llena de rotos y remiendos. Sus piernas y brazos estaban arañadas por mil cicatrices. Pero aún así era una chica bonita. Y sabía nadar rápido, pescaba y hacía redes. Leía siempre que podía los libros que había en la bodega, aunque los había releído más de diez veces.
Cuando llegó la noche encendieron una hoguera frente a las dos cabañas, en lo más alto de la colina. El tonto de Denwas tenía miedo de que el mar se los llevara, y nunca se acercaba al agua. Y si lo hacía era para lavarse rápido y salir corriendo tierra adentro. Aquella noche se sentaron juntos y comieron con avidez mirando las estrellas.
- Breyne, ¿Tú crees que volverán?
- ¿Quiénes?- preguntó, pensativa- ¿los muertos? No.
- No, los muertos no. Los Hijos de Kascha.
- Claro. Tienen que volver- arrugó el ceño-. Volverán y entonces nos iremos con ellos. Podemos montar en Abenuz los dos, es un caballo fuerte. Cuando vuelvan a pasar iremos con ellos y perderemos de vista estas ruinas asquerosas.
- Siento haber sido tan tozudo- musitó el chico, triste-. Si no hubiera sido por mí, ahora no estaríamos aquí. Estaríamos en las Nuevas Ciudades.
- No te atormentes más. No tuviste la culpa…
- Si no te hubiese hecho enfadar, no hubiese despertado a…
- Cállate- espetó bruscamente-. No hables de eso. Fue sin querer. Nadie salió herido y nadie lo vio. No lo nombres más.
Denwas bajó la vista al suelo y no mencionó más el poder de Breyne aquella noche.


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