Breyne pasó la noche entre retazos de consciencia y momentos en los que los párpados se le cerraban. Parecía que el cansancio y el peso de sus actos la hundían en pesadillas y sueños tormentosos. Su respiración era débil e inconstante, y estaba envuelta en el sudor frío propio de la fiebre.
Denwas no pudo hacer otra cosa que secarle la frente con algunos harapos y enjugarle el rostro a la luz de la hoguera. Le dolía la mano izquierda, se había roto un par de dedos y se había torcido la muñeca. Los desconocidos se la habían vendado como habían podido con sus manos húmedas, sucias de barro y tierra, y sus movimientos nerviosos y débiles. Al principio el chico se había negado a que se acercaran. Tenía miedo de lo que pudieran hacerles, y sabía a ciencia cierta que el caballero y la dama de los ojos verdes no harían nada por ayudarlos si eran atacados por los otros encadenados. Pero después de haberles echado mil miradas de odio y advertencia había acabado por ceder ante ellos, y para su sorpresa no les hicieron ningún mal. Miraban a los dos muchachos con pena, incluso uno de ellos palmeó en el hombro a Denwas para darle ánimos.
Únicamente la mujer andrajosa les dirigió la palabra. Dijo a Denwas que podían llamarla Oggar. Se pasó todo el tiempo que Breyne estuvo inconsciente entablillándole el pecho, vendándole con lo que pudo (rasgones de su propia ropa y la del chico) el torso y aplicando algunos empastes hechos de hierbas y barro en las heridas de la muchacha.
- Ella es fuerte- le dijo Oggar apoyándole una mano en el hombro-. Se recuperará. Y cuando despierte estará llena de odio y fuego. Puedo verlo. Todo lo que la rodea quedará en ceniza y llamas.
- Sí, es fuerte- susurró Denwas sin hacerle mucho caso a la mujer. Oggar apartó con extraña dulzura un mechón de pelo dorado de su cara, y hundió la vista en su rostro.
- Cuando despierte, estará sola. Sola en medio de la noche.
- No, no. Yo voy a quedarme hasta que se reponga, señora. No voy a irme y dejarla aquí aunque vuelva el Desmembramiento y se abra la tierra a mis pies. Es mi amiga.
- Pobre criatura- continuó ella, como si no lo estuviera escuchando-. Tan sola, tan perdida, en un mundo tan grande. Y cuando despierte la sangre llenará el mar de tantas heridas. Oh, sí. Demasiadas heridas.
Y sin decir nada más se retiró, dejándolos solos y tirados en el suelo. Denwas a penas tuvo tiempo de pensar lo que le había dicho la mujer. ¿Demasiadas heridas? Volvió a revisar las vendas. No estaba sangrando casi, solo tenía un par de heridas. Aunque tenía el tórax dolorido y amoratado las costillas se estaban curando bien. Parecía que cada vez que Oggar la tocaba iba recuperando el color y las heridas cerraban un poco más. Se giró hacia los otros encadenados con miedo. A lo mejor era cierto, a lo mejor eran brujos todos. Con magia. Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza, pero entonces cayó en la cuenta de que rechazarlos a ellos sería rechazar también a Breyne. Se mordió el labio inferior y trató de contener el miedo.
“Ojala no hubiera visto nada, ojala hubiera quedado inconsciente al caer del caballo… Ella ha matado a un hombre, dioses, ha matado a un hombre delante de mí”
El rayo había caído como una columna chispeante, y se había abatido sobre el caballero tan deprisa que ni siquiera había tenido tiempo de reaccionar. Y él, a dos metros, sintió la energía profunda y desatada de la tormenta. El aire se impregnó del olor a electricidad, y luego desapareció. Denwas había resultado ileso, pero el viento había ido desintegrando ante sus ojos el cadáver de ceniza que antes había sido un hombre fuerte y poderoso. Una fina llovizna comenzó a caer sobre ellos mientras recuperaban el aliento, y cuando se giró, Breyne estaba como muerta sobre la hierba del camino.
“Dioses, dadme fuerza para mantener mi promesa, dadme fuerzas para mantenerme en pie…”
Esa noche no durmió a penas, aunque se sumió en un estado de alucinaciones. Supo que cada media hora Ogga se acercaba a ellos y pasaba unos minutos con la mano posada sobre las heridas de su amiga. Luego era su turno, y después desaparecía en la oscuridad de la noche. Se sentía observado. Las estrellas los señalaban con sus dedos acusadores “asesinos, asesinos”. La propia noche intentaba arrebatarle a Breyne de los brazos, pero no iba a dejarla ir. Ella era lo único que le quedaba, su único vínculo hacia el pasado. A través de ella los recuerdos fluían con más fuerza.
Veía a esa niña solitaria y con cara de pocos amigos sentada sobre un muro de piedra. Llevaba el pelo rubio suelto y vestía un peto azul. Lo miraba desde lo alto con esos ojos brillantes y enfadados. Él no podía hacer otra cosa que sonreír. Entre sus manos morenas había una gran pelota. La niña quería que se la devolviera. Quería ir al mar, y por mucho que le dijeran todos que eso estaba muy lejos no se daba por vencida. “¡Devuélvemela, Ercole!” le gritaba enfadada desde el muro, llorando de rabia. Él sonreía y la apretaba más. Y más. Breyne apretó la mandíbula. La pelota estalló.
Despertó de golpe, el corazón le latía a toda velocidad. En sus oídos todavía se oía explotar la pelota. Estaba a punto de amanecer. Por un momento no supo dónde estaba, ni por qué la niña pequeña del peto había crecido tan de repente. Pero en unos segundos recordó que ya no tenía siete años y que aquella chiquilla rubia estaba tan sola como él. Se giró.
Oggar tenía los ojos asustados, pero no se movía. Junto a ella los otros presos se habían juntado unos contra otros. En sus rostros se reflejaba miedo pero también decisión. Miró hacia el otro lado. El caballero rubio temblaba y tenía la espada en la mano. La dama de gris le estaba dando órdenes. Denwas aguzó el oído, pero ya habían dejado de hablar. El joven se acercó inseguro hacia donde estaban.
- Esto está mal- musitaba, aterrorizado-. Es con fuego, con fuego mi señora. Volverán otra vez. Volverán otra vez y nos perseguirán. Señora, yo se lo digo, volverán…
- Haz lo que te digo, necio- le propinó una patada que lo tiró al suelo entre sollozos.
Denwas se alejó hacia atrás como pudo, cargando con el cuerpo de Breyne, que seguía inconsciente.
- Empieza por aquél- ordenó la mujer, señalando a un hombre débil y huesudo que a penas podía sostenerse en pie.
- Señora, mi señora… oh, señora, volverá, pero no me hace caso usted…
Cogió al preso del brazo y lo tiró al suelo lejos de los demás. El hombre cayó al suelo, un saco de piel y huesos. Era el hombre que había palmeado el hombro de Denwas para darle ánimos la noche anterior. Intentó levantarse, pero los brazos no lo sostuvieron. Volvió a caer como una máquina traqueteante y agotada. No pudo intentarlo una segunda vez.
Uno de sus compañeros gritó mientras la hoja de la espada se hundía en la carne y separaba la cabeza del cuerpo. La sangre tiñó de rojo el barro y las hojas. Oggar se llevó las manos a los ojos y empezó a llorar. El cadáver descabezado seguía encadenado a los pies de sus compañeros. Los caballos se agitaron y se encabritaron al oler la muerte.
“Dioses, dioses, vamos a morir, vamos a morir todos”
Los presos se dispersaron intentando huir del asesino. Denwas se debatió contra la cadena que le aprisionaba el tobillo. Era imposible, no podían escapar de sus ataduras. El segundo hombre cayó al suelo con el ruido de la sangre al salir de su cuerpo. Rodó dos o tres veces sobre sí mismo y quedó tendido boca arriba, con el rostro teñido de rojo. La espada no había conseguido cortarle el cuello del todo, y éste quedaba sujeto a la cabeza por un tendón. Denwas levantó a Breyne con toda la fuerza que pudo reunir y empezó a estirar de su cadena para alejarse del hombre enloquecido y de su acero. Pero los ojos del caballero se clavaron en los suyos como la espada se clava en una roja víscera.
Avanzó hacia ellos con paso tembloroso. Su cerebro intentó hallar la forma de salvarse. No había tiempo, el verdugo caminaba hacia él con ojos idos hacia la locura. Sentía la presencia de la mujer gris. Retrocedió lo que pudo, y la cadena se tensó. Estaba atrapado. El hombre rubio iba armado, y él estaba herido. No debía dejar que tocaran a Breyne. Debía…
El sonido de una flecha rasgó el aire. Denwas no supo lo que había sucedido hasta que vio que la punta de ésta había atravesado el pecho del caballero, que cayó al fango para no volver a levantarse. El pánico cundió entre ellos, la mujer gris soltó un grito y se giró hacia ellos.
Los ojos verdes eran lo único que podía ver. Alguien se desplomó a su lado, y otro corazón dejó de latir. Sintió cómo unos tentáculos se abrían paso por su mente, cómo desgarraban su alma. Dolía. No pudo evitar soltar a Breyne (que cayó, inerte, al suelo) y tirarse al suelo, intentando huir del dolor.
Éste cesó de pronto, y cuando abrió los ojos descubrió que tres figuras entraban en el camino. Dos de ellas se lanzaron contra la encapuchada con las armas alzadas. La tercera se apresuró hasta los encadenados y fue abriendo los candados con la llave que había robado del cadáver rubio aún caliente. La mujer gris gritó, rabiosa.
Denwas no podía dejar de mirar la pelea contra la dama encapuchada. Ésta se retorcía como una anguila y siseaba furiosa mientras paraba los ataques con su capa. Dio un salto hacia delante y clavó su mano en el pecho de uno de los guerreros, que se derrumbó en el suelo, y empezó a sacudirse con espasmos. La otra figura volvió a arremeter con un grito. Lanzó una estocada baja con su sable dorado, esquivó la mano de la mujer y encontró un punto débil. En una milésima de segundo se arrodilló e hincó el filo en un pliegue de la capa.
Esta vez la tela no pudo protegerla del de la amarga hoja, y ésta hendió su carne hasta atravesarla de parte a parte. La mujer cayó al suelo formando un charco de sangre igual que todos aquellos que por ella habían muerto. Quedó así unos instantes mientras su asesina la acuchillaba una y otra vez con las cimitarras negras hasta que sus ojos se apagaron, y murió. Los supervivientes, cuatro presos y dos atacantes, contemplaron la escena en silencio.
Denwas se dio cuenta de que la última en morir había sido Ogga. Estaba tirada en el suelo junto a él, a un par de metros de Breyne. Sus sesos se esparcían, chamuscados, en torno a su cabeza.
Por fin su cuerpo respondió. Una arcada, y vomitó. Toda la hierba estaba manchada de sangre y bilis. La tierra había quedado roja como si fuera el propio infierno. Todo su cuerpo temblaba, como si fuera a morirse de un momento a otro. El rostro aterrado de Ogga miraba fijamente a la dormida Breyne con un gesto de terror incontrolable. “Y cuando despierte la sangre llenará el mar de tantas heridas. Oh, sí. Demasiadas heridas”. Sus últimas palabras retumbaban en la mente del chico. Como un perro apaleado dirigió la vista hacia su amiga, ajena e inconsciente a todo lo que le rodeaba. Pero no tuvo tiempo de pensar más en ello, pues una mano fuerte estiró de él hacia arriba. Estaba siendo cargado por un hombre musculoso, de piel tan oscura que le parecía la propia muerte. “¿Por fin ha venido a por mí? ¿Me va a llevar con mis padres, con mi gente?” fue lo único que pudo pensar.
- Vamos, chico- retumbó la voz grave-. Levanta. Ya ha pasado todo.
A penas se dio cuenta de que lo había subido a lomos de Abenuz, ni de que habían colocado tras él a otro de los supervivientes que la dama gris tenía presos. Se dejó caer sobre el cuello del caballo, sin fuerzas ni aliento para manejar las riendas un segundo.
La figura que había acabado con la mujer de ojos verdes se bajó el pañuelo largo y negro que cubría la mitad de su rostro, revelando la cara de una joven pálida y de ojos sagaces (casi tan verdes como los de la muerta). Llevaba el cabello recogido en una cola alta, negro con mechones esmeralda. Sus ropas, igual de oscuras que su pelo, consistían en una capa pesada y un tabardo demasiado largo para ella (aunque se ajustaba perfectamente a su figura como una especie de falda que dejara al descubierto sus piernas) y un par de botas de suelas fuertes y altas. Su brazo derecho estaba cubierto por una armadura de metal lacado en negro, y en el otro llevaba un guantelete. Denwas a penas podía saber si todo lo que veía era cierto o sólo era producto de su imaginación.
A cámara lenta vio cómo el hombre negro levantaba con suavidad a Breyne y la subía a su propio caballo, un semental gris y regio adornado con una gualdrapa de hilo dorado. Denwas hizo ademán de alzar los brazos hacia ella en una muda súplica de que se la acercara, pero el hombre no le hizo ningún caso.
- Volverá - sentenció la asesina con voz inexpresiva mientras sacudía las cimitarras para limpiarlas de sangre.
- ¿Cuántos de los nuestros han caído ya intentando matarla?- Preguntó su compañero desde el corcel.
- Con éste van siete. Siete muchachos y muchachas con mucho valor y poca experiencia.
Se acercó al cadáver de su compañero y se arrodilló ante él. De entre sus ropas sacó una flor de marregal y la colocó sobre el pecho del muerto, y puso sobre los ojos de éste dos monedas. Se hizo el silencio en un minuto que pareció eterno, y después se levantó.
- Vámonos. La Maestra nos espera.
Denwas cayó en la cuenta de que habían atado a Abenuz y a los otros caballos con un par de cuerdas a la montura de la asesina, y no supo si sentirse aliviado o encogerse más en el miedo.
Poco a poco el campo de batalla quedó atrás. Al cruzar el sendero pudo ver el cadáver de Ferro, el perrazo de Breyne, muerto en mitad del camino. Las moscas lo habían encontrado primero.
“La soledad se va cobrando el precio de nuestra alma”
Y mecido con el vaivén del caballo se durmió en un sueño poblado de pesadillas aún peores que el anterior.
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Siento no haber actualizado en todo este tiempo...
No tengo excusa. Ahora teóricamente no debería haber actualizado tampoco, pero es que el aburrimiento de estudiar para los examanes me estaba volviendo loca. A parte, tampoco es que estos meses tuviera mucha inspiración, y tampoco sabía cómo continuar la historia para que no quedase todo demasiado rápido. Creo que así (como ha quedado) está aceptable.
Nos vemos!!! :)
[agradezco mucho los comentarios!! ^^ gracias!!]
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