Cuando acabó de hacer los ejercicios que le había mandado su profesor salió al jardín. El sol brillaba con fuerza para ser el comienzo del invierno. Se sentó en uno de los bancos verdes que había bajo los entramados de rosas y abrió un libro. Empezó a leer.
O al menos lo intentó, porque no podía concentrarse.
Hacía casi dos semanas desde que Astaroth se había colado en su habitación tras la discusión con su padre. No sabía nada de él, y tampoco quería hacerlo. Mientras más lejos estuviera de ella ése loco psicópata mejor.
“Todo está más seguro si vuelve a la normalidad”, pensaba. Pero entonces, ¿por qué no podía dejar de darle vueltas al asunto?
Su padre había renunciado a volver a la ciudad y se había quedado en la casa. Por su parte Diana procuraba no cruzarse con él, aunque no podía escapar de su red: Durante los últimos días pasaban sin descanso muchachos por su casa para presentarse. Diana estaba hecha una furia. ¿Por qué tenía que estar siempre a expensas de lo que otros desearan para ella? Ya ni siquiera tenía tiempo para estar sola pensando en sus cosas (que era como más le gustaba estar), y menos aún para salir a navegar. A demás, su nuevo bote había sufrido un misterioso accidente que lo había dejado reducido a cenizas.
Cerró los ojos y se concentró en sentir el sol sobre su piel.
La noche anterior había vuelto a discutir con su hermana. “¿Por qué no puedes ser normal?” , le había chillado justo antes de que Diana le cerrase la puerta en las narices. La palabra “Normal” se le clavaba en el estómago como una daga envenenada, y luego se retorcía en sus entrañas. No se libraba de ella aunque llorase, aunque patalease o golpease algo. Había roto los jarrones de su cuarto. Había esparcido con sus ataques de ira las plumas de todos sus hermosos cojines. Los jirones en los que habían quedado sus vestidos aún estaban en el suelo.
Las palabras presentaban jeroglíficos ante sus ojos. No podía entenderlas en ése momento. Leía una frase tras otra pero no se enteraba de lo que decían. Se obligó de nuevo a volver al principio, y una vez allí comenzó otra vez. Al llegar al tercer punto se dio cuenta de que tampoco sabía lo que había leído. Alzó el rostro al cielo y volvió a cerrar los ojos. Necesitaba calmarse, necesitaba pensar. Una única lágrima resbaló por su mejilla, pero se apresuró a enjugarla con la manga del vestido. No podía permitirse ninguna muestra de debilidad o volvería a quedar encerrada en aquella jaula de la que siempre había intentado salir. En ése momento le daba la impresión de que estaba más presa que nunca.
Se había enfrentado a su madre, a su hermana, a su padre y a
- Ejem- un carraspeo la sacó de su ensimismamiento. Se giró, sorprendida-. Volvemos a encontrarnos.
- Vaya. Hola. Así que sólo eres tú- suspiró al ver al muchacho rubio de ojos canela que se había presentado ante ella casi dos veces al día. Le había hablado de las maravillosas fiestas en la ciudad, y la había invitado a varias de ellas. Le había dicho con orgullo que sabía bailar el vals como un profesional, y que le gustaba el tiro con arco. Diana había denegado gentilmente todas las invitaciones y había halagado falsamente su destreza en el baile y en la caza. Cuando se hubo ido, rompió las invitaciones y las lanzó al viento desde la terraza de su habitación-.
- ¿Sólo? ¿Esperas a alguien más, Diana? ¿Ha sido inoportuna mi visita?
- No, no. Puedes quedarte- en efecto había esperado que, como siempre, Astaroth se hubiera presentado ante ella sacándola de aquella asfixiante rutina. Pero de nuevo sus deseos habían quedado sin respuesta-.
- Me complacería acompañarte a la fiesta de esta noche. Ya sabes, la fiesta de la que te hablé.
- Lo siento, Warren, pero me temo que me es imposible…
- He hablado con tu padre, Diana- insistió, y su tono se hizo más severo aunque no perdió la sonrisa-. Dice que no tienes ningún compromiso hoy.
- Mi padre no debe estar demasiado enterado- repuso ella, con el corazón latiéndole más rápido. O empezaba a inventar una buena excusa o estaba atrapada.
- Oh, me ha dicho que se haría cargo de cancelar cada una de las cosas que te impidieran venir. Deberíamos estarle agradecidos, se preocupa tanto de que seas feliz.
- Sí, ya puedes ir a agradecérselo- susurró para sí misma. Warren no la oyó, tan concentrado estaba en mirarle el escote. Diana le lanzó una mirada airada y se llevó las manos al pecho fingiendo estar retocándose el collar. Carraspeó, y el chico pareció sobresaltarse.
- Este… el carruaje pasará al caer el sol. Sobre las ocho y media- dijo, mostrándole la hora con una sonrisa falsa. Diana fingió interés. Parecía muy orgulloso de haber conservado su reloj de oro en el Desmembramiento. Siempre llevaba la manga desabrochada para que todos admiraran la pieza-. Yo mismo daré las instrucciones al cochero y vendré a recogerte.
- Lo siento, Warren. Hoy estoy algo dolorida- se levantó, harta de tanta palabrería y muy, muy enfadada-. Si me disculpas…
- De seguro se te habrá pasado para las ocho. A demás, aunque estás algo pálida sigues siendo tan hermosa como siempre.
- Oh, gracias- “maldito imbécil” -, pero he dicho que no me encuentro bien- insistió, con el mismo tono con el que ordenaría a un criado que le preparase el baño.
- Y yo he dicho que estarás lista para las ocho- su tono se había vuelto peligroso, airado. Diana no podía creerlo. Le estaba dando órdenes-. Tu padre te meterá una paliza si te niegas. Yo mismo me encargaré de comprarle la vara.
Diana no daba crédito. ¿Qué? ¿Qué estaba diciendo? Warren le cogió del hombro y lo apretó. Lo apretó hasta que Diana se retorció intentando huir de aquella mano de hierro. Se debatió sin una sola queja, clavándole las uñas en el antebrazo tan profundo como pudo. El rostro de Warren era una máscara de ira.
- Vas a venir al baile. Y vas a bailar conmigo. Y no vas a inventar ninguna estúpida enfermedad. ¿Se puede saber qué mentira pensabas contarme ahora?- la soltó como si fuera un gusano fétido que estuviera ensuciándole el traje- ¿Con qué enfermedad pensabas engañarme esta vez, eh?
- Iba a decirte- la rabia se había apoderado de ella- que estoy enferma de ésta mierda de casa, de ésta mierda de vida y de ésta mierda de conversación. Que sangro por culpa de esta enfermedad todos los meses y que hace que sólo se fijen en mi cuerpo y en mi útero. Iba a decirte que estoy enferma de impotencia por ser lo que soy, ¡y que por eso no voy a ir a tu mierda de fiesta donde no hay lugar para mí!
- ¡DIANA!- el grito de su padre hizo que el tiempo se detuviera, como si le hubieran clavado un puñal justo en el corazón
Su padre se acercaba con un gesto tan duro que a Diana se le heló el alma. Tuvo deseos de encogerse sobre sí misma o echar a correr, pero, ¿de qué serviría? Los pasos de Lord Tidior resonaban contra la piedra del patio, e incluso parecía que la hierba moría aplastada cada vez que el pie del hombre tocaba el suelo. Diana se irguió (o hizo un intento).
- ¿Qué está pasando aquí?- preguntó el hombre con su habitual tono severo.
- Diana se niega a asistir esta noche, señor- Warren hizo un amago de reverencia-.Insiste en sus obligaciones. Es demasiado… responsable.
Los ojos fríos de su padre se clavaron en los suyos durante un instante, tras el cual ella apartó la vista, azorada.
- A tu habitación. Te espera un baño caliente y una sirvienta para cepillarte el pelo. Lo llevas enmarañado.
- Sí- no tuvo valor para contestar otra cosa.
- Y después, te pondrás el vestido que he ordenado dejar sobre tu cama y esperarás impaciente hasta que Sir Warren venga a recogerte. ¿Está claro?
“¿Está claro?”. No era una pregunta. No era un “¿Te parece?” ni un “¿Alguna pega?”, sino una obligación tan firme que el pecho de Diana se le comprimió. Diana acababa de aceptar la propuesta de matrimonio. No tenía fuerzas para negarse. No tenía valor para oponerse, para luchar por lo que quería. Estaba cansada, cansada de batir las alas en vano. Se le paró la respiración mientras algo por dentro se le derrumbaba. El aire no entraba. Ya empezaba otra vez.
- Dispensadme.
La muchacha echó a correr por el patio ajardinado y buscó refugio entre las columnas de piedra blanca del fondo. Sus tacones causaron ecos en el mármol mientras dejaba atrás a los dos varones, que parecían conversar con la mayor naturalidad. Cuando estuvo suficientemente lejos de ellos apoyó su espalda contra una de las columnas y se dejó resbalar hasta el suelo ajedrezado. Las paredes de piedra y los tapices, todos los lujos, todo el reluciente mundo que la rodeaba y la protegía se estrechaba, la hería, la esclavizaba. Era una prisionera en su propia casa.
Warren había sido elegido por su padre. No podía hacer nada para impedirlo. Ahora, ¿qué le esperaría? Ése muchacho era un egoísta, violento y mimado. Y ella también, a su manera. Nada acabaría bien. Nada. Lo sabía.
Captó el sonido de unos pasos sigilosos, acechantes.
“Astaroth”
- Hermana…- Rebecca se acercó a ella, titubeante. Al ver sus lágrimas en las mejillas y el esfuerzo de Diana por volver a levantarse aunque le faltara el aire y temblara de rabia y decepción no supo si seguir avanzando o marcharse. Pero tomando una rápida decisión la abrazó y le secó el rostro con un pañuelo que sacó de su manga-.
- Rebb- ¿Por qué ella? ¿Por qué?-.
- Me he enterado de que ya has escogido un marido.
Diana volvió a derrumbarse, y esta vez su sollozo fue audible.
- ¿Pero por qué lloras? Sir Warren es guapo, y es un buen partido. Es inteligente. Y caza. ¿Por qué no estás feliz?
- Yo…
- Todas las damas de la corte estarían felices- la arrulló su hermana, abrazándola-. Van a tener tanta envidia de ti…
- Todas las damas de la corte…- “son estúpidas”- desearían un hombre como él.
- Claro que sí, Diana, querida. Él cuidará de ti y tú le darás muchos hijos. ¡Estoy tan orgullosa de ti! Siempre pensé que acabarías con un… un bohemio de ésos con los que tanto andas.
Volvieron las lágrimas y el dolor en los pulmones. No podía dejar de llorar.
- Escúchame, hermana- dijo Rebecca, en tono más serio-. No puedes hundirte ahora. Tú has nacido para ser reina, madre lo decía desde que éramos niñas. Quien nace noble tiene unos deberes. Y el nuestro es aguantar derechas para dar ejemplo. Hemos de ser fuertes, agradecer lo que tenemos. Dejemos ésas estúpidas guerras de tus libros a los plebeyos. Que mueran ellos. Nosotros los nobles los enviaremos a la muerte y sobreviviremos. ¡Pero hay que sufrir a cambio!
- Pero yo no deseo casarme. Y menos con Sir Warren.
- Esta es una oportunidad para fortalecer a la familia, Diana- la pequeña la amenazó con la mirada-. Decepcionarás a Padre si ahora no te comportas.
Diana la miró como un perro apaleado.
- Calla y compórtate. Bastantes problemas has traído ya.
Le propinó un empujón tan fuerte que Rebecca cayó hacia atrás. Diana echó a correr de nuevo escaleras arriba haciendo caso omiso de los gritos de su hermana, y se encerró en su habitación. Abrió la ventana. La brisa marina le revolvió el cabello rojo, era un día soleado. Las nubes blancas reptaban sobre el hermoso cielo azul. Abajo, el camino de piedras y los árboles la llamaban.
Sólo tenía que abrir las alas. Abrir las alas y volar por un momento. Sentir el viento en la piel, y después todo habría acabado. No era una muerte tan horrible. Era casi placentera, como caminar por el césped con los pies descalzos. Cerró los ojos mientras acariciaba la barandilla de piedra tallada, escuchó por un momento el suave sonido de la seda de las cortinas pendidas de las anillas metálicas.
Y el mar.
El mar profundo y arrollador, debatiéndose contra la costa como si quisiera tragarse toda la tierra. Las gaviotas a lo lejos, las olas rompiendo en la playa de roca.
Bajó la vista y se miró el hombro. Las marcas de la presa de Warren seguían allí, rojizas sobre su piel blanca. Empezaban a amoratarse. Pasó débilmente los dedos por aquella superficie magullada. ¿Por qué no aparecía? ¿Por qué? Astaroth había empezado a hacerle cambiar su opinión del mundo. Había introducido el misterio y la fuerza donde antes solo había rutina y pereza. Había reavivado las esperanzas de Diana, le había hecho pensar que podría cambiar, que podría liberarse…
Pero no. Astaroth se había esfumado, tal vez para siempre. Ella misma lo había echado con su comportamiento. A veces lamentaba haber desconfiado, y otras pensaba que había tenido toda la razón en hacerlo.
Y en caso de que fuera real todo lo que él había dicho, era un demonio. Un ángel caído, un diablo de los tiempos antiguos. ¿De verdad iba a confiar en él? ¿No sería dejar la noche para internarse en una oscuridad aún mayor? ¿Por qué tenía tanto miedo? ¿Qué era lo que la aterraba más, continuar allí encerrada el resto de su vida o enfrentarse al dolor y al mal (o pasar al lado de éste) junto a Astaroth?
“No debes jugar con fuego. Acabarás quemándote”
Diana perdió la vista en el horizonte cuando la criada entró y llenó la bañera de agua tibia. Intentó relajarse y pensar en otra cosa, pero sabía que había empezado a rodar por la pendiente. El curso de los acontecimientos, la desaparición de su madre, la intromisión de su padre, la aparición del demonio Astaroth, las palabras de Warren y la moradura en su brazo. Se sentía como un pedazo de carne clavado en una estaca y picoteado por los cuervos.
“Bastantes problemas has traído ya” había dicho su hermana. Quizá tuviera razón. Quizá todos tuvieran razón y ella no era más que una especie de… mancha en la familia. Una mancha que había que borrar para que la estirpe de los Stormstallion siguiera en pie, fuerte y orgullosa. Quizá someterse a las cadenas de Warren McHallan fuera la salida de todos sus males. Darle hijos, codearse con aquellos nobles en sus cómodos sillones y dormir cada noche junto a un hombre fuerte. Acariciar los músculos de sus brazos y su espalda hasta que él cayera rendido al sueño. Sisearle al oído canciones de gloria y tiempos mejores como si fueran himnos de batallas recién libradas, al igual que una madre cantaría una nana a su hijo. Alborotarle el pelo mientras oía su respiración profunda. Compartir su vida con un sabio guerrero que…
¡¿Pero qué estaba diciendo?!
Simplemente con mirar la cara pusilánime y roja de Warren veía que no había en él ni rastro de su ideal de hombre. Solo con pensar en ella un poco se daba cuenta de que no deseaba una vida de pájaro encerrado. Los brazos de su prometido no eran musculosos. No había una espalda curtida en una sola batalla, ni un pelo largo que revolver, ni un mentón viril, ni unos ojos ardientes como fuego. Sabía que no sería capaz de arropar a nadie como él, no sería capaz de dar cariño a alguien tan pedante y cruel como él.
Pero, ¿qué más daba? Ya había rodado la cabeza del muerto, no podía volver a ponerla sobre los hombros como si no hubiera pasado nada. El destino (o mejor dicho, la sombra de su padre) había escogido un camino por ella. Por mucho que intentara alejarse, Lord Tidior siempre podría alcanzarla con alargar su mano hacia ella. No valía la pena intentarlo siquiera. Estaba presa. Presa en una jaula, su jaula.
Le cepillaron el cabello doscientas veces con mimo y esmero. La criada le hizo un par de delicadas trenzas en las sienes que circundaban su cabeza como una corona de laurel, apartando el resto de su pelo suelto y ondulado, que caía sobre sus hombros hasta su espalda. El tarareo de ésta la devolvió a su niñez, donde ésas mismas manos, ahora de anciana, acariciaban su cabeza y pasaban las páginas de los cuentos que leía.
- Mina, ¿crees que seré feliz?
El haya le sonrió desde el espejo, dejando el cepillo de lado por un instante. Sus ojos acuosos la miraron un instante como a la niña que había sido. Ella le había leído todos aquellos cuentos de otros mundos y tiempos lejanos de honor y gloria. Ella, en cierto modo, había empezado a darle forma a
- Mi querida niña… si tú deseas ser feliz, lo serás.
Diana meditó en silencio sobre ésas palabras mientras se ponía el vestido largo. Era de color verde pálido, largo y majestuoso. Adornó su cabello con pequeños alfileres de perlas y se calzó los zapatos de baile con resignación. Se asomó de nuevo a la ventana cerrada, y se despidió de la vista.
“A partir de ahora voy a ser feliz con lo que tengo. Ya basta de intentar lo imposible”
Al bajar, Warren estaba esperándola al pie de la escalera. Iba vestido con una elegante casaca azul de pespuntes y botones dorados, y llevaba el pelo repeinado hacia atrás. Sólo de verlo le dieron ganas de dar la vuelta y encerrarse en su habitación, o de reírse a carcajadas. Pero aguantó el tipo y, regia y silenciosa, bajó hasta él. Le tendió una mano con más delicadeza de la que se hubiera visto capaz nunca, y dejó que él se la besara reprimiendo el asco. Dejó que la guiara de la cintura hasta la puerta y fingió no darse cuenta de que sus dedos habían empezado a bajar peligrosamente. Dejó que la ayudase a entrar a la carroza sin que Diana se desviase a acariciar el cuello de los sudorosos caballos que tiraban de ella. Agradeció que Warren le mostrara la hora (las ocho y media justas) dos o tres veces, y entabló con él una conversación banal propia de cualquier muchacha de la corte. Calló cuando se acercaron al tema de política pues intuyó que a Warren no le interesaba su opinión, y se deshizo en cortesías y en falso entusiasmo cuando él le habló del gamo que había abatido la semana anterior.
La luz del sol se iba apagando conforme los caballos avanzaban. Cada bache, cada piedra del camino, se clavaba en el cuerpo y el alma de Diana. Sobre el murmullo sordo que era la voz de Warren su mente bullía en protestas y gritos mudos. De repente el último haz de luz se esfumó tras las montañas en el horizonte, y todo quedó en oscuridad. Fue en ése momento cuando el rostro de Warren se transformó por un instante en el de una vieja de ojos negros que se reía de ella. Al sobresaltarse desapareció, como una ilusión óptica. Sí, el último rayo de sol le había jugado una mala pasada. Parpadeó.
Warren seguía hablando como si fuera la persona más importante del mundo.
- ¿Ocurre algo, querida?- preguntó al ver su expresión extrañada.
- No, no es nada.
- Claro que no. Ya estamos llegando.

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