viernes, 13 de marzo de 2009

3.5_ Oyá

“El viento mece mi cuerpo, un viento extraño. No sé si es cruel o si es brisa. No sé si es cálido o frío. Hay un sol. Puedo sentirlo a través de los párpados cerrados. Tengo frío. Si pudiera volver a salir al sol… pero no puedo. No puedo moverme. Los brazos no me responden. No puedo mover las piernas ni las manos. Es como si una capa de piedra me estuviera reteniendo… ¿Qué hago aquí? ¿Dónde estoy? Ahora recuerdo… ahora sé el lugar. Un rayo bajó del cielo, un rayo y un trueno ensordecedor. Las mareas, las mareas de Yemayá. Yemayá gritó tan fuerte desde el fondo del océano que las olas lo tragaron todo, absolutamente todo. Y los viejos dioses lanzaron su último estertor. La tierra se quebró, como se quiebra el alma del guerrero al darle el golpe de gracia. Y después, oscuridad y silencio

>He vuelto al lecho. ¿Es este realmente el comienzo, o es el fin? No puedo aclarar mis ideas. Tengo mucho calor, tanto calor que creo que voy a asfixiarme. ¿Hay algo ahí afuera? ¿Hay algo vivo ahí, o solamente quedo yo en medio del vacío? Sí, sí, sí. Todos han muerto, ¡todos! Y yo sigo viva… ¡como siempre debería haber sido! ¡Sigo viva! Puedo oír los gritos muy en lo hondo, puedo oír los llantos de los niños. ¡Sí! Soy la última, soy la última. He ganado, he salido victoriosa. La batalla acabó, y ahora soy la Diosa. La Única Diosa. ¡Temed, mortales, pues os mostraré mi poder! Seré amada y temida como en el principio de los Tiempos, seré… seré quien os guíe a los cementerios en masa, ¡quien devuelva a la Tierra lo que de la Tierra salió! Sí, y nadie podrá ponerse en mi camino porque soy la vencedora. La Victoria, la Diosa.

>Yo os estrecharé en mis brazos y os acunaré entre las flores que crecen junto al abismo. Os cubriré de olor a rosas y me adoraréis. Llenaréis con devoción mi copa de oro, os alimentaréis con mis mieses y acogeréis mis órdenes con dicha. Temeréis mi furia y abrazaréis mi cintura como si de un cinturón de perlas os tratarais.

>Porque yo seré vuestra Reina. Todos los Grandes descansan en paz, puedo oír el silencio del cementerio. Todos habéis vuelto a los nichos, todos.

>No sabéis nada, mortales. Pero yo os mostraré el poder de la furia y la batalla. Aquellos que deseabais la lucha y el caos de los Tiempos Antiguos veréis alzarse el más grande poder que jamás hayáis soñado. Un poder que aplastará con su maza de truenos y huracanes todo lo que intente escapar de mí. No sabéis nada. No sabéis los misterios que se ocultan en lo profundo del corazón. No sabéis que la vida sólo es una infancia llena de dolor y sufrimiento. Y cuando nacemos a la muerte solo somos niños aullantes que han olvidado todo lo demás.

>Vais a creer en mí. Voy a demostraros el poder del caos. Os guiaré de las manos como a niños ciegos hasta vuestros nichos, hasta vuestro sueño eterno. Sí. Eso es lo que haré. Seguiréis mi estela y mi corcel de tormenta y fuego. Alzaréis las armas, os levantaréis y caeréis. Comienza un nuevo día, un nuevo día para restaurar el valor y el honor de los hombres. Y creeréis en mí con toda vuestra alma. ¡Yo os conduciré hasta los senderos de gloria de una batalla infinita!”


El tótem palpitó. Esculpida en piedra, la mujer alzaba los brazos hacia el cielo. Sus labios carnosos comenzaron a resquebrajarse, sus ojos abiertos empezaban a emitir una luz tenue. Los mil collares pétreos que cubrían sus senos se carbonizaban poco a poco, conforme el viento cruel del desierto se arremolinaba en torno a la figura. La arena empezó a girar sobre ésta, como si de un tornado se tratase.
Entonces, con el sonido de la roca al partirse, Oyá cayó al suelo. Su piel negra brilló bajo la luz de los soles mientras boqueaba para respirar. El cabello azabache estaba recogido con un pasador de hueso. Clavó los dedos en la arena del desierto, saboreando la victoria.
Vestía una falda de nueve puntas, una de cada color y con bordados florales. De su cuello, a parte de los collares de oro, bronce y piedras preciosas, pendía una soga negra con cráneos reducidos. Los había segado en las grandes guerras junto a Changó. De su cintura pendía un gran machete enfundado.

“El mundo, el mundo es mío. Soy la Reina. La única superviviente de…”
- Oyá Yansa.

El gesto de ira se clavó en una figura que se alzaba de pie tapándole la luz. Su sombra se proyectaba sobre ella de forma cruel. Alzó la vista, y con dificultad por los soles distinguió el cuerpo de un dios con cabeza de perro. Un Dios Antiguo. Se levantó de un salto con la mano agarrando la empuñadura del machete y los ojos inyectados en cólera.
- No, Oyá. Las Guerras de los Dioses han acabado.

Sus palabras la dejaron más confusa de lo que estaba. ¿No había vencido? ¿No había despertado de la propia muerte?

¿Dónde estaba su ansiada victoria?

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