La nieve caía en el norte, lenta pero sin pausa. El viento frío y cortante había reventado sus labios, de los que resbalaban gotas de sangre que sabían a hierro. La capa de conejo, raída y remendada, se arremolinaba tras su cuerpo. Los hilos de plata de su cabello estaban teñidos de un sudor frío, y su rostro, rojo a causa del frío. A Hagga le temblaban tanto las piernas que no sabía si conseguiría llegar a la aldea, que ya estaba a media hora de camino y se delataba por el humo lejano de las chimeneas. Afortunadamente, ningún animal había salido a su encuentro. Incluso ella sabía lo peligrosos que eran los lobos hambrientos, aunque llevase la horca de tres puntas con ella. A veces le parecía que era un simple palo de madera inútil.
Cuando llegó, tiritando, a la posada, las luces de las casas estaban apagadas y el silencio sepulcral atenazaba los bosques y campos que rodeaban la villa. De una de las casas de las afueras colgaba un letrero de madera, en el que, toscamente escrito en alfabeto cirílico ponía “posada”. A través de la ventana, que tenía las cortin
as cerradas, se adivinaba el titilar de una vela. Hagga se desmoronó contra la puerta, y llamó con tres fuertes golpes. Al minuto escuchó unos pasos bajar una escalera, y un gruñido malhumorado.
Cuando se dio cuenta, estaba tirada en el suelo. La puerta se había abierto, y al desaparecer su apoyo, había caído. Alzó la vista poco a poco para encontrarse con un hombre barrigón, de rostro tirante y ojillos maliciosos que exhibía un gesto de rabia.
- Por favor…- musitó hagga. Le dolía la garganta como si sus cuerdas vocales se hubieran convertido en tiras de cuero helado- cama. Cama y agua…
- ¡Entra!- espetó el posadero, alzando el candil para observar la cara de la recién llegada- ¡Rápido!
Hagga se levantó haciendo un acopio de sus últimas fuerzas y siguió al posadero penosamente apoyada en la horca. El hombre la llevó a una gran sala atiborrada de mesas y sillas toscas de madera. La chimenea iluminaba la estancia y le daba calor, calor que ella agradeció como un regalo del cielo. Se derrumbó en la silla más cercana al fuego, sin fuerzas para más. Cuando alzó la cabeza, el posadero había vuelto con un vaso de agua caliente especiada.
- Bebe- le ordenó. Hagga miró el contenido del vaso, oscuro y con grumos, pero aún así tragó y tragó. Sabía a miel y especias, a agua muy caliente, dulce y a la vez agrio. Le quemó la garganta al pasar-. Paga.
Hagga rebuscó en su bolsillo. Dos monedas de cobre. Se las tendió al posadero, que la miró con los ojos entrecerrados.
- Es todo lo que tengo- susurró con voz rajada. Clavó sus ojos de cierva en él, y vio cómo la expresión dura del hombre se ablandaba un poco-. Trabajaré para conseguir más. Puedo ponerme a fregar…
- No, niña- la cortó-. Vete a dormir. Segunda habitación a la izquierda, al subir la escalera. Mañana hablaremos del precio.
Y le tendió una llave enmohecida. Hagga no podía siquiera sonreír. Y menos coger la llave. Se derrumbó definitivamente de la silla y cayó al suelo, donde quedó inconsciente.
Cuando despertó un poco de luz le daba en la cara. Abrió los ojos añiles un poco. Junto a ella, sobre la mesita de madera, había una vela palpitante. Al otro lado de la ventana era noche cerrada. Se incorporó poco a poco, y sintió cómo le dolía todo el cuerpo. De su frente cayó un trapo húmedo. Apartó las sábanas y poco a poco puso los pies en el suelo de madera. El pelo, sucio y desgreñado, había perdido su tono blanquecino para hacerse grisáceo. Su cara estaba pálida, más pálida de lo normal. Se notaba tan débil que no sabía si sus piernas la sostendrían.
Avanzó poco a poco por la sala estrecha, apoyándose en las paredes. Tras ello, abrió la puerta y sintió una ráfaga de aire cálido impactar en su rostro húmedo. Aunque sentía el frío fuera, allí hacía calor, un calor asfixiante pero reconfortante que venía de las chimeneas y las antorchas.
Al final del pasillo había una puerta. La abrió y se quedó mirando los escalones a la vez que se deslizaba sobre ellos, solamente poniendo atención en la roca que…
- ¡Auch!- le gruñó un hombre- Ten más cuidado, ¿quieres?
- L-lo siento. Perdone- musitó ella, mirándole la cara, angulosa y de mandíbula cuadrada, rajada por un par de cicatrices. Le daban un aspecto terriblemente fiero, acentuado además por dos ojos esmeralda. El cabello, oscuro y lacio, le caía a mechones desde su cabeza de bruto, hasta los anchos y musculosos hombros que coronaban un pecho de toro, también cubierto por cicatrices, y que su camisa maltratada por la intemperie no podía cubrir sin estar tirante. De su cinturón pendía una gran hacha. Hagga alzó sus ojos asustados hasta los del desconocido, y se echó un poco atrás, asustada. El hombretón frunció el ceño y, con un manotazo que pretendía ser delicado, la apartó un poco y siguió su camino a la vez que soltaba un gruñido bajo-. ¡Disculpe!- volvió a decir, pero él no dio muestras de haberla siquiera oído.
Siguió bajando, y llegó a la sala principal. Pudo ver unas cuantas mesas circulares, algunas de ellas estaban ocupadas por pequeños grupos que jugaban a las cartas o charlaban, otras estaban invadidas por borrachos, las demás, vacías. Junto a la chimenea, un hombre tocaba el laúd, quedando su melodía enterrada por las risas y los gritos. Pero aún así, el juglar alto y delgaducho continuaba con los ojos cerrados, moviendo los dedos por las cuerdas, haciéndolas reír y llorar.
- ¿Ya has despertado?- preguntó una voz familiar a su lado. Se giró y se encontró con el posadero tripón.
- S-sí.
- ¿Cómo te encuentras, jovencita?
- Creo que me estoy recuperando…
- ¿Cómo piensas pagar tu estancia? Has dormido dos días enteros. Me temo que con eso que llevas no tienes ni para empezar.
- Pero… es lo único que…
El hombre sacudió la cabeza, y Hagga pudo entender que en el fondo no quería echarla. Estaba enferma, y si la dejaba sin un techo y una cama, moriría.
- Lo siento.
- No, espera. Puedes ayudar en la cocina un tiempo, o servir las bebidas si quieres. Eso nos compensaría por la ingrata de Katrina- estuvo a punto de escupir al pronunciar su nombre, pero recordó que estaba en su establecimiento y lo pensó mejor-.
- De acuerdo, puedo empezar ahora mismo.
- No- la paró poniéndole una mano en el hombro-. Tiemblas tanto que derramarías la cerveza y se armaría una pelea. Será mejor que hoy descanses, que te sientes y disfrutes de la chimenea con una manta por los hombros. Te sacaré algo de caldo caliente. A demás, fuera hay una ventisca y nieva como si todos los diablos del infierno escupieran flemas sobre nosotros. Será mejor que no te muevas de aquí.
Hagga le dio las gracias y se sentó en una mesa vacía cercana al fuego. El posadero le acercó una manta y una taza llena de caldo humeante. Cuando se marchó de nuevo Hagga se concentró en las llamas danzarinas, y a sus oídos llegaron los sonidos de las cuerdas. El trovador movía la cabeza lentamente mientras tocaba. A la joven le parecía que el fuego se movía al ritmo del laúd. Fue entonces cuando se fijó en la letra que cantaba en voz muy baja el músico errante.
Abrirán las puertas del cielo,
Caerá su canto sobre nuestras cabezas,
Y nuestros pies arderán en el infierno
Mientras mueren los señores en lo alto.
¿Te salvarás tú del hielo y el fuego?
Hagga desvió la mirada de la chimenea y la clavó en él. Tendría dos o tres años más que ella, o al menos eso parecía a simple vista. Su cabello castaño oscuro, recogido en una coleta baja, caía hasta mitad de su espalda. Alcanzó a verle unos ojos grises como la tormenta, y en su barbilla (que sobresalía, fina, de su rostro delgado) crecía pelusa de tres días, aunque no demasiada. Tenía los pómulos altos, que le daban un aspecto casi aristocrático a su rostro. Las vestiduras excéntricas no eran fáciles de pasar por alto: un sombrero del que caía una larga pluma de halcón, capa de color tierra con bordados (algo viejos, Hagga lo veía) de flores en color azul claro. El cuello de la camisa negra, hacia arriba, le cubría el cuello y acababa en las mejillas, y se ensanchaba desde los hombros y se mecía en dos largos trozos de tela. En su cintura brillaban dos cinturones cruzados. Los pantalones, abombados y de rayas de los mismos colores que su capa, acababan dentro de unas botas de caña negra que contaban con espuelas. Parecía que no iba armado, pero recordó que, con los errantes, no había que fiarse de las apariencias.
El posadero pasaba por allí, y Hagga lo llamó con timidez.
- Disculpe, señor- titubeó en un susurro-. ¿Podría decirme quién es el trovador?
- Ah- suspiró, aliviado-, te refieres a Sir Pico de oro.
- ¿Es un noble?- preguntó, sorprendida. El hombre se rió por lo bajo.
- No, pequeña. Es solo un cantante errante. Pero lo llamamos Sir por la forma que tiene de hablar. A veces es difícil entender lo que dice. No parece muy dado a rebajarse- sacudió la cabeza, como desaprobando su comportamiento-.
- Ahm…
- Todo lo demás, es un misterio. Cierto que canta bien, y quizá por eso lo toleran aquí toda esta panda de patanes- miró en concreto a un grupo de hombres que se emborrachaban en una de las mesas-.A demás, hay algunos aquí que le tienen… ¿Cómo decirlo? Respeto.
- ¡Pero si a penas lo toleran!- no pudo evitar exclamar, contrariada.
- Sí, es cierto que Sir Pico de Oro siempre está en un segundo plano. Pero, por alguna razón que yo no sé, todos estos evitan meterse con él- Se incorporó, y se dispuso a continuar con su trabajo, con un suspiro-. ¿Quién sabe?
Se alejó entre las mesas, dejó las jarras y los picheles y volvió a meterse en la cocina. Hagga apartó la vista del juglar y la hundió en la gran taza de caldo. Bebió otro sorbo, absorta en sus pensamientos. ¿Quién iba a decirle que, en ese mismo día y momento, iba a estar en medio de desconocidos? Algunos de ellos eran fornidos y llevaban armas a la espalda o en la cintura. Otros iban con extrañas vestiduras de todos los colores y clases. Capas, capuchas, brazaletes, guantes, cotas de malla… Hagga los miró con interés, aunque siempre con disimulo, no fuera a causar algún problema. Muchos de ellos parecían temibles, y los demás… Hagga sabía que no debía fiarse de lo que percibiera a simple vista. A lo mejor uno (o más) de aquellos que parecían inofensivos era un hechicero poderoso, de los que habían resurgido cuando el mundo se partió. Y ése era uno de los tantos temas de los que nunca había alcanzado a comprender y que, para la mayoría de personas, era un enigma. ¿De verdad sus poderes habían comenzado con el Desmembramiento? ¿O estaban ocultos y solo los dejaron fluir cuando apareció
Estaba pensando eso cuando se dio cuenta de que no oía la música. Y cuando alzó la vista, el trovador estaba sentado en su misma mesa, frente a ella.
- Buenas noches- saludó el hombre, quitándose el sombrero y haciendo un aspaviento con él-.
- Buenas noches.
- Esperaba que pudiera sentarme con vos. Sois una cara nueva a la par que hermosa. Decidme, ¿qué os trae por la villa de Rybinsk? O lo que queda de ella, por qué ocultarlo- carraspeó con desinterés-. No hay que ser muy agudo para ver que aquella ciudad murió hace tiempo atrás… y que la mayoría de los supervivientes se han refugiado aquí.
- Vivía a unos días de camino de aquí. He venido buscando a alguien.
- Pues, si es forastero y no está aquí… de seguro no lo encontraréis en Nueva Rybinsk.
- ¿Cómo lo sabes?
- Como comprenderás, en un pueblo pequeño se conocen todos, y más si está ubicado en un lugar tan frío como éste. Es de lógica que, si un forastero (y por lo tanto desconocido) llega al lugar, venga como tú a la posada. Y que esté de paso. Lo más seguro hacia el suroeste. Probablemente Varsovia o Ámsterdam. Eso si siguen allí. Pero en un lugar tan frío como este, y siendo invierno… se avanza poco a poco, y más aún si vas en soledad- la miró con sus ojos grises-. Muchacha, ¿vais vos en soledad?
- Yo…
- No, no digáis nada. Está claro que nadie os acompaña. Os veo perdida, y miráis a los demás con curiosidad. ¿Me equivoco?
Hagga sopesó su pregunta con desconfianza. ¿A dónde pretendía llegar aquél charlatán? ¿Qué respuesta iba buscando? Y, lo más importante: ¿Qué haría cuando la obtuviera?
- Busco a alguien, eso es todo. Sí, voy sola. Pero sé cuidar de mí misma- susurró, todo seguido. El bardo sonrió de medio lado.
- Y, por lo que veo, no tenéis dinero. ¿Quién si no bebería un poco de caldo caliente en una taberna? Solo un pobre, enfermo y enfriado. El perfil de un vagabundo. Tus ropas también son de vagabundo- observó-.
- Lo sé- reconoció, y torció el gesto mientras se tapaba un poco con la manta. Había olvidado lo sucia y penosa que iba, y parecía que Sir Pico de oro iba a recordarle que solo era una estúpida aldeana perdida.
- ¿Cuál es tu nombre, dama errante?- preguntó él.
- Puedes llamarme Hagga- dijo ella, en un esfuerzo por ser amable, y le tendió la mano. Mano que Sir Pico de oro no aceptó, sino que se echó un poco hacia atrás con una fina y momentánea mueca de desagrado.
- Vos ya sabéis cómo llamarme- suspiró, y arqueó las cejas, como si eso no fuese con él-. Ya os habrán dicho, sin duda, el estúpido mote que me han puesto aquí. Tened por seguro que no pretendía permanecer aquí más tiempo del preciso, pero esta proterva tormenta de nieve me ha retrasado.
- ¿Hacia dónde vas?- preguntó ella, interesada.
- Como todos los demás, mi camino sigue hacia el sur. Me oriento hacia Varsovia, en primer lugar, y después hacia Viena. No sé si siguen allí, pero me han dicho que hay muchos problemas políticos. ¿Veis a todos estos hombres?- Haga asintió con la cabeza- La mitad de los que aquí se encuentran en el grupo de mercenarios al que me uniré para seguir mi camino. La mayoría de los gobiernos necesita brazos fuertes que los defiendan y aseguren su poder. La otra mitad- bajó la voz y la cabeza, y habló en un susurro- son errantes o fugados: hechiceros y asesinos. Deberíais tener cuidado con esta gente.
- Me estás asustando- musitó ella, mirando a los demás con temor.
- Oh, pero ellos no suelen ser mala gente. A los hechiceros, me refiero. Cierto es que hay de todo. Incluso locos que creen tener un plan para dominar el mundo. Otros simplemente sobreviven, atormentados por sus propios poderes. El caso es que, donde hay mercenarios, debe haber lugares donde alojarse. Posadas, burdeles… y esos lugares precisan gente como yo. Artistas que alegren sus largas noches. Claro que a unos políticos les interesa eso más que a otros… Pero no es algo de lo que hablar aquí, ¿no creéis?
- Tienes razón- aceptó ella.
- Bien, pues. Me retiro a mis aposentos, quién sabe si mañana habrá arreciado esta tormenta, o si ya se habrá disipado- se levantó ágilmente, y volviendo a ponerse su sombrero emplumado le lanzó una sonrisa aburrida-. Que tenga dulces sueños, señorita.
- Lo mismo digo- dijo ella.
Sir Pico de Oro se alejó y se perdió en la escalera. Hagga se fijó en que habían llamado la atención de algunos de los otros clientes, que se limitaron a mirarla con interés unos momentos y después volver a reír con los demás y beber cerveza.
Al día siguiente la tormenta no solo no había amainado, sino que el viento helado golpeaba las ventanas con más furia y el paisaje, las calles y los tejados se habían vuelto invisibles bajo la espesa manta blanca de nieve. Hagga descubrió, aliviada, que el sueño había sido reparador para ella. Se despertó y, sin esperar a que el posadero le mandara qué hacer, empezó a colocar las mesas y las sillas. Para cuando el hombre bajó, la sala central se encontraba preparada, el fuego encendido, el suelo barrido, los vasos y platos brillantes, los cuencos de madera limpios. Y a Hagga fregando, con la ropa torpemente remendada y los brazos y cara limpios. Se había recogido el cabello bajo un pañuelo (que al fijarse reconoció como un jirón de su falda). En un barreño flotaban las otras prendas que no estaba usando en ese momento, empapadas en agua y jabón.
- Buenos días- saludó ella con una sonrisa-. Gracias por haber permitido que me quede aquí…
- Vaya- dijo el hombre, sorprendido-, parece que te lo estás tomando en serio.
- Si hay algo que he aprendido es que hay que dar algo por lo que te ofrecen, aunque no tengas oro para pagar. Disculpe las molestias de estos últimos días. Comprendo que deba trabajar duro para pagar lo que he usado.
- Bueno, entonces no hay problema… pero ¿te encuentras bien?
- Sí, aunque a veces aún estoy un poco débil y estornudo, pero el resto está bien. A demás, no me permitiría seguir abusando de la hospitalidad que me dais.
El posadero sacudió la cabeza, extrañado. Se rascó el cráneo, y se encogió de hombros. Se dio la vuelta, y Hagga lo escuchó mascullar algo mientras se marchaba.
- ¿Quién iba a decir que un mercenario sería tan amable? Quizá los juzgue demasiado rápido…
Ahora le tocó a ella el turno de quedarse pasmada. ¿Aquél hombre la había tomado por una mercenaria? No podía ser… ¿una chiquilla que a penas tenía un par de monedas y vestía con harapos? Pensó un momento, y se le ocurrió que todos aquellos hombretones fieros que pronto acudirían a pedir su desayuno deberían haber empezado de forma similar. Una duda asaltó a Hagga: ¿podría ella convertirse en uno de ellos? Negó con la cabeza y siguió concentrada en los vasos y jarras.

No hay comentarios:
Publicar un comentario