El chico se despertó por el sonido de los cascos de los caballos resonando en el acantilado. Se levantó de un salto. No podía creerlo, por fin iban a marcharse. Esbozó una sonrisa de oreja a oreja y salió corriendo de la cabaña de palos que había construido con su amiga. Se deslizó escalera abajo y puso los pies en el suelo.
- ¡Breyne! ¡Breyne despierta!- gritó mientras corría hacia la hoguera apagada. Abrió la tela destrozada que espantaba las moscas a la entrada de la tienda roñosa donde ella dormía las noches de frío- ¿Breyne?
La cabaña estaba vacía.
Denwas se giró extrañado, y miró a su alrededor. Se quedó quieto, incapaz de moverse. “Vamos a perderlos. ¡Vamos a perderlos otra vez por tu culpa! Maldita seas, ¿dónde estás, Breyne? ¡No me voy a ir sin ti!” pensó desesperado. Las pisadas duras volvieron a oírse, esta vez más cerca y sin retumbar. Cloc cloc cloc.
Volvió a salir corriendo, y justo cuando doblaba la esquina de las agrietadas cuadras chocó con algo negro y peludo. Cuando se dio cuenta estaba de culo en el suelo, cubriéndose la cara con los fuertes brazos, a la vez que buscaba una piedra por la arena para tirársela a su atacante.
Alzó la vista.
Abenuz estaba alzado de patas, y sobre su grupa estaba ella con cara de terror, estirando de la rudimentaria rienda (hecha de cuerda) para que la gigantona montura no lo arrollara. Denwas se levantó y no pudo evitar una sonrisita cuando vio la inusual expresión de su amiga. La ayudó a tranquilizar al caballo, que a sus manos se volvió de nuevo dócil como un corderillo.
- Todavía no lo llevas tan bien como yo- se rió el chaval a la vez que Breyne sacaba con un bufido los pies del estribo y se echaba hacia delante, aunque sin soltar las riendas.
- Los burros montan bien a caballo- espetó con un bufido.
Denwas se aupó sobre la grupa y se puso detrás de Breyne. Ella le cedió las riendas aún un poco enfurruñada, e hincó los talones en los flancos del caballo. Se puso en marcha tras remolonear un poquito, piafando. Tras ellos trotaba Ferro, un husky gris de ojos azules que había estado con Breyne desde que había nacido. A veces Denwas se preguntaba quién de los dos era el humano al comparar a la niña salvaje con el perro perfectamente amaestrado que parecía entender cualquier cosa. Silencioso como él sólo, el can la seguía a todas partes como si fuera un guardaespaldas, excepto cuando iba al bosque a cazar conejos o cualquier otra cosa.
Se dirigieron hacia la playa.
Una compañía de tres jinetes y cinco encadenados pasaba al trote por la arena y los guijarros de la costa. El primero de los caballeros se cubría la cabeza del sol con una fina capa gris con capucha y estaba de espaldas a ellos. Denwas fue recorrido un escalofrío cuando lo miró. Detuvo a Abenuz antes de que se percataran de su presencia, tras un giro del camino que los ocultaba.
- Esto no me gusta. Volvamos- susurró en el oído de Breyne. Pero ella se giró y lo fulminó con la mirada.
- Denwas, por favor- susurró. Su tono áspero cambió a amable cuando vio su expresión en el rostro-. Escucha, esta es nuestra oportunidad. Esta gente… esta gente puede llevarnos a las Nuevas Ciudades. Los caminos no son seguros para dos personas solas, y mira, ése tiene una espada. Seguro que ellos saben dónde está la Edalut, Uhigar, Puerto Tormenta y todas esas increíbles ciudades de las que nos habló Edgar el bardo. Sin ellos…
- No parecen ser los Hijos. Los Hijos de Kascha siempre visten de blanco y montan en caballos blancos. A demás, éstos no llevan el puño dorado bordado en las capas.
- Que los demonios del océano se lleven a Los Hijos- susurró Breyne otra vez-.
- Me dan mala espina. Sobre todo el primer jinete, el de la capucha.
- Seguramente será alguien muy feo- sonrió-. ¿Por qué dices todas esas cosas?
Denwas no lo sabía, pero arrugó el ceño mientras alzaba la vista y volvía a escrutar a la compañía. Uno de los jinetes estaba apabullando a una mujer encadenada, que se encogió en el suelo asustada. Los demás bajaron la cabeza y se agruparon unos contra otros. Denwas apretó los dientes.
- Escucha- Breyne volvió a la carga-, nos acercaremos y les hablaremos. A ver si es como tú crees o no. A demás, ¿qué podrían querer de nosotros? No tenemos nada de valor y tampoco llevamos mucho que comer. Lo justo para diez días y algo de carne reseca. De agua tenemos dos cantimploras grandes. Nada más.
- Podrían querer otra cosa- la miró preocupado, y Breyne comprendió-. O el caballo.
- ¿Tú crees?- Denwas asintió.
- Fíjate cómo tratan a esa mujer. Parece que esté al borde de un ataque de pánico.
- Entonces podemos hacer una cosa. Yo me escondo aquí con Abenuz porque no nos han visto. Acércate y pregúntales qué rumbo tienen, conversa un poco con ellos, insinúales que quieres unirte a ellos. Veremos cómo reaccionan. Si tenemos problemas yo…
- Si tenemos problemas tú te quedas aquí.- la cortó Denwas sin dejar que acabase.
- Ni hablar. Sabes que sé defenderme sola, y si tienes algún problema no voy a dejarte ahí.
- Tú te quedas- insistió con un tono seco.
Denwas desmontó haciendo caso omiso de los airados susurros de su amiga, y caminó hacia el camino. Al salir de la foresta los jinetes se volvieron hacia él, pero al considerarlo inofensivo volvieron a sus quehaceres. Cuando estuvo a su altura, saludó con un gesto. El primer jinete no se giró, pero movió la cabeza como un saludo. “Ni falta que hace” se dijo.
- Buenas tardes, caballeros.
- Buenas tardes- contestó un hombre robusto que tenía un bigote negro. A Denwas le recordaba a un cepillo de limpiar botas. Los tres jinetes vestían unas ropas de color negro, blanco y gris. El hombre del cepillo peludo montaba sobre un palafrén castaño y ancho que no paraba de juguetear con su larga lengua-. ¿Qué ocurre?
- Estoy de camino a las Nuevas Ciudades, pero me he perdido y los caminos no son seguros, así que no he podido continuar la marcha. Me preguntaba vuestro rumbo, señores.
- Vamos hacia Uhigar- “Esto le encantará a Breyne” pensó-. Vamos a llevar a estos brujos hasta el juez Barristan.
- ¿Brujos, mi señor?- entrecerró los ojos oscuros- ¿Esta gente es peligrosa?
- Tienen poderes demoníacos y hay que purgarlos- indicó el otro caballero, un hombre joven de cabello claro por los hombros, muy sucio-. El fuego hará su trabajo con ellos.
Denwas se giró hacia los presos, que tenían los ojos hundidos y la vista perdida en el suelo arenoso. Uno de ellos miraba al mar como si todo aquello le fuera ajeno.
- Una verdadera lástima- prosiguió el hombre bigotudo-, pero no hay otra manera de limpiar sus almas pecadoras y enviar a los demonios de vuelta al abismo.
- Vaya- a Denwas no le pareció muy afligido-. Entonces, ¿no tendrán ningún inconveniente en que los acompañemos?
Fue entonces cuando, erguido en su silla de montar, el primero de los jinetes se giró.
Tenía el rostro pálido y duro, y los ojos de color verde manzana le brillaban a la luz del sol. Una hebra de pelo le caía junto a la mejilla. La frente despejada dejaba ver unas cejas tan finas y rubias que parecía no tenerlas, dándole así al ojo más realce. Aunque era bella, la mujer tenía un tinte envenenado en la mirada.
Denwas volvió a estremecerse. Había algo en aquella mirada esmeralda que le ponía los pelos de punta.
- ¿Tienes algún pecado que esconder, joven?
Denwas titubeó. “Breyne”.
- No, señora. ¿Qué tendría que esconder un errante honesto?
La mujer entornó los ojos como si estuviese escrutando el interior de su alma. Calculó tendría diez años más que él. Bajó la vista cuando ella se giró de nuevo hacia el camino y su mirada se perdió bajo la capucha gris.
- ¿Viaja alguien con usted?
- Mi hermana pequeña, mi señor- lo tenía tan ensayado que la mentira le salió sin dificultad, con un tono de verdad rotunda. Solo esperaba que la mujer también lo hubiera creído-. Tenemos un caballo así que no retrasaremos vuestra marcha.
Los jinetes asintieron, así que volvió sobre sus pasos hasta encontrarse con Breyne. Tras decirle que no parecían tener ánimo de atacarlos pero que no acababa de fiarse de ellos, ambos se unieron a la compañía. Si la mujer de la capa gris se había interesado por la llegada de la chica, no dio ninguna muestra de ello.
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