viernes, 13 de marzo de 2009
3.5_ Oyá
>He vuelto al lecho. ¿Es este realmente el comienzo, o es el fin? No puedo aclarar mis ideas. Tengo mucho calor, tanto calor que creo que voy a asfixiarme. ¿Hay algo ahí afuera? ¿Hay algo vivo ahí, o solamente quedo yo en medio del vacío? Sí, sí, sí. Todos han muerto, ¡todos! Y yo sigo viva… ¡como siempre debería haber sido! ¡Sigo viva! Puedo oír los gritos muy en lo hondo, puedo oír los llantos de los niños. ¡Sí! Soy la última, soy la última. He ganado, he salido victoriosa. La batalla acabó, y ahora soy la Diosa. La Única Diosa. ¡Temed, mortales, pues os mostraré mi poder! Seré amada y temida como en el principio de los Tiempos, seré… seré quien os guíe a los cementerios en masa, ¡quien devuelva a la Tierra lo que de la Tierra salió! Sí, y nadie podrá ponerse en mi camino porque soy la vencedora. La Victoria, la Diosa.
>Yo os estrecharé en mis brazos y os acunaré entre las flores que crecen junto al abismo. Os cubriré de olor a rosas y me adoraréis. Llenaréis con devoción mi copa de oro, os alimentaréis con mis mieses y acogeréis mis órdenes con dicha. Temeréis mi furia y abrazaréis mi cintura como si de un cinturón de perlas os tratarais.
>Porque yo seré vuestra Reina. Todos los Grandes descansan en paz, puedo oír el silencio del cementerio. Todos habéis vuelto a los nichos, todos.
>No sabéis nada, mortales. Pero yo os mostraré el poder de la furia y la batalla. Aquellos que deseabais la lucha y el caos de los Tiempos Antiguos veréis alzarse el más grande poder que jamás hayáis soñado. Un poder que aplastará con su maza de truenos y huracanes todo lo que intente escapar de mí. No sabéis nada. No sabéis los misterios que se ocultan en lo profundo del corazón. No sabéis que la vida sólo es una infancia llena de dolor y sufrimiento. Y cuando nacemos a la muerte solo somos niños aullantes que han olvidado todo lo demás.
>Vais a creer en mí. Voy a demostraros el poder del caos. Os guiaré de las manos como a niños ciegos hasta vuestros nichos, hasta vuestro sueño eterno. Sí. Eso es lo que haré. Seguiréis mi estela y mi corcel de tormenta y fuego. Alzaréis las armas, os levantaréis y caeréis. Comienza un nuevo día, un nuevo día para restaurar el valor y el honor de los hombres. Y creeréis en mí con toda vuestra alma. ¡Yo os conduciré hasta los senderos de gloria de una batalla infinita!”
El tótem palpitó. Esculpida en piedra, la mujer alzaba los brazos hacia el cielo. Sus labios carnosos comenzaron a resquebrajarse, sus ojos abiertos empezaban a emitir una luz tenue. Los mil collares pétreos que cubrían sus senos se carbonizaban poco a poco, conforme el viento cruel del desierto se arremolinaba en torno a la figura. La arena empezó a girar sobre ésta, como si de un tornado se tratase.
Entonces, con el sonido de la roca al partirse, Oyá cayó al suelo. Su piel negra brilló bajo la luz de los soles mientras boqueaba para respirar. El cabello azabache estaba recogido con un pasador de hueso. Clavó los dedos en la arena del desierto, saboreando la victoria.
Vestía una falda de nueve puntas, una de cada color y con bordados florales. De su cuello, a parte de los collares de oro, bronce y piedras preciosas, pendía una soga negra con cráneos reducidos. Los había segado en las grandes guerras junto a Changó. De su cintura pendía un gran machete enfundado.
“El mundo, el mundo es mío. Soy la Reina. La única superviviente de…”
- Oyá Yansa.
El gesto de ira se clavó en una figura que se alzaba de pie tapándole la luz. Su sombra se proyectaba sobre ella de forma cruel. Alzó la vista, y con dificultad por los soles distinguió el cuerpo de un dios con cabeza de perro. Un Dios Antiguo. Se levantó de un salto con la mano agarrando la empuñadura del machete y los ojos inyectados en cólera.
- No, Oyá. Las Guerras de los Dioses han acabado.
Sus palabras la dejaron más confusa de lo que estaba. ¿No había vencido? ¿No había despertado de la propia muerte?
¿Dónde estaba su ansiada victoria?
miércoles, 4 de marzo de 2009
3.4_ Diana
Cuando acabó de hacer los ejercicios que le había mandado su profesor salió al jardín. El sol brillaba con fuerza para ser el comienzo del invierno. Se sentó en uno de los bancos verdes que había bajo los entramados de rosas y abrió un libro. Empezó a leer.
O al menos lo intentó, porque no podía concentrarse.
Hacía casi dos semanas desde que Astaroth se había colado en su habitación tras la discusión con su padre. No sabía nada de él, y tampoco quería hacerlo. Mientras más lejos estuviera de ella ése loco psicópata mejor.
“Todo está más seguro si vuelve a la normalidad”, pensaba. Pero entonces, ¿por qué no podía dejar de darle vueltas al asunto?
Su padre había renunciado a volver a la ciudad y se había quedado en la casa. Por su parte Diana procuraba no cruzarse con él, aunque no podía escapar de su red: Durante los últimos días pasaban sin descanso muchachos por su casa para presentarse. Diana estaba hecha una furia. ¿Por qué tenía que estar siempre a expensas de lo que otros desearan para ella? Ya ni siquiera tenía tiempo para estar sola pensando en sus cosas (que era como más le gustaba estar), y menos aún para salir a navegar. A demás, su nuevo bote había sufrido un misterioso accidente que lo había dejado reducido a cenizas.
Cerró los ojos y se concentró en sentir el sol sobre su piel.
La noche anterior había vuelto a discutir con su hermana. “¿Por qué no puedes ser normal?” , le había chillado justo antes de que Diana le cerrase la puerta en las narices. La palabra “Normal” se le clavaba en el estómago como una daga envenenada, y luego se retorcía en sus entrañas. No se libraba de ella aunque llorase, aunque patalease o golpease algo. Había roto los jarrones de su cuarto. Había esparcido con sus ataques de ira las plumas de todos sus hermosos cojines. Los jirones en los que habían quedado sus vestidos aún estaban en el suelo.
Las palabras presentaban jeroglíficos ante sus ojos. No podía entenderlas en ése momento. Leía una frase tras otra pero no se enteraba de lo que decían. Se obligó de nuevo a volver al principio, y una vez allí comenzó otra vez. Al llegar al tercer punto se dio cuenta de que tampoco sabía lo que había leído. Alzó el rostro al cielo y volvió a cerrar los ojos. Necesitaba calmarse, necesitaba pensar. Una única lágrima resbaló por su mejilla, pero se apresuró a enjugarla con la manga del vestido. No podía permitirse ninguna muestra de debilidad o volvería a quedar encerrada en aquella jaula de la que siempre había intentado salir. En ése momento le daba la impresión de que estaba más presa que nunca.
Se había enfrentado a su madre, a su hermana, a su padre y a
- Ejem- un carraspeo la sacó de su ensimismamiento. Se giró, sorprendida-. Volvemos a encontrarnos.
- Vaya. Hola. Así que sólo eres tú- suspiró al ver al muchacho rubio de ojos canela que se había presentado ante ella casi dos veces al día. Le había hablado de las maravillosas fiestas en la ciudad, y la había invitado a varias de ellas. Le había dicho con orgullo que sabía bailar el vals como un profesional, y que le gustaba el tiro con arco. Diana había denegado gentilmente todas las invitaciones y había halagado falsamente su destreza en el baile y en la caza. Cuando se hubo ido, rompió las invitaciones y las lanzó al viento desde la terraza de su habitación-.
- ¿Sólo? ¿Esperas a alguien más, Diana? ¿Ha sido inoportuna mi visita?
- No, no. Puedes quedarte- en efecto había esperado que, como siempre, Astaroth se hubiera presentado ante ella sacándola de aquella asfixiante rutina. Pero de nuevo sus deseos habían quedado sin respuesta-.
- Me complacería acompañarte a la fiesta de esta noche. Ya sabes, la fiesta de la que te hablé.
- Lo siento, Warren, pero me temo que me es imposible…
- He hablado con tu padre, Diana- insistió, y su tono se hizo más severo aunque no perdió la sonrisa-. Dice que no tienes ningún compromiso hoy.
- Mi padre no debe estar demasiado enterado- repuso ella, con el corazón latiéndole más rápido. O empezaba a inventar una buena excusa o estaba atrapada.
- Oh, me ha dicho que se haría cargo de cancelar cada una de las cosas que te impidieran venir. Deberíamos estarle agradecidos, se preocupa tanto de que seas feliz.
- Sí, ya puedes ir a agradecérselo- susurró para sí misma. Warren no la oyó, tan concentrado estaba en mirarle el escote. Diana le lanzó una mirada airada y se llevó las manos al pecho fingiendo estar retocándose el collar. Carraspeó, y el chico pareció sobresaltarse.
- Este… el carruaje pasará al caer el sol. Sobre las ocho y media- dijo, mostrándole la hora con una sonrisa falsa. Diana fingió interés. Parecía muy orgulloso de haber conservado su reloj de oro en el Desmembramiento. Siempre llevaba la manga desabrochada para que todos admiraran la pieza-. Yo mismo daré las instrucciones al cochero y vendré a recogerte.
- Lo siento, Warren. Hoy estoy algo dolorida- se levantó, harta de tanta palabrería y muy, muy enfadada-. Si me disculpas…
- De seguro se te habrá pasado para las ocho. A demás, aunque estás algo pálida sigues siendo tan hermosa como siempre.
- Oh, gracias- “maldito imbécil” -, pero he dicho que no me encuentro bien- insistió, con el mismo tono con el que ordenaría a un criado que le preparase el baño.
- Y yo he dicho que estarás lista para las ocho- su tono se había vuelto peligroso, airado. Diana no podía creerlo. Le estaba dando órdenes-. Tu padre te meterá una paliza si te niegas. Yo mismo me encargaré de comprarle la vara.
Diana no daba crédito. ¿Qué? ¿Qué estaba diciendo? Warren le cogió del hombro y lo apretó. Lo apretó hasta que Diana se retorció intentando huir de aquella mano de hierro. Se debatió sin una sola queja, clavándole las uñas en el antebrazo tan profundo como pudo. El rostro de Warren era una máscara de ira.
- Vas a venir al baile. Y vas a bailar conmigo. Y no vas a inventar ninguna estúpida enfermedad. ¿Se puede saber qué mentira pensabas contarme ahora?- la soltó como si fuera un gusano fétido que estuviera ensuciándole el traje- ¿Con qué enfermedad pensabas engañarme esta vez, eh?
- Iba a decirte- la rabia se había apoderado de ella- que estoy enferma de ésta mierda de casa, de ésta mierda de vida y de ésta mierda de conversación. Que sangro por culpa de esta enfermedad todos los meses y que hace que sólo se fijen en mi cuerpo y en mi útero. Iba a decirte que estoy enferma de impotencia por ser lo que soy, ¡y que por eso no voy a ir a tu mierda de fiesta donde no hay lugar para mí!
- ¡DIANA!- el grito de su padre hizo que el tiempo se detuviera, como si le hubieran clavado un puñal justo en el corazón
Su padre se acercaba con un gesto tan duro que a Diana se le heló el alma. Tuvo deseos de encogerse sobre sí misma o echar a correr, pero, ¿de qué serviría? Los pasos de Lord Tidior resonaban contra la piedra del patio, e incluso parecía que la hierba moría aplastada cada vez que el pie del hombre tocaba el suelo. Diana se irguió (o hizo un intento).
- ¿Qué está pasando aquí?- preguntó el hombre con su habitual tono severo.
- Diana se niega a asistir esta noche, señor- Warren hizo un amago de reverencia-.Insiste en sus obligaciones. Es demasiado… responsable.
Los ojos fríos de su padre se clavaron en los suyos durante un instante, tras el cual ella apartó la vista, azorada.
- A tu habitación. Te espera un baño caliente y una sirvienta para cepillarte el pelo. Lo llevas enmarañado.
- Sí- no tuvo valor para contestar otra cosa.
- Y después, te pondrás el vestido que he ordenado dejar sobre tu cama y esperarás impaciente hasta que Sir Warren venga a recogerte. ¿Está claro?
“¿Está claro?”. No era una pregunta. No era un “¿Te parece?” ni un “¿Alguna pega?”, sino una obligación tan firme que el pecho de Diana se le comprimió. Diana acababa de aceptar la propuesta de matrimonio. No tenía fuerzas para negarse. No tenía valor para oponerse, para luchar por lo que quería. Estaba cansada, cansada de batir las alas en vano. Se le paró la respiración mientras algo por dentro se le derrumbaba. El aire no entraba. Ya empezaba otra vez.
- Dispensadme.
La muchacha echó a correr por el patio ajardinado y buscó refugio entre las columnas de piedra blanca del fondo. Sus tacones causaron ecos en el mármol mientras dejaba atrás a los dos varones, que parecían conversar con la mayor naturalidad. Cuando estuvo suficientemente lejos de ellos apoyó su espalda contra una de las columnas y se dejó resbalar hasta el suelo ajedrezado. Las paredes de piedra y los tapices, todos los lujos, todo el reluciente mundo que la rodeaba y la protegía se estrechaba, la hería, la esclavizaba. Era una prisionera en su propia casa.
Warren había sido elegido por su padre. No podía hacer nada para impedirlo. Ahora, ¿qué le esperaría? Ése muchacho era un egoísta, violento y mimado. Y ella también, a su manera. Nada acabaría bien. Nada. Lo sabía.
Captó el sonido de unos pasos sigilosos, acechantes.
“Astaroth”
- Hermana…- Rebecca se acercó a ella, titubeante. Al ver sus lágrimas en las mejillas y el esfuerzo de Diana por volver a levantarse aunque le faltara el aire y temblara de rabia y decepción no supo si seguir avanzando o marcharse. Pero tomando una rápida decisión la abrazó y le secó el rostro con un pañuelo que sacó de su manga-.
- Rebb- ¿Por qué ella? ¿Por qué?-.
- Me he enterado de que ya has escogido un marido.
Diana volvió a derrumbarse, y esta vez su sollozo fue audible.
- ¿Pero por qué lloras? Sir Warren es guapo, y es un buen partido. Es inteligente. Y caza. ¿Por qué no estás feliz?
- Yo…
- Todas las damas de la corte estarían felices- la arrulló su hermana, abrazándola-. Van a tener tanta envidia de ti…
- Todas las damas de la corte…- “son estúpidas”- desearían un hombre como él.
- Claro que sí, Diana, querida. Él cuidará de ti y tú le darás muchos hijos. ¡Estoy tan orgullosa de ti! Siempre pensé que acabarías con un… un bohemio de ésos con los que tanto andas.
Volvieron las lágrimas y el dolor en los pulmones. No podía dejar de llorar.
- Escúchame, hermana- dijo Rebecca, en tono más serio-. No puedes hundirte ahora. Tú has nacido para ser reina, madre lo decía desde que éramos niñas. Quien nace noble tiene unos deberes. Y el nuestro es aguantar derechas para dar ejemplo. Hemos de ser fuertes, agradecer lo que tenemos. Dejemos ésas estúpidas guerras de tus libros a los plebeyos. Que mueran ellos. Nosotros los nobles los enviaremos a la muerte y sobreviviremos. ¡Pero hay que sufrir a cambio!
- Pero yo no deseo casarme. Y menos con Sir Warren.
- Esta es una oportunidad para fortalecer a la familia, Diana- la pequeña la amenazó con la mirada-. Decepcionarás a Padre si ahora no te comportas.
Diana la miró como un perro apaleado.
- Calla y compórtate. Bastantes problemas has traído ya.
Le propinó un empujón tan fuerte que Rebecca cayó hacia atrás. Diana echó a correr de nuevo escaleras arriba haciendo caso omiso de los gritos de su hermana, y se encerró en su habitación. Abrió la ventana. La brisa marina le revolvió el cabello rojo, era un día soleado. Las nubes blancas reptaban sobre el hermoso cielo azul. Abajo, el camino de piedras y los árboles la llamaban.
Sólo tenía que abrir las alas. Abrir las alas y volar por un momento. Sentir el viento en la piel, y después todo habría acabado. No era una muerte tan horrible. Era casi placentera, como caminar por el césped con los pies descalzos. Cerró los ojos mientras acariciaba la barandilla de piedra tallada, escuchó por un momento el suave sonido de la seda de las cortinas pendidas de las anillas metálicas.
Y el mar.
El mar profundo y arrollador, debatiéndose contra la costa como si quisiera tragarse toda la tierra. Las gaviotas a lo lejos, las olas rompiendo en la playa de roca.
Bajó la vista y se miró el hombro. Las marcas de la presa de Warren seguían allí, rojizas sobre su piel blanca. Empezaban a amoratarse. Pasó débilmente los dedos por aquella superficie magullada. ¿Por qué no aparecía? ¿Por qué? Astaroth había empezado a hacerle cambiar su opinión del mundo. Había introducido el misterio y la fuerza donde antes solo había rutina y pereza. Había reavivado las esperanzas de Diana, le había hecho pensar que podría cambiar, que podría liberarse…
Pero no. Astaroth se había esfumado, tal vez para siempre. Ella misma lo había echado con su comportamiento. A veces lamentaba haber desconfiado, y otras pensaba que había tenido toda la razón en hacerlo.
Y en caso de que fuera real todo lo que él había dicho, era un demonio. Un ángel caído, un diablo de los tiempos antiguos. ¿De verdad iba a confiar en él? ¿No sería dejar la noche para internarse en una oscuridad aún mayor? ¿Por qué tenía tanto miedo? ¿Qué era lo que la aterraba más, continuar allí encerrada el resto de su vida o enfrentarse al dolor y al mal (o pasar al lado de éste) junto a Astaroth?
“No debes jugar con fuego. Acabarás quemándote”
Diana perdió la vista en el horizonte cuando la criada entró y llenó la bañera de agua tibia. Intentó relajarse y pensar en otra cosa, pero sabía que había empezado a rodar por la pendiente. El curso de los acontecimientos, la desaparición de su madre, la intromisión de su padre, la aparición del demonio Astaroth, las palabras de Warren y la moradura en su brazo. Se sentía como un pedazo de carne clavado en una estaca y picoteado por los cuervos.
“Bastantes problemas has traído ya” había dicho su hermana. Quizá tuviera razón. Quizá todos tuvieran razón y ella no era más que una especie de… mancha en la familia. Una mancha que había que borrar para que la estirpe de los Stormstallion siguiera en pie, fuerte y orgullosa. Quizá someterse a las cadenas de Warren McHallan fuera la salida de todos sus males. Darle hijos, codearse con aquellos nobles en sus cómodos sillones y dormir cada noche junto a un hombre fuerte. Acariciar los músculos de sus brazos y su espalda hasta que él cayera rendido al sueño. Sisearle al oído canciones de gloria y tiempos mejores como si fueran himnos de batallas recién libradas, al igual que una madre cantaría una nana a su hijo. Alborotarle el pelo mientras oía su respiración profunda. Compartir su vida con un sabio guerrero que…
¡¿Pero qué estaba diciendo?!
Simplemente con mirar la cara pusilánime y roja de Warren veía que no había en él ni rastro de su ideal de hombre. Solo con pensar en ella un poco se daba cuenta de que no deseaba una vida de pájaro encerrado. Los brazos de su prometido no eran musculosos. No había una espalda curtida en una sola batalla, ni un pelo largo que revolver, ni un mentón viril, ni unos ojos ardientes como fuego. Sabía que no sería capaz de arropar a nadie como él, no sería capaz de dar cariño a alguien tan pedante y cruel como él.
Pero, ¿qué más daba? Ya había rodado la cabeza del muerto, no podía volver a ponerla sobre los hombros como si no hubiera pasado nada. El destino (o mejor dicho, la sombra de su padre) había escogido un camino por ella. Por mucho que intentara alejarse, Lord Tidior siempre podría alcanzarla con alargar su mano hacia ella. No valía la pena intentarlo siquiera. Estaba presa. Presa en una jaula, su jaula.
Le cepillaron el cabello doscientas veces con mimo y esmero. La criada le hizo un par de delicadas trenzas en las sienes que circundaban su cabeza como una corona de laurel, apartando el resto de su pelo suelto y ondulado, que caía sobre sus hombros hasta su espalda. El tarareo de ésta la devolvió a su niñez, donde ésas mismas manos, ahora de anciana, acariciaban su cabeza y pasaban las páginas de los cuentos que leía.
- Mina, ¿crees que seré feliz?
El haya le sonrió desde el espejo, dejando el cepillo de lado por un instante. Sus ojos acuosos la miraron un instante como a la niña que había sido. Ella le había leído todos aquellos cuentos de otros mundos y tiempos lejanos de honor y gloria. Ella, en cierto modo, había empezado a darle forma a
- Mi querida niña… si tú deseas ser feliz, lo serás.
Diana meditó en silencio sobre ésas palabras mientras se ponía el vestido largo. Era de color verde pálido, largo y majestuoso. Adornó su cabello con pequeños alfileres de perlas y se calzó los zapatos de baile con resignación. Se asomó de nuevo a la ventana cerrada, y se despidió de la vista.
“A partir de ahora voy a ser feliz con lo que tengo. Ya basta de intentar lo imposible”
Al bajar, Warren estaba esperándola al pie de la escalera. Iba vestido con una elegante casaca azul de pespuntes y botones dorados, y llevaba el pelo repeinado hacia atrás. Sólo de verlo le dieron ganas de dar la vuelta y encerrarse en su habitación, o de reírse a carcajadas. Pero aguantó el tipo y, regia y silenciosa, bajó hasta él. Le tendió una mano con más delicadeza de la que se hubiera visto capaz nunca, y dejó que él se la besara reprimiendo el asco. Dejó que la guiara de la cintura hasta la puerta y fingió no darse cuenta de que sus dedos habían empezado a bajar peligrosamente. Dejó que la ayudase a entrar a la carroza sin que Diana se desviase a acariciar el cuello de los sudorosos caballos que tiraban de ella. Agradeció que Warren le mostrara la hora (las ocho y media justas) dos o tres veces, y entabló con él una conversación banal propia de cualquier muchacha de la corte. Calló cuando se acercaron al tema de política pues intuyó que a Warren no le interesaba su opinión, y se deshizo en cortesías y en falso entusiasmo cuando él le habló del gamo que había abatido la semana anterior.
La luz del sol se iba apagando conforme los caballos avanzaban. Cada bache, cada piedra del camino, se clavaba en el cuerpo y el alma de Diana. Sobre el murmullo sordo que era la voz de Warren su mente bullía en protestas y gritos mudos. De repente el último haz de luz se esfumó tras las montañas en el horizonte, y todo quedó en oscuridad. Fue en ése momento cuando el rostro de Warren se transformó por un instante en el de una vieja de ojos negros que se reía de ella. Al sobresaltarse desapareció, como una ilusión óptica. Sí, el último rayo de sol le había jugado una mala pasada. Parpadeó.
Warren seguía hablando como si fuera la persona más importante del mundo.
- ¿Ocurre algo, querida?- preguntó al ver su expresión extrañada.
- No, no es nada.
- Claro que no. Ya estamos llegando.
miércoles, 21 de enero de 2009
3.2_ Denwas
Denwas no pudo hacer otra cosa que secarle la frente con algunos harapos y enjugarle el rostro a la luz de la hoguera. Le dolía la mano izquierda, se había roto un par de dedos y se había torcido la muñeca. Los desconocidos se la habían vendado como habían podido con sus manos húmedas, sucias de barro y tierra, y sus movimientos nerviosos y débiles. Al principio el chico se había negado a que se acercaran. Tenía miedo de lo que pudieran hacerles, y sabía a ciencia cierta que el caballero y la dama de los ojos verdes no harían nada por ayudarlos si eran atacados por los otros encadenados. Pero después de haberles echado mil miradas de odio y advertencia había acabado por ceder ante ellos, y para su sorpresa no les hicieron ningún mal. Miraban a los dos muchachos con pena, incluso uno de ellos palmeó en el hombro a Denwas para darle ánimos.
Únicamente la mujer andrajosa les dirigió la palabra. Dijo a Denwas que podían llamarla Oggar. Se pasó todo el tiempo que Breyne estuvo inconsciente entablillándole el pecho, vendándole con lo que pudo (rasgones de su propia ropa y la del chico) el torso y aplicando algunos empastes hechos de hierbas y barro en las heridas de la muchacha.
- Ella es fuerte- le dijo Oggar apoyándole una mano en el hombro-. Se recuperará. Y cuando despierte estará llena de odio y fuego. Puedo verlo. Todo lo que la rodea quedará en ceniza y llamas.
- Sí, es fuerte- susurró Denwas sin hacerle mucho caso a la mujer. Oggar apartó con extraña dulzura un mechón de pelo dorado de su cara, y hundió la vista en su rostro.
- Cuando despierte, estará sola. Sola en medio de la noche.
- No, no. Yo voy a quedarme hasta que se reponga, señora. No voy a irme y dejarla aquí aunque vuelva el Desmembramiento y se abra la tierra a mis pies. Es mi amiga.
- Pobre criatura- continuó ella, como si no lo estuviera escuchando-. Tan sola, tan perdida, en un mundo tan grande. Y cuando despierte la sangre llenará el mar de tantas heridas. Oh, sí. Demasiadas heridas.
Y sin decir nada más se retiró, dejándolos solos y tirados en el suelo. Denwas a penas tuvo tiempo de pensar lo que le había dicho la mujer. ¿Demasiadas heridas? Volvió a revisar las vendas. No estaba sangrando casi, solo tenía un par de heridas. Aunque tenía el tórax dolorido y amoratado las costillas se estaban curando bien. Parecía que cada vez que Oggar la tocaba iba recuperando el color y las heridas cerraban un poco más. Se giró hacia los otros encadenados con miedo. A lo mejor era cierto, a lo mejor eran brujos todos. Con magia. Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza, pero entonces cayó en la cuenta de que rechazarlos a ellos sería rechazar también a Breyne. Se mordió el labio inferior y trató de contener el miedo.
“Ojala no hubiera visto nada, ojala hubiera quedado inconsciente al caer del caballo… Ella ha matado a un hombre, dioses, ha matado a un hombre delante de mí”
El rayo había caído como una columna chispeante, y se había abatido sobre el caballero tan deprisa que ni siquiera había tenido tiempo de reaccionar. Y él, a dos metros, sintió la energía profunda y desatada de la tormenta. El aire se impregnó del olor a electricidad, y luego desapareció. Denwas había resultado ileso, pero el viento había ido desintegrando ante sus ojos el cadáver de ceniza que antes había sido un hombre fuerte y poderoso. Una fina llovizna comenzó a caer sobre ellos mientras recuperaban el aliento, y cuando se giró, Breyne estaba como muerta sobre la hierba del camino.
“Dioses, dadme fuerza para mantener mi promesa, dadme fuerzas para mantenerme en pie…”
Esa noche no durmió a penas, aunque se sumió en un estado de alucinaciones. Supo que cada media hora Ogga se acercaba a ellos y pasaba unos minutos con la mano posada sobre las heridas de su amiga. Luego era su turno, y después desaparecía en la oscuridad de la noche. Se sentía observado. Las estrellas los señalaban con sus dedos acusadores “asesinos, asesinos”. La propia noche intentaba arrebatarle a Breyne de los brazos, pero no iba a dejarla ir. Ella era lo único que le quedaba, su único vínculo hacia el pasado. A través de ella los recuerdos fluían con más fuerza.
Veía a esa niña solitaria y con cara de pocos amigos sentada sobre un muro de piedra. Llevaba el pelo rubio suelto y vestía un peto azul. Lo miraba desde lo alto con esos ojos brillantes y enfadados. Él no podía hacer otra cosa que sonreír. Entre sus manos morenas había una gran pelota. La niña quería que se la devolviera. Quería ir al mar, y por mucho que le dijeran todos que eso estaba muy lejos no se daba por vencida. “¡Devuélvemela, Ercole!” le gritaba enfadada desde el muro, llorando de rabia. Él sonreía y la apretaba más. Y más. Breyne apretó la mandíbula. La pelota estalló.
Despertó de golpe, el corazón le latía a toda velocidad. En sus oídos todavía se oía explotar la pelota. Estaba a punto de amanecer. Por un momento no supo dónde estaba, ni por qué la niña pequeña del peto había crecido tan de repente. Pero en unos segundos recordó que ya no tenía siete años y que aquella chiquilla rubia estaba tan sola como él. Se giró.
Oggar tenía los ojos asustados, pero no se movía. Junto a ella los otros presos se habían juntado unos contra otros. En sus rostros se reflejaba miedo pero también decisión. Miró hacia el otro lado. El caballero rubio temblaba y tenía la espada en la mano. La dama de gris le estaba dando órdenes. Denwas aguzó el oído, pero ya habían dejado de hablar. El joven se acercó inseguro hacia donde estaban.
- Esto está mal- musitaba, aterrorizado-. Es con fuego, con fuego mi señora. Volverán otra vez. Volverán otra vez y nos perseguirán. Señora, yo se lo digo, volverán…
- Haz lo que te digo, necio- le propinó una patada que lo tiró al suelo entre sollozos.
Denwas se alejó hacia atrás como pudo, cargando con el cuerpo de Breyne, que seguía inconsciente.
- Empieza por aquél- ordenó la mujer, señalando a un hombre débil y huesudo que a penas podía sostenerse en pie.
- Señora, mi señora… oh, señora, volverá, pero no me hace caso usted…
Cogió al preso del brazo y lo tiró al suelo lejos de los demás. El hombre cayó al suelo, un saco de piel y huesos. Era el hombre que había palmeado el hombro de Denwas para darle ánimos la noche anterior. Intentó levantarse, pero los brazos no lo sostuvieron. Volvió a caer como una máquina traqueteante y agotada. No pudo intentarlo una segunda vez.
Uno de sus compañeros gritó mientras la hoja de la espada se hundía en la carne y separaba la cabeza del cuerpo. La sangre tiñó de rojo el barro y las hojas. Oggar se llevó las manos a los ojos y empezó a llorar. El cadáver descabezado seguía encadenado a los pies de sus compañeros. Los caballos se agitaron y se encabritaron al oler la muerte.
“Dioses, dioses, vamos a morir, vamos a morir todos”
Los presos se dispersaron intentando huir del asesino. Denwas se debatió contra la cadena que le aprisionaba el tobillo. Era imposible, no podían escapar de sus ataduras. El segundo hombre cayó al suelo con el ruido de la sangre al salir de su cuerpo. Rodó dos o tres veces sobre sí mismo y quedó tendido boca arriba, con el rostro teñido de rojo. La espada no había conseguido cortarle el cuello del todo, y éste quedaba sujeto a la cabeza por un tendón. Denwas levantó a Breyne con toda la fuerza que pudo reunir y empezó a estirar de su cadena para alejarse del hombre enloquecido y de su acero. Pero los ojos del caballero se clavaron en los suyos como la espada se clava en una roja víscera.
Avanzó hacia ellos con paso tembloroso. Su cerebro intentó hallar la forma de salvarse. No había tiempo, el verdugo caminaba hacia él con ojos idos hacia la locura. Sentía la presencia de la mujer gris. Retrocedió lo que pudo, y la cadena se tensó. Estaba atrapado. El hombre rubio iba armado, y él estaba herido. No debía dejar que tocaran a Breyne. Debía…
El sonido de una flecha rasgó el aire. Denwas no supo lo que había sucedido hasta que vio que la punta de ésta había atravesado el pecho del caballero, que cayó al fango para no volver a levantarse. El pánico cundió entre ellos, la mujer gris soltó un grito y se giró hacia ellos.
Los ojos verdes eran lo único que podía ver. Alguien se desplomó a su lado, y otro corazón dejó de latir. Sintió cómo unos tentáculos se abrían paso por su mente, cómo desgarraban su alma. Dolía. No pudo evitar soltar a Breyne (que cayó, inerte, al suelo) y tirarse al suelo, intentando huir del dolor.
Éste cesó de pronto, y cuando abrió los ojos descubrió que tres figuras entraban en el camino. Dos de ellas se lanzaron contra la encapuchada con las armas alzadas. La tercera se apresuró hasta los encadenados y fue abriendo los candados con la llave que había robado del cadáver rubio aún caliente. La mujer gris gritó, rabiosa.
Denwas no podía dejar de mirar la pelea contra la dama encapuchada. Ésta se retorcía como una anguila y siseaba furiosa mientras paraba los ataques con su capa. Dio un salto hacia delante y clavó su mano en el pecho de uno de los guerreros, que se derrumbó en el suelo, y empezó a sacudirse con espasmos. La otra figura volvió a arremeter con un grito. Lanzó una estocada baja con su sable dorado, esquivó la mano de la mujer y encontró un punto débil. En una milésima de segundo se arrodilló e hincó el filo en un pliegue de la capa.
Esta vez la tela no pudo protegerla del de la amarga hoja, y ésta hendió su carne hasta atravesarla de parte a parte. La mujer cayó al suelo formando un charco de sangre igual que todos aquellos que por ella habían muerto. Quedó así unos instantes mientras su asesina la acuchillaba una y otra vez con las cimitarras negras hasta que sus ojos se apagaron, y murió. Los supervivientes, cuatro presos y dos atacantes, contemplaron la escena en silencio.
Denwas se dio cuenta de que la última en morir había sido Ogga. Estaba tirada en el suelo junto a él, a un par de metros de Breyne. Sus sesos se esparcían, chamuscados, en torno a su cabeza.
Por fin su cuerpo respondió. Una arcada, y vomitó. Toda la hierba estaba manchada de sangre y bilis. La tierra había quedado roja como si fuera el propio infierno. Todo su cuerpo temblaba, como si fuera a morirse de un momento a otro. El rostro aterrado de Ogga miraba fijamente a la dormida Breyne con un gesto de terror incontrolable. “Y cuando despierte la sangre llenará el mar de tantas heridas. Oh, sí. Demasiadas heridas”. Sus últimas palabras retumbaban en la mente del chico. Como un perro apaleado dirigió la vista hacia su amiga, ajena e inconsciente a todo lo que le rodeaba. Pero no tuvo tiempo de pensar más en ello, pues una mano fuerte estiró de él hacia arriba. Estaba siendo cargado por un hombre musculoso, de piel tan oscura que le parecía la propia muerte. “¿Por fin ha venido a por mí? ¿Me va a llevar con mis padres, con mi gente?” fue lo único que pudo pensar.
- Vamos, chico- retumbó la voz grave-. Levanta. Ya ha pasado todo.
A penas se dio cuenta de que lo había subido a lomos de Abenuz, ni de que habían colocado tras él a otro de los supervivientes que la dama gris tenía presos. Se dejó caer sobre el cuello del caballo, sin fuerzas ni aliento para manejar las riendas un segundo.
La figura que había acabado con la mujer de ojos verdes se bajó el pañuelo largo y negro que cubría la mitad de su rostro, revelando la cara de una joven pálida y de ojos sagaces (casi tan verdes como los de la muerta). Llevaba el cabello recogido en una cola alta, negro con mechones esmeralda. Sus ropas, igual de oscuras que su pelo, consistían en una capa pesada y un tabardo demasiado largo para ella (aunque se ajustaba perfectamente a su figura como una especie de falda que dejara al descubierto sus piernas) y un par de botas de suelas fuertes y altas. Su brazo derecho estaba cubierto por una armadura de metal lacado en negro, y en el otro llevaba un guantelete. Denwas a penas podía saber si todo lo que veía era cierto o sólo era producto de su imaginación.
A cámara lenta vio cómo el hombre negro levantaba con suavidad a Breyne y la subía a su propio caballo, un semental gris y regio adornado con una gualdrapa de hilo dorado. Denwas hizo ademán de alzar los brazos hacia ella en una muda súplica de que se la acercara, pero el hombre no le hizo ningún caso.
- Volverá - sentenció la asesina con voz inexpresiva mientras sacudía las cimitarras para limpiarlas de sangre.
- ¿Cuántos de los nuestros han caído ya intentando matarla?- Preguntó su compañero desde el corcel.
- Con éste van siete. Siete muchachos y muchachas con mucho valor y poca experiencia.
Se acercó al cadáver de su compañero y se arrodilló ante él. De entre sus ropas sacó una flor de marregal y la colocó sobre el pecho del muerto, y puso sobre los ojos de éste dos monedas. Se hizo el silencio en un minuto que pareció eterno, y después se levantó.
- Vámonos. La Maestra nos espera.
Denwas cayó en la cuenta de que habían atado a Abenuz y a los otros caballos con un par de cuerdas a la montura de la asesina, y no supo si sentirse aliviado o encogerse más en el miedo.
Poco a poco el campo de batalla quedó atrás. Al cruzar el sendero pudo ver el cadáver de Ferro, el perrazo de Breyne, muerto en mitad del camino. Las moscas lo habían encontrado primero.
“La soledad se va cobrando el precio de nuestra alma”
Y mecido con el vaivén del caballo se durmió en un sueño poblado de pesadillas aún peores que el anterior.
________________________________
Siento no haber actualizado en todo este tiempo...
No tengo excusa. Ahora teóricamente no debería haber actualizado tampoco, pero es que el aburrimiento de estudiar para los examanes me estaba volviendo loca. A parte, tampoco es que estos meses tuviera mucha inspiración, y tampoco sabía cómo continuar la historia para que no quedase todo demasiado rápido. Creo que así (como ha quedado) está aceptable.
Nos vemos!!! :)
[agradezco mucho los comentarios!! ^^ gracias!!]
sábado, 20 de septiembre de 2008
3.1_ Breyne.
El cielo se había nublado, y unas nubes grisáceas ocultaban el sol. Breyne sabía que no iba a llover, pero aún así echaba de menos el calor del astro rey. Sus manos también habían quedado arañadas y en carne viva por las riendas de Abenuz, pero no podía permitirse una sola queja. El caballo estaba empezando a mostrar los primeros signos del cansancio, aunque no se mostraba reticente a obedecer. A demás, el peso de Denwas y Breyne a su espalda no se podía comparar con la de los caballeros armados y vestiduras de metal de sus acompañantes. Por otro lado, los corceles de batalla de los guerreros estaban acostumbrados a esos viajes, con el peso de las armaduras o sin ellas.
Ese día era el turno de Breyne para llevar las riendas. Tras ella su amigo dormía, apoyando la frente en sus hombros. Abenuz seguía su marcha al paso, y ella no lo espoleaba para evitar que Denwas se despertara. Le gustaba sentir su respiración junto a su oído, la tranquilizaba saber que no estaba sola.
La senda transcurría por un bosquecillo en el que la luz se filtraba perezosamente entre las hojas y caía, dorada o verdosa, sobre el suelo crujiente de vida muerta. Los matorrales y la maleza crecían como intentando cubrir el pequeño camino. Breyne no sabía por qué habían decidido sus compañeros tomar ése camino, pero era obvio que presentían algo, como si pudieran atacarles de un momento a otro. Siempre mirando a todas partes, con las espadas a mano, dispuestos a defenderse y a salir airosos. Eso la ponía nerviosa. Ella no era una guerrera, y no tenía con qué defenderse. Y suponía que con un palo no sería suficiente. No veía a los guerreros como cobardes que temieran a cualquier enemigo. La dama de los ojos verdes también estaba alerta, podía sentirlo. Dentro de ella se formaba la imagen de unos tentáculos negros que intentaran alcanzar un objetivo invisible. No era una buena señal.
El aire olía a lluvia, a tierra mojada y a electricidad. También tenía un deje a podredumbre que agobiaba tanto a los humanos como a los caballos. El amanecer se había vestido con una fina niebla que calaba en sus cuerpos envueltos con las capas y las mantas. Por lo que sabía, el camino transcurría por un paso entre dos montañas, a la altura de la antigua Milán, que según había oído, estaba reducida a escombros. No podía creerlo, estaba a punto de salir de Italia, ¡y a caballo! Hubo un tiempo en el que no lo hubiera creído posible, pero allí estaba. Aunque la compañía no fuera la idónea. Tras ella caminaban, enfermos y cansados, los prisioneros de la compañía, arrastrados a trompicones por los otros. Breyne había observado sus escudos pintados, y había visto que los dos caballeros llevaban el mismo signo: un halcón con las garras extendidas, dispuesto a hundirlas en la presa. Ése ave quedaría grabada en su memoria toda su vida, como un símbolo de opresión, violencia y muerte.
Tenían prohibido hablar hasta que dejaran atrás el bosque, pero ella no entendía por qué. Era cierto que aquellos árboles tenían algo extraño, pero no alcanzaba a comprender la razón del comportamiento de los hombres. Sintió cómo Denwas se estremecía y se despertaba, y sin decir nada se enjuagó la boca con agua de la cantimplora. El ruido hizo que el guerrero rubio lo mirara de reojo.
- Casi no has dormido- le dijo Breyne. El chico aún tenía los ojos enrojecidos por el sueño.
- No puedo dormir. Hay algo que no me deja hacerlo- susurró-. Presiento algo…
- No digas tonterías, solo es un bosque. Árboles y hierbas, a lo mejor un par de ciervos. Eso es lo que hay aquí. Parece mentira que un chico tan mayor como tú tenga miedo de cuatro pinos.
- No son cuatro pinos- se quejó. Breyne le sonrió, reconciliadora-. A demás, voy a llevar a Abenuz un rato.
- Pero…
- Vamos, pásame las riendas. Mírate las manos.
Ciertamente la sangre manaba de las ampollas que producían las cuerdas. El roce que producía en su piel el movimiento del caballo le había quemado y herido las palmas, pero ella estaba tan concentrada en sus propias divagaciones que no se había dado cuenta.
- Tienes la piel más fina que yo- aseguró Denwas mientras las cogía-. Es normal.
- Bueno- suspiró-, no es bonito que una señorita lleve las manos hechas un cisco.
- Yo no veo ninguna señorita por aquí- sonrió, socarrón. Breyne levantó la cabeza con suficiencia y lo empujó-. ¿Qué? Es verdad.
- Cállate. Hasta Ferro es más hombre que tú. ¡Imberbe!
- Perdona, si no me sale es porque estoy estresado- se quejó él. Era obvio que estaba algo acomplejado por ser lampiño, y ella lo utilizaba como defensa.
Breyne se rió y le revolvió el pelo.
- No importa. Odio las barbas.
Llegó el atardecer y seguían en la senda del bosque. El hombre del caballo marrón soltó una maldición mientras miraba el mapa con enfado.
- ¡Nos hemos perdido! ¿Cómo ha podido pasar?
- Magia negra… magia negra- susurró asustado el rubio. Sus ojos se desorbitaron.
- ¡Estos caminos del diablo! ¡Maldita bruja, ha cambiado los caminos! ¡Ya deberíamos estar en el valle de Uhigar!
- No sirve de nada lamentarse- susurró la dama encapuchada-. Seguiremos cabalgando hacia el norte. Si no cambia la situación abandonaremos a los caballos y avanzaremos campo a través. No creo que haya cambiado el bosque entero, solo las sendas…
- ¡NO PIENSO DEJAR A MI CABALLO!- gritó Breyne. Denwas la golpeó atemorizado, pero ella no se amilanó. Mientras no mirase a los ojos verdes no tendría miedo. Clavó la vista en el caballero rubio, que parecía asustado- Mi caballo y mi perro son nuestras únicas posesiones, son recuerdos de mi padre y de mi madre. ¡No voy a abandonarlos en medio de un bosque!
- Está claro que no comprendes la gravedad de la situación. No se trata de un bosque normal, niña- musitó él.
- ¡No me importa! ¡No voy a dejarlo aquí!
- Cállate ya, ¡harás que nos descubran!- susurró el otro guerrero.
- ¡No voy a callarme! ¡Queréis quedaros con mi caballo y mi perro! ¡Sí, eso es! ¡Lo queréis todo para vosotros! ¡Queréis asustarnos con esos cuentos para que…
- Si no te callas tendremos que hacerte callar- gruñó el caballero rubio.
- …para que os lo demos todo! ¡Ladrones! ¡Y tenéis encadenada a esta pobre gente cuando los que debierais estar encadenados sois…
Un golpe seco la dejó sin respiración. Oyó cómo la voz de su amigo retumbaba en sus oídos mientras perdía el equilibrio. Su propio nombre flotaba en el bosque, sumándose en ecos a la atmósfera sofocante. El golpe no le dolió hasta unos segundos después. No podía moverse. Tirada en las hojas, con la tierra húmeda manchando su pelo y su ropa, comenzó a sentir cómo no eran sus manos las únicas que sangraban. A penas podía respirar. El labio le dolía mucho, y sentía en su boca el olor de la sangre. A sus oídos llegaron retazos de un forcejeo, y un gruñido. “Ferro”, pensó. Oyó encabritarse a un caballo, y la voz del hombre corpulento gritar mientras el acero chocaba contra la vaina. Un gemido agudo. El grito de Denwas. La tierra daba vueltas. Consiguió ver cómo su amigo le daba una fuerte patada al otro hombre, y cómo éste le propinaba un sonoro golpe con su guantelete. Pronto otra figura rodó junto a ella en la tierra y se arrastró hasta que pudo sentir su respiración contra su cara.
- ¡Breyne! ¡Cabeza hueca, escúchame! ¿Me oyes?
La voz le llegaba distorsionada. Quería decirle que estaba bien, que no se preocupara, pero no podía moverse. Le dolía todo el cuerpo. Vio una gigantesca sombra que se alzaba tras la espalda de su amigo. Un brillo metálico teñido de sangre. No tenía más fuerzas, pero no podía dejar que aquella cosa se acercara. Lo sabía. Denwas iba a morir. Por su culpa. Por no saber entender ése nuevo y brutal mundo en el que se hallaban. Iban a morir todos. La sombra se acercó más.
- No… - logró musitar.
Y surgió de nuevo. Aquello que había luchado por esconder, aquello que precisaba toda su fuerza de voluntad para no aflorar.
Un rayo de luz rasgó el aire con un rugido que heló sus propios huesos. Sintió cómo la dama encapuchada retrocedía, espantada. Y un fuerte golpe llegó a sus oídos. Lo había hecho. La sombra había caído. Estaban a salvo.
Cuando despertó, se encontró sobre la espalda de alguien familiar. Aspiró su cabello castaño, pero un pinchazo en los pulmones la detuvo con un dolor agudo. Gimió y volvió a desmayarse.
La segunda vez que despertó estaba tendida en el suelo. Denwas estaba junto a ella, cogiéndole de la mano. Había anochecido ya, y la zona estaba iluminada por una hoguera lejana. Dos figuras hablaban en susurros allá, pero ella no les prestó atención. Cuatro caballos, entre los que estaba un nerviosísimo Abenuz, estaban atados en el linde del camino.
- Den…
- ¡Oh, por fin!- su amigo sonrió de oreja a oreja, y ella supo que había estado llorando. Tenía un ojo amoratado y una brecha en la mandíbula. Se echó sobre ella y la abrazó con fuerza, aunque cuidando de no hacerle daño.
- Estoy… estoy bien…- con un esfuerzo sobrehumano logró poner la mano sobre su espalda.
- Dioses, ¡creí que no ibas a despertarte nunca! Gracias al cielo que no has… ¡gracias! ¿En qué estabas pensando? ¡Podían haberte…
- No voy a morirme por un puñetazo- intentó sonreír, pero notó que la sangre volvía a manar de sus labios.
- ¡No te muevas!- exclamó una voz femenina a su espalda. Ante sus ojos apareció el rostro de la mujer encadenada, que llevaba las manos manchadas de hierbas y barro. Olía fatal. Intentó resistirse pero sólo consiguió que un dolor lacerante en el costado le hiciera gemir. Dejó que le pusiera el ungüento en los labios y procuró no moverse- Solo se te ha partido. Volverá a su lugar pronto. Lo peor son esas costillas.
- ¿Las costillas?- preguntó Denwas asustado.
- Se ha partido dos en la caída. Aunque no creo que le haya afectado a ningún órgano vital- se giró hacia ella, que no comprendía del todo-. Has tenido suerte, chiquilla.
- ¿Qué se supone que intentabas?- le gritó Denwas, ahora enfadado- ¡Casi te matan! ¡Casi nos matan!
- Denwas…- una imagen cruzó su mente, y su rostro se transformó en una máscara de terror- Dime que no es cierto… dime que no ha pasado… dime que no ha…
Los tres quedaron en silencio, un silencio incómodo. Él desvió la mirada y no dijo nada. Breyne se levantó con esfuerzo, y se quedó mirando la hoguera. Faltaba una figura. Faltaba el caballero musculoso. “Ha ido al bosque. No se ha ido” se dijo, mientras sentía que su corazón empezaba a latir al doble de velocidad. “Sigue vivo. Sigue vivo. Está en algún sitio”. La dama de gris se giró, y sus ojos verdes llamearon con furia, golpeándola con la fuerza de mil puñales.
- No…
- Ha muerto, Breyne.
- ¡No ha muerto! ¡Está en el bosque!- gritó, intentando creer en su propia mentira.
Percibió que su amigo le cogía la cara con las manos, suavemente, y la obligaba a mirarlo directamente a los ojos. Todo daba vueltas. Se fijo en los dos puntos oscuros que brillaban a la luz del fuego. Sintió cómo una lágrima caía por su mejilla y le llegaba a los labios. Salada. Salada como el mar.
- Ha muerto, Breyne. Has matado a un hombre.
Reptó sobre su espalda hacia atrás unos centímetros. Solamente quería apartarse de él, apartarse de la sucia mujer, perder de vista la hoguera. Pero no pudo, el dolor le impidió respirar. Perdió el aliento. Todos estaban compinchados. Todos. Hasta Denwas. Querían hacerle creer que era una asesina, eso era. Ella no era una mala persona. Era una buena chica, su padre lo decía. Su padre no había muerto por su culpa, no. Todo eran coincidencias. Estúpidas coincidencias.
- Oye…- susurró Denwas, alargando una mano hacia ella.
- ¡No te muevas!- siseó, para después echarle en cara una sola palabra- ¡Traidor!
Él no le hizo caso y, ante el horror de Breyne, apoyó la cabeza en su hombro. Ella intentó zafarse, intentó escapar. Pero era inútil. Estaba acorralada. Por fin sus ojos se derramaron, por fin el peso empezó a aliviarse. Se dio cuenta de que estaba aferrada a la espalda sangrante de su amigo, y de que él la sujetaba impidiéndole caer. El mundo desapareció ante sus ojos, y solo quedaron ellos, envueltos de una profunda oscuridad. Frío. Las lágrimas se mezclaron con la sangre. Estaban juntos. Como siempre.
jueves, 11 de septiembre de 2008
2. 6_ Hagga
La nieve caía en el norte, lenta pero sin pausa. El viento frío y cortante había reventado sus labios, de los que resbalaban gotas de sangre que sabían a hierro. La capa de conejo, raída y remendada, se arremolinaba tras su cuerpo. Los hilos de plata de su cabello estaban teñidos de un sudor frío, y su rostro, rojo a causa del frío. A Hagga le temblaban tanto las piernas que no sabía si conseguiría llegar a la aldea, que ya estaba a media hora de camino y se delataba por el humo lejano de las chimeneas. Afortunadamente, ningún animal había salido a su encuentro. Incluso ella sabía lo peligrosos que eran los lobos hambrientos, aunque llevase la horca de tres puntas con ella. A veces le parecía que era un simple palo de madera inútil.
Cuando llegó, tiritando, a la posada, las luces de las casas estaban apagadas y el silencio sepulcral atenazaba los bosques y campos que rodeaban la villa. De una de las casas de las afueras colgaba un letrero de madera, en el que, toscamente escrito en alfabeto cirílico ponía “posada”. A través de la ventana, que tenía las cortin
as cerradas, se adivinaba el titilar de una vela. Hagga se desmoronó contra la puerta, y llamó con tres fuertes golpes. Al minuto escuchó unos pasos bajar una escalera, y un gruñido malhumorado.
Cuando se dio cuenta, estaba tirada en el suelo. La puerta se había abierto, y al desaparecer su apoyo, había caído. Alzó la vista poco a poco para encontrarse con un hombre barrigón, de rostro tirante y ojillos maliciosos que exhibía un gesto de rabia.
- Por favor…- musitó hagga. Le dolía la garganta como si sus cuerdas vocales se hubieran convertido en tiras de cuero helado- cama. Cama y agua…
- ¡Entra!- espetó el posadero, alzando el candil para observar la cara de la recién llegada- ¡Rápido!
Hagga se levantó haciendo un acopio de sus últimas fuerzas y siguió al posadero penosamente apoyada en la horca. El hombre la llevó a una gran sala atiborrada de mesas y sillas toscas de madera. La chimenea iluminaba la estancia y le daba calor, calor que ella agradeció como un regalo del cielo. Se derrumbó en la silla más cercana al fuego, sin fuerzas para más. Cuando alzó la cabeza, el posadero había vuelto con un vaso de agua caliente especiada.
- Bebe- le ordenó. Hagga miró el contenido del vaso, oscuro y con grumos, pero aún así tragó y tragó. Sabía a miel y especias, a agua muy caliente, dulce y a la vez agrio. Le quemó la garganta al pasar-. Paga.
Hagga rebuscó en su bolsillo. Dos monedas de cobre. Se las tendió al posadero, que la miró con los ojos entrecerrados.
- Es todo lo que tengo- susurró con voz rajada. Clavó sus ojos de cierva en él, y vio cómo la expresión dura del hombre se ablandaba un poco-. Trabajaré para conseguir más. Puedo ponerme a fregar…
- No, niña- la cortó-. Vete a dormir. Segunda habitación a la izquierda, al subir la escalera. Mañana hablaremos del precio.
Y le tendió una llave enmohecida. Hagga no podía siquiera sonreír. Y menos coger la llave. Se derrumbó definitivamente de la silla y cayó al suelo, donde quedó inconsciente.
Cuando despertó un poco de luz le daba en la cara. Abrió los ojos añiles un poco. Junto a ella, sobre la mesita de madera, había una vela palpitante. Al otro lado de la ventana era noche cerrada. Se incorporó poco a poco, y sintió cómo le dolía todo el cuerpo. De su frente cayó un trapo húmedo. Apartó las sábanas y poco a poco puso los pies en el suelo de madera. El pelo, sucio y desgreñado, había perdido su tono blanquecino para hacerse grisáceo. Su cara estaba pálida, más pálida de lo normal. Se notaba tan débil que no sabía si sus piernas la sostendrían.
Avanzó poco a poco por la sala estrecha, apoyándose en las paredes. Tras ello, abrió la puerta y sintió una ráfaga de aire cálido impactar en su rostro húmedo. Aunque sentía el frío fuera, allí hacía calor, un calor asfixiante pero reconfortante que venía de las chimeneas y las antorchas.
Al final del pasillo había una puerta. La abrió y se quedó mirando los escalones a la vez que se deslizaba sobre ellos, solamente poniendo atención en la roca que…
- ¡Auch!- le gruñó un hombre- Ten más cuidado, ¿quieres?
- L-lo siento. Perdone- musitó ella, mirándole la cara, angulosa y de mandíbula cuadrada, rajada por un par de cicatrices. Le daban un aspecto terriblemente fiero, acentuado además por dos ojos esmeralda. El cabello, oscuro y lacio, le caía a mechones desde su cabeza de bruto, hasta los anchos y musculosos hombros que coronaban un pecho de toro, también cubierto por cicatrices, y que su camisa maltratada por la intemperie no podía cubrir sin estar tirante. De su cinturón pendía una gran hacha. Hagga alzó sus ojos asustados hasta los del desconocido, y se echó un poco atrás, asustada. El hombretón frunció el ceño y, con un manotazo que pretendía ser delicado, la apartó un poco y siguió su camino a la vez que soltaba un gruñido bajo-. ¡Disculpe!- volvió a decir, pero él no dio muestras de haberla siquiera oído.
Siguió bajando, y llegó a la sala principal. Pudo ver unas cuantas mesas circulares, algunas de ellas estaban ocupadas por pequeños grupos que jugaban a las cartas o charlaban, otras estaban invadidas por borrachos, las demás, vacías. Junto a la chimenea, un hombre tocaba el laúd, quedando su melodía enterrada por las risas y los gritos. Pero aún así, el juglar alto y delgaducho continuaba con los ojos cerrados, moviendo los dedos por las cuerdas, haciéndolas reír y llorar.
- ¿Ya has despertado?- preguntó una voz familiar a su lado. Se giró y se encontró con el posadero tripón.
- S-sí.
- ¿Cómo te encuentras, jovencita?
- Creo que me estoy recuperando…
- ¿Cómo piensas pagar tu estancia? Has dormido dos días enteros. Me temo que con eso que llevas no tienes ni para empezar.
- Pero… es lo único que…
El hombre sacudió la cabeza, y Hagga pudo entender que en el fondo no quería echarla. Estaba enferma, y si la dejaba sin un techo y una cama, moriría.
- Lo siento.
- No, espera. Puedes ayudar en la cocina un tiempo, o servir las bebidas si quieres. Eso nos compensaría por la ingrata de Katrina- estuvo a punto de escupir al pronunciar su nombre, pero recordó que estaba en su establecimiento y lo pensó mejor-.
- De acuerdo, puedo empezar ahora mismo.
- No- la paró poniéndole una mano en el hombro-. Tiemblas tanto que derramarías la cerveza y se armaría una pelea. Será mejor que hoy descanses, que te sientes y disfrutes de la chimenea con una manta por los hombros. Te sacaré algo de caldo caliente. A demás, fuera hay una ventisca y nieva como si todos los diablos del infierno escupieran flemas sobre nosotros. Será mejor que no te muevas de aquí.
Hagga le dio las gracias y se sentó en una mesa vacía cercana al fuego. El posadero le acercó una manta y una taza llena de caldo humeante. Cuando se marchó de nuevo Hagga se concentró en las llamas danzarinas, y a sus oídos llegaron los sonidos de las cuerdas. El trovador movía la cabeza lentamente mientras tocaba. A la joven le parecía que el fuego se movía al ritmo del laúd. Fue entonces cuando se fijó en la letra que cantaba en voz muy baja el músico errante.
Abrirán las puertas del cielo,
Caerá su canto sobre nuestras cabezas,
Y nuestros pies arderán en el infierno
Mientras mueren los señores en lo alto.
¿Te salvarás tú del hielo y el fuego?
Hagga desvió la mirada de la chimenea y la clavó en él. Tendría dos o tres años más que ella, o al menos eso parecía a simple vista. Su cabello castaño oscuro, recogido en una coleta baja, caía hasta mitad de su espalda. Alcanzó a verle unos ojos grises como la tormenta, y en su barbilla (que sobresalía, fina, de su rostro delgado) crecía pelusa de tres días, aunque no demasiada. Tenía los pómulos altos, que le daban un aspecto casi aristocrático a su rostro. Las vestiduras excéntricas no eran fáciles de pasar por alto: un sombrero del que caía una larga pluma de halcón, capa de color tierra con bordados (algo viejos, Hagga lo veía) de flores en color azul claro. El cuello de la camisa negra, hacia arriba, le cubría el cuello y acababa en las mejillas, y se ensanchaba desde los hombros y se mecía en dos largos trozos de tela. En su cintura brillaban dos cinturones cruzados. Los pantalones, abombados y de rayas de los mismos colores que su capa, acababan dentro de unas botas de caña negra que contaban con espuelas. Parecía que no iba armado, pero recordó que, con los errantes, no había que fiarse de las apariencias.
El posadero pasaba por allí, y Hagga lo llamó con timidez.
- Disculpe, señor- titubeó en un susurro-. ¿Podría decirme quién es el trovador?
- Ah- suspiró, aliviado-, te refieres a Sir Pico de oro.
- ¿Es un noble?- preguntó, sorprendida. El hombre se rió por lo bajo.
- No, pequeña. Es solo un cantante errante. Pero lo llamamos Sir por la forma que tiene de hablar. A veces es difícil entender lo que dice. No parece muy dado a rebajarse- sacudió la cabeza, como desaprobando su comportamiento-.
- Ahm…
- Todo lo demás, es un misterio. Cierto que canta bien, y quizá por eso lo toleran aquí toda esta panda de patanes- miró en concreto a un grupo de hombres que se emborrachaban en una de las mesas-.A demás, hay algunos aquí que le tienen… ¿Cómo decirlo? Respeto.
- ¡Pero si a penas lo toleran!- no pudo evitar exclamar, contrariada.
- Sí, es cierto que Sir Pico de Oro siempre está en un segundo plano. Pero, por alguna razón que yo no sé, todos estos evitan meterse con él- Se incorporó, y se dispuso a continuar con su trabajo, con un suspiro-. ¿Quién sabe?
Se alejó entre las mesas, dejó las jarras y los picheles y volvió a meterse en la cocina. Hagga apartó la vista del juglar y la hundió en la gran taza de caldo. Bebió otro sorbo, absorta en sus pensamientos. ¿Quién iba a decirle que, en ese mismo día y momento, iba a estar en medio de desconocidos? Algunos de ellos eran fornidos y llevaban armas a la espalda o en la cintura. Otros iban con extrañas vestiduras de todos los colores y clases. Capas, capuchas, brazaletes, guantes, cotas de malla… Hagga los miró con interés, aunque siempre con disimulo, no fuera a causar algún problema. Muchos de ellos parecían temibles, y los demás… Hagga sabía que no debía fiarse de lo que percibiera a simple vista. A lo mejor uno (o más) de aquellos que parecían inofensivos era un hechicero poderoso, de los que habían resurgido cuando el mundo se partió. Y ése era uno de los tantos temas de los que nunca había alcanzado a comprender y que, para la mayoría de personas, era un enigma. ¿De verdad sus poderes habían comenzado con el Desmembramiento? ¿O estaban ocultos y solo los dejaron fluir cuando apareció
Estaba pensando eso cuando se dio cuenta de que no oía la música. Y cuando alzó la vista, el trovador estaba sentado en su misma mesa, frente a ella.
- Buenas noches- saludó el hombre, quitándose el sombrero y haciendo un aspaviento con él-.
- Buenas noches.
- Esperaba que pudiera sentarme con vos. Sois una cara nueva a la par que hermosa. Decidme, ¿qué os trae por la villa de Rybinsk? O lo que queda de ella, por qué ocultarlo- carraspeó con desinterés-. No hay que ser muy agudo para ver que aquella ciudad murió hace tiempo atrás… y que la mayoría de los supervivientes se han refugiado aquí.
- Vivía a unos días de camino de aquí. He venido buscando a alguien.
- Pues, si es forastero y no está aquí… de seguro no lo encontraréis en Nueva Rybinsk.
- ¿Cómo lo sabes?
- Como comprenderás, en un pueblo pequeño se conocen todos, y más si está ubicado en un lugar tan frío como éste. Es de lógica que, si un forastero (y por lo tanto desconocido) llega al lugar, venga como tú a la posada. Y que esté de paso. Lo más seguro hacia el suroeste. Probablemente Varsovia o Ámsterdam. Eso si siguen allí. Pero en un lugar tan frío como este, y siendo invierno… se avanza poco a poco, y más aún si vas en soledad- la miró con sus ojos grises-. Muchacha, ¿vais vos en soledad?
- Yo…
- No, no digáis nada. Está claro que nadie os acompaña. Os veo perdida, y miráis a los demás con curiosidad. ¿Me equivoco?
Hagga sopesó su pregunta con desconfianza. ¿A dónde pretendía llegar aquél charlatán? ¿Qué respuesta iba buscando? Y, lo más importante: ¿Qué haría cuando la obtuviera?
- Busco a alguien, eso es todo. Sí, voy sola. Pero sé cuidar de mí misma- susurró, todo seguido. El bardo sonrió de medio lado.
- Y, por lo que veo, no tenéis dinero. ¿Quién si no bebería un poco de caldo caliente en una taberna? Solo un pobre, enfermo y enfriado. El perfil de un vagabundo. Tus ropas también son de vagabundo- observó-.
- Lo sé- reconoció, y torció el gesto mientras se tapaba un poco con la manta. Había olvidado lo sucia y penosa que iba, y parecía que Sir Pico de oro iba a recordarle que solo era una estúpida aldeana perdida.
- ¿Cuál es tu nombre, dama errante?- preguntó él.
- Puedes llamarme Hagga- dijo ella, en un esfuerzo por ser amable, y le tendió la mano. Mano que Sir Pico de oro no aceptó, sino que se echó un poco hacia atrás con una fina y momentánea mueca de desagrado.
- Vos ya sabéis cómo llamarme- suspiró, y arqueó las cejas, como si eso no fuese con él-. Ya os habrán dicho, sin duda, el estúpido mote que me han puesto aquí. Tened por seguro que no pretendía permanecer aquí más tiempo del preciso, pero esta proterva tormenta de nieve me ha retrasado.
- ¿Hacia dónde vas?- preguntó ella, interesada.
- Como todos los demás, mi camino sigue hacia el sur. Me oriento hacia Varsovia, en primer lugar, y después hacia Viena. No sé si siguen allí, pero me han dicho que hay muchos problemas políticos. ¿Veis a todos estos hombres?- Haga asintió con la cabeza- La mitad de los que aquí se encuentran en el grupo de mercenarios al que me uniré para seguir mi camino. La mayoría de los gobiernos necesita brazos fuertes que los defiendan y aseguren su poder. La otra mitad- bajó la voz y la cabeza, y habló en un susurro- son errantes o fugados: hechiceros y asesinos. Deberíais tener cuidado con esta gente.
- Me estás asustando- musitó ella, mirando a los demás con temor.
- Oh, pero ellos no suelen ser mala gente. A los hechiceros, me refiero. Cierto es que hay de todo. Incluso locos que creen tener un plan para dominar el mundo. Otros simplemente sobreviven, atormentados por sus propios poderes. El caso es que, donde hay mercenarios, debe haber lugares donde alojarse. Posadas, burdeles… y esos lugares precisan gente como yo. Artistas que alegren sus largas noches. Claro que a unos políticos les interesa eso más que a otros… Pero no es algo de lo que hablar aquí, ¿no creéis?
- Tienes razón- aceptó ella.
- Bien, pues. Me retiro a mis aposentos, quién sabe si mañana habrá arreciado esta tormenta, o si ya se habrá disipado- se levantó ágilmente, y volviendo a ponerse su sombrero emplumado le lanzó una sonrisa aburrida-. Que tenga dulces sueños, señorita.
- Lo mismo digo- dijo ella.
Sir Pico de Oro se alejó y se perdió en la escalera. Hagga se fijó en que habían llamado la atención de algunos de los otros clientes, que se limitaron a mirarla con interés unos momentos y después volver a reír con los demás y beber cerveza.
Al día siguiente la tormenta no solo no había amainado, sino que el viento helado golpeaba las ventanas con más furia y el paisaje, las calles y los tejados se habían vuelto invisibles bajo la espesa manta blanca de nieve. Hagga descubrió, aliviada, que el sueño había sido reparador para ella. Se despertó y, sin esperar a que el posadero le mandara qué hacer, empezó a colocar las mesas y las sillas. Para cuando el hombre bajó, la sala central se encontraba preparada, el fuego encendido, el suelo barrido, los vasos y platos brillantes, los cuencos de madera limpios. Y a Hagga fregando, con la ropa torpemente remendada y los brazos y cara limpios. Se había recogido el cabello bajo un pañuelo (que al fijarse reconoció como un jirón de su falda). En un barreño flotaban las otras prendas que no estaba usando en ese momento, empapadas en agua y jabón.
- Buenos días- saludó ella con una sonrisa-. Gracias por haber permitido que me quede aquí…
- Vaya- dijo el hombre, sorprendido-, parece que te lo estás tomando en serio.
- Si hay algo que he aprendido es que hay que dar algo por lo que te ofrecen, aunque no tengas oro para pagar. Disculpe las molestias de estos últimos días. Comprendo que deba trabajar duro para pagar lo que he usado.
- Bueno, entonces no hay problema… pero ¿te encuentras bien?
- Sí, aunque a veces aún estoy un poco débil y estornudo, pero el resto está bien. A demás, no me permitiría seguir abusando de la hospitalidad que me dais.
El posadero sacudió la cabeza, extrañado. Se rascó el cráneo, y se encogió de hombros. Se dio la vuelta, y Hagga lo escuchó mascullar algo mientras se marchaba.
- ¿Quién iba a decir que un mercenario sería tan amable? Quizá los juzgue demasiado rápido…
Ahora le tocó a ella el turno de quedarse pasmada. ¿Aquél hombre la había tomado por una mercenaria? No podía ser… ¿una chiquilla que a penas tenía un par de monedas y vestía con harapos? Pensó un momento, y se le ocurrió que todos aquellos hombretones fieros que pronto acudirían a pedir su desayuno deberían haber empezado de forma similar. Una duda asaltó a Hagga: ¿podría ella convertirse en uno de ellos? Negó con la cabeza y siguió concentrada en los vasos y jarras.
