miércoles, 23 de julio de 2008

2.2_ Breyne

“Lo importante es no parecer sospechosa. Esas tormentas no tenían nada que ver conmigo ni con nadie. Yo no soy uno de ellos, no tienen nada que ver conmigo tampoco. Yo no soy una hechicera, y mucho menos una criminal. Nadie va a hacerme daño, porque soy normal, porque no tengo nada que ver con nada. Solo son casualidades”

Observó cómo Abenuz movía las orejas a cada paso que daba, y se apoyó en el pecho de Denwas como quien se guarda las espaldas contra una pared. Nadie hablaba. Los únicos sonidos eran los cascos de los caballos sobre las piedras y algún que otro gemido de los encadenados, o algún tropezón de sus pies sangrientos llenos de ampollas. Se giró. Ferro los seguía a lo lejos, cada vez que el camino trazaba una curva quedaba oculto. Más allá de la espalda de su amigo y de la grupa de su caballo negro, los cautivos llevaban su marcha penosa. Las cadenas estaban bien sujetas a una de las alforjas de la potente bestia castaña, protegidas por el jinete bigotudo.

Uno de los presos levantó la mirada hacia ella, la mujer. En torno a uno de sus ojos azules se veían manchas púrpuras de hematomas, su cuerpo estaba huesudo, y las mejillas chupadas. Tenía el cabello de un color oscuro, casi tan violeta como sus moraduras.

De repente se sintió traspasada por su mirada, como si alguien estuviera moviéndose por su cerebro. Sus ojos, azules, azules, azules, dos pozos de agua, infinitos, hondos, oscuros. El aire salió de sus pulmones… la boca de la mujer pasó a ser un grito mudo.

Tristeza. Desesperación. Miedo.

- ¡Breyne!- la voz de su amigo interrumpió el extraño contacto, el corazón le latía a mil por hora- Mira hacia delante, Breyne. Vas a caerte.

Denwas la rodeó con sus brazos fuertes y morenos, y ella volvió a apoyarse en él.

- Gracias, Denwas- susurró-.

- Estás rara- dijo lentamente bajando la voz. Notó cómo sopesaba los pros y los contras de seguir hablando de eso, y cómo medía la distancia con el primero de los caballos, donde montaba la extraña mujer de los ojos mágicos, como le había dicho-. ¿Qué ocurre?

- Es esa mujer. Es como si estuviera intentando leerme la mente, o como si me estuviera pidiendo ayuda en las dos horas que llevamos en marcha.

- Esa mujer va a hacerse a la idea de que tú correrás la misma suerte que ella si intentas algo.

- ¿Y qué quieres que haga?- suspiró y se giró un poco para mirarle a la cara. Le sacaba una cabeza y al intentarlo el sol la cegó- Van a matarlos por algo que…

- Por algo que no te importa- Breyne volvió a mirar hacia el camino con enfado-. Separémonos de ellos, sigamos otro camino. No sé dónde corremos más peligro, si solos por el bosque o con esta gente.

- Sabes perfectamente que no tendríamos la mínima oportunidad si fuéramos tú y yo por ahí. No tenemos con qué defendernos, estamos a merced de los bandidos.

- ¿Y qué van a querer?

- No será el oro que llevamos- bufó con ironía-. No, en un grupo tenemos más posibilidades. Aunque sea un grupo como este.

- Breyne…- en su voz había preocupación.

La chica tragó saliva y le pegó un cabezazo, que sirvió para que no le llevase más la contraria durante un rato. ¿Qué debía hacer? No le gustaba estar allí, pero el hombre del bigote era fuerte, y el del pelo rubio pringoso tenía una espada. Entre todos eran diez, sin contar con el perro lobo. “Demasiado redondo”. Pero eso haría que cualquier bandido se lo pensase dos veces antes de atacarlos.

Siguieron por el mismo camino, aunque cuando empezaron las bifurcaciones siempre elegían el que condujera más al noroeste. Pronto el azul del cielo pasó a anaranjado, y después se convirtió en oro. Cuando la primera estrella apareció en lo alto bajaron de sus monturas y salieron de la senda.

Dos de los jinetes estaban consultando un mapa. Cuando Breyne volvió de hacer sus necesidades en el bosque escuchó un retazo de conversación.

- Diles que se pongan en marcha. A poca distancia hay unas ruinas, podemos refugiarnos allí para pasar la noche. Con un poco de suerte podremos hacer una hoguera.

Breyne se giró, y vio a Ferro a varios metros de ella con un conejo muerto en la boca. “Genial. Conejo asado” solo de pensarlo se le hacía la boca agua. Se acercó y acarició la cabeza al perro, mirando cómo Denwas se acercaba con Abenuz de las riendas de cuerda. Cuando estuvo junto a ella se dio cuenta de que tenía las manos llenas de heridas, ensangrentadas y con ampollas.

- Las riendas…- explicó encogiéndose de hombros.

- Mañana conduciré yo- sonrió ella mientras examinaba los dedos doloridos de su amigo-. ¿Nos turnaremos, verdad?

Denwas no estaba muy convencido, pero aún así se dejó convencer. “Es un trozo de pan, casi siempre acaba haciendo lo que yo quiero”. Eso le daba la extraña sensación de calma que otorga el poder. Se sentía bien con él.

Caminaron un breve trecho por una senda pedregosa que era más bien un camino para el ganado. Veinte minutos después llegaron a las sucias ruinas de una casa de campo. Algunas de las paredes habían conseguido soportar el resquebrajamiento de la tierra, y parte del techo (realmente muy poco) seguía más o menos en su sitio. Ataron a su caballo junto a los de sus compañeros, y el perro se acostó a su lado por orden de Breyne, aunque no apartó sus ojos dorados de ella cuando se alejó. La luna estaba alta cuando consiguieron encender la hoguera. A lo lejos brillaban los ojos de los prisioneros, a los que habían atado fuera del derruido refugio.

- Estos edificios de la Última Era- se quejaba el hombre fornido del bigote mientras se calentaba al fuego- son una asquerosidad. Los de piedra sí que están bien. No como esta… esta cosa que solo sirve para ensuciar, llenos de cristales rotos y… hierros y trozos de cosas que pinchan. ¡De piedra! ¡Así debían de estar hechos!- se giró hacia Denwas y Breyne- Una vez dormimos en una iglesia abandonada. ¿Te puedes creer que estaba igual que si no se hubiera partido nada en este mundo? Románica, creo que era. ¿Has oído, chaval?- sonrió al chico y soltó una carcajada- ¡Románica! Esa puta iglesia lleva ahí más de tres mil años y sigue en pie. ¿Quién iba a decirlo? No como esta mierda de casas de hace diez años. Los antiguos sí que sabían cómo hacer las cosas, sí.

- Si sigue en pie es porque los muros son muy gordos y las piedras son muy grandes- murmuró Breyne-. Si fueran ladrillos los antiguos podrían haberse metido la iglesia por el culo a trozos.

- No hables así- la riñó Denwas con temor-. No debes molestar a los muertos.

- Esos llevan tanto tiempo muertos que sus espíritus no tendrán ni orejas.

- El chico tiene razón- gruñó el rubio-. Deja en paz a los muertos, no sabes cuándo los acompañarás. Y no querrás que cuando te reúnas con ellos estén enojados, ¿no?

- Los muertos no van a volver- se quejó, terca.

- Pero tú sí que te vas a ir, antes o después. Que el Enterrador se apiade de tu alma, niña.

Breyne apretó los dientes y se retiró hasta el muro, seguida por Denwas. Su padre no volvería, nunca más volvería a verlo. A su madre tampoco. Ni a sus amigos de la aldea. Todos se habían ido menos Denwas, y aunque soñase con ellos de vez en cuando, cuando abría los ojos seguían sin estar a su lado. Tantas noches había llorado por ellos, tantas tumbas había cavado, tantas flores había dejado sobre los montones de piedras… y ningún dios ni ser mitológico había demostrado estar a su lado. Solo Denwas conteniendo las lágrimas, cerrando los ojos con fuerza mientras echaba la tierra sobre los cuerpos de sus hermanos. Habían sido tres niños, y de ellos solo quedaba él. Tampoco lo habían escuchado… y ahora pretendían aquellos tipos que siguieran con la esperanza de volver a verlos. ¿A caso creían que era tan ingenua? ¿Que iba a volver a pensar que, al despertarse de su sueño, los tendría al lado? Le daba igual si decían que volverían en forma de almas o de cualquier cosa. No habían vuelto. Y no iban a hacerlo. No era tan tonta como su amigo, que pensaba que lo escuchaban y que velaban por él. Ella sabía que estaban solos en aquél mundo, que todo acababa cuando expulsabas de tu cuerpo el último aliento.

- Breyne- la voz de Denwas la sobresaltó-, deberías llamar menos la atención.

- Solo estoy diciendo la verdad- gruñó, rodeando las rodillas con los brazos. Sus ojos dorados se clavaron en los de él.

- Está bien que digas lo que creas. Pero estás llamando la atención. ¿Qué pasará si los enfadas?

- Me da igual- dijo, obstinada-. No me pueden hacer daño por decir lo que pienso.

- Breyne- la cortó- no estamos en casa. No estamos en la Última Era. Ahora hay que sobrevivir como sea.

- No voy a…

- Sé realista de una vez- espetó-. Todo lo que conocemos ha desaparecido, y tenemos que encontrar un lugar aquí y ahora. No sirve de nada ir en contra de la corriente. Apréndelo de una vez.

lunes, 14 de julio de 2008

2.1_Denwas

El chico se despertó por el sonido de los cascos de los caballos resonando en el acantilado. Se levantó de un salto. No podía creerlo, por fin iban a marcharse. Esbozó una sonrisa de oreja a oreja y salió corriendo de la cabaña de palos que había construido con su amiga. Se deslizó escalera abajo y puso los pies en el suelo.

- ¡Breyne! ¡Breyne despierta!- gritó mientras corría hacia la hoguera apagada. Abrió la tela destrozada que espantaba las moscas a la entrada de la tienda roñosa donde ella dormía las noches de frío- ¿Breyne?
La cabaña estaba vacía.

Denwas se giró extrañado, y miró a su alrededor. Se quedó quieto, incapaz de moverse. “Vamos a perderlos. ¡Vamos a perderlos otra vez por tu culpa! Maldita seas, ¿dónde estás, Breyne? ¡No me voy a ir sin ti!” pensó desesperado. Las pisadas duras volvieron a oírse, esta vez más cerca y sin retumbar. Cloc cloc cloc.
Volvió a salir corriendo, y justo cuando doblaba la esquina de las agrietadas cuadras chocó con algo negro y peludo. Cuando se dio cuenta estaba de culo en el suelo, cubriéndose la cara con los fuertes brazos, a la vez que buscaba una piedra por la arena para tirársela a su atacante.
Alzó la vista.

Abenuz estaba alzado de patas, y sobre su grupa estaba ella con cara de terror, estirando de la rudimentaria rienda (hecha de cuerda) para que la gigantona montura no lo arrollara. Denwas se levantó y no pudo evitar una sonrisita cuando vio la inusual expresión de su amiga. La ayudó a tranquilizar al caballo, que a sus manos se volvió de nuevo dócil como un corderillo.
- Todavía no lo llevas tan bien como yo- se rió el chaval a la vez que Breyne sacaba con un bufido los pies del estribo y se echaba hacia delante, aunque sin soltar las riendas.
- Los burros montan bien a caballo- espetó con un bufido.

Denwas se aupó sobre la grupa y se puso detrás de Breyne. Ella le cedió las riendas aún un poco enfurruñada, e hincó los talones en los flancos del caballo. Se puso en marcha tras remolonear un poquito, piafando. Tras ellos trotaba Ferro, un husky gris de ojos azules que había estado con Breyne desde que había nacido. A veces Denwas se preguntaba quién de los dos era el humano al comparar a la niña salvaje con el perro perfectamente amaestrado que parecía entender cualquier cosa. Silencioso como él sólo, el can la seguía a todas partes como si fuera un guardaespaldas, excepto cuando iba al bosque a cazar conejos o cualquier otra cosa.
Se dirigieron hacia la playa.

Una compañía de tres jinetes y cinco encadenados pasaba al trote por la arena y los guijarros de la costa. El primero de los caballeros se cubría la cabeza del sol con una fina capa gris con capucha y estaba de espaldas a ellos. Denwas fue recorrido un escalofrío cuando lo miró. Detuvo a Abenuz antes de que se percataran de su presencia, tras un giro del camino que los ocultaba.
- Esto no me gusta. Volvamos- susurró en el oído de Breyne. Pero ella se giró y lo fulminó con la mirada.
- Denwas, por favor- susurró. Su tono áspero cambió a amable cuando vio su expresión en el rostro-. Escucha, esta es nuestra oportunidad. Esta gente… esta gente puede llevarnos a las Nuevas Ciudades. Los caminos no son seguros para dos personas solas, y mira, ése tiene una espada. Seguro que ellos saben dónde está la Edalut, Uhigar, Puerto Tormenta y todas esas increíbles ciudades de las que nos habló Edgar el bardo. Sin ellos…
- No parecen ser los Hijos. Los Hijos de Kascha siempre visten de blanco y montan en caballos blancos. A demás, éstos no llevan el puño dorado bordado en las capas.
- Que los demonios del océano se lleven a Los Hijos- susurró Breyne otra vez-.
- Me dan mala espina. Sobre todo el primer jinete, el de la capucha.
- Seguramente será alguien muy feo- sonrió-. ¿Por qué dices todas esas cosas?

Denwas no lo sabía, pero arrugó el ceño mientras alzaba la vista y volvía a escrutar a la compañía. Uno de los jinetes estaba apabullando a una mujer encadenada, que se encogió en el suelo asustada. Los demás bajaron la cabeza y se agruparon unos contra otros. Denwas apretó los dientes.
- Escucha- Breyne volvió a la carga-, nos acercaremos y les hablaremos. A ver si es como tú crees o no. A demás, ¿qué podrían querer de nosotros? No tenemos nada de valor y tampoco llevamos mucho que comer. Lo justo para diez días y algo de carne reseca. De agua tenemos dos cantimploras grandes. Nada más.
- Podrían querer otra cosa- la miró preocupado, y Breyne comprendió-. O el caballo.
- ¿Tú crees?- Denwas asintió.
- Fíjate cómo tratan a esa mujer. Parece que esté al borde de un ataque de pánico.
- Entonces podemos hacer una cosa. Yo me escondo aquí con Abenuz porque no nos han visto. Acércate y pregúntales qué rumbo tienen, conversa un poco con ellos, insinúales que quieres unirte a ellos. Veremos cómo reaccionan. Si tenemos problemas yo…
- Si tenemos problemas tú te quedas aquí.- la cortó Denwas sin dejar que acabase.
- Ni hablar. Sabes que sé defenderme sola, y si tienes algún problema no voy a dejarte ahí.
- Tú te quedas- insistió con un tono seco.

Denwas desmontó haciendo caso omiso de los airados susurros de su amiga, y caminó hacia el camino. Al salir de la foresta los jinetes se volvieron hacia él, pero al considerarlo inofensivo volvieron a sus quehaceres. Cuando estuvo a su altura, saludó con un gesto. El primer jinete no se giró, pero movió la cabeza como un saludo. “Ni falta que hace” se dijo.
- Buenas tardes, caballeros.
- Buenas tardes- contestó un hombre robusto que tenía un bigote negro. A Denwas le recordaba a un cepillo de limpiar botas. Los tres jinetes vestían unas ropas de color negro, blanco y gris. El hombre del cepillo peludo montaba sobre un palafrén castaño y ancho que no paraba de juguetear con su larga lengua-. ¿Qué ocurre?
- Estoy de camino a las Nuevas Ciudades, pero me he perdido y los caminos no son seguros, así que no he podido continuar la marcha. Me preguntaba vuestro rumbo, señores.
- Vamos hacia Uhigar- “Esto le encantará a Breyne” pensó-. Vamos a llevar a estos brujos hasta el juez Barristan.
- ¿Brujos, mi señor?- entrecerró los ojos oscuros- ¿Esta gente es peligrosa?
- Tienen poderes demoníacos y hay que purgarlos- indicó el otro caballero, un hombre joven de cabello claro por los hombros, muy sucio-. El fuego hará su trabajo con ellos.

Denwas se giró hacia los presos, que tenían los ojos hundidos y la vista perdida en el suelo arenoso. Uno de ellos miraba al mar como si todo aquello le fuera ajeno.
- Una verdadera lástima- prosiguió el hombre bigotudo-, pero no hay otra manera de limpiar sus almas pecadoras y enviar a los demonios de vuelta al abismo.
- Vaya- a Denwas no le pareció muy afligido-. Entonces, ¿no tendrán ningún inconveniente en que los acompañemos?
Fue entonces cuando, erguido en su silla de montar, el primero de los jinetes se giró.
Tenía el rostro pálido y duro, y los ojos de color verde manzana le brillaban a la luz del sol. Una hebra de pelo le caía junto a la mejilla. La frente despejada dejaba ver unas cejas tan finas y rubias que parecía no tenerlas, dándole así al ojo más realce. Aunque era bella, la mujer tenía un tinte envenenado en la mirada.
Denwas volvió a estremecerse. Había algo en aquella mirada esmeralda que le ponía los pelos de punta.
- ¿Tienes algún pecado que esconder, joven?
Denwas titubeó. “Breyne”.
- No, señora. ¿Qué tendría que esconder un errante honesto?

La mujer entornó los ojos como si estuviese escrutando el interior de su alma. Calculó tendría diez años más que él. Bajó la vista cuando ella se giró de nuevo hacia el camino y su mirada se perdió bajo la capucha gris.
- ¿Viaja alguien con usted?
- Mi hermana pequeña, mi señor- lo tenía tan ensayado que la mentira le salió sin dificultad, con un tono de verdad rotunda. Solo esperaba que la mujer también lo hubiera creído-. Tenemos un caballo así que no retrasaremos vuestra marcha.

Los jinetes asintieron, así que volvió sobre sus pasos hasta encontrarse con Breyne. Tras decirle que no parecían tener ánimo de atacarlos pero que no acababa de fiarse de ellos, ambos se unieron a la compañía. Si la mujer de la capa gris se había interesado por la llegada de la chica, no dio ninguna muestra de ello.

miércoles, 9 de julio de 2008

1_e. Camino del este

*

Hagga apretó contra su pecho la camiseta y aspiró su olor con los ojos cerrados.
Se había ido.
Y ni siquiera se había molestado en enviarle una carta.
Se decía que Hagga era la joven más hermosa de muchos kilómetros a la redonda, con su cabello blanquecino a la luz del sol y sus grandes ojos azul oscuro, como una tormenta. Pero eso no le había servido de mucho.
No sabía cómo había sobrevivido cuando se partió el mundo, pero lo único que recordaba era que estaba corriendo de la mano con Jacke, cuando aún se llamaba Idana, por un campo de trigo. El viento furioso azotaba las espigas en todas las direcciones, creando un inabarcable mar dorado. Recordaba que le corrían lágrimas por las mejillas, pero… ¿por qué? No podía saberlo. La conmoción le había borrado la memoria y algunas noches tenía sueños difusos, con caras que conocía cuando dormía pero cuando abría los ojos desaparecían de su mente.

Se acurrucó en la cama y miró al techo casi derrumbado. Las lluvias habían hecho agujeros en la casa que ella y Jacke habían compartido durante un año. Ahora que se había ido, el frío la había invadido y era el único con el que compartía lecho. Las primeras nieves habían caído y lo habían cubierto todo con una fina película de hielo, pero ella seguía allí, en silencio, esperando. Algo le arañaba el vientre por dentro, no le dejaba respirar. Se resistía a creer que la hubiera abandonado, pero sabía que era cierto.
Ella lo había amado, tanto como era posible.
Y allí estaba, sola con el frío y el viento.

Se tapó con la gruesa manta de lana basta hasta los ojos. La chimenea se había apagado hacía tiempo, y era imposible volver a encenderla. Allí, tan al norte, la vida era dura y era difícil sobrevivir… pero cuando estaban juntos le parecía lo más sencillo del mundo. Nada estaba mal con él… hasta que la había abandonado. Se había largado por uno de los caminos que se encontraban al este, diciendo que no se levantase, que volvería cuando el sol saliera…

Muchos soles y muchas lunas habían llegado y se habían ido desde entonces. Y Hagga había estado esperando. Casi muerta de hambre y frío, pero seguía allí. Se había insultado millones de veces, había llorado hasta quedarse seca, había esperado sentada en el camino, sin alejarse del hogar por si volvía. Todavía conservaba la esperanza. “No me dijo que me dejaba, me dijo que volvería”. Otras veces lo odiaba tanto que no podía dejar de pensar en él. ¿Qué hacer? Lo había perdido todo, menos aquel corral de piedra con el tejado agujereado por el que se veían las estrellas de la noche. Muchas veces se había preguntado si habría muerto, pero Jacke era fuerte, y le costaba creerlo. Había sobrevivido a millones de horribles experiencias, y de todas había salido impune. Aunque no quería aceptarlo, sabía que era cruel, astuto y ambicioso. Y supuso, con un suspiro, que eso era lo que lo había hecho abandonarla. ¿Qué podía ofrecerle ella a parte de una cama caliente y un plato de gachas resecas? Ni siquiera era buena cocinera, y tampoco es que fuera una chica muy hábil. “Eres una inútil. Si te hubieras esforzado más… si lo hubieras hecho mejor… si le hubieras dado aún más, aún más de lo que le diste…”. Muchas veces se lo había echado en cara, él le había tirado la comida al suelo y le había gritado mil veces que se lo comiera ella, que se esforzara, que no era digna para él, que era estúpida y merecía quedarse sola por su egoísmo.
“Él se merecía más, mucho más de lo que pude darle… ¿Por qué? Él me amaba y con mi estupidez lo perdí, se fue por mi culpa” se llevó las manos a la cara y empapó sus lágrimas con las anchas mangas de su camisa gruesa. Su bella cara estaba sucia, y chorretones más claros habían quedado en sus mejillas a fuerza de tanto llorar. Jacke la había ayudado a huir, la había salvado, le había jurado amor eterno, había estado con ella mucho tiempo, le había susurrado al oído dulces palabras hasta que se quedaba dormida… pero también le había chillado y en más de alguna ocasión la había hecho acostarse con moratones.
Y ahora se había marchado, la había dejado sola.
No sabía qué la hería más, si haber sido tan débil por aguantarlo o la soledad de su ausencia. Y lo echaba de menos. No le quedaba otra cosa que hacer a parte de creer que era tan estúpida como él le dijo.

De repente la única vela se apagó con un soplido de viento.
Hagga se levantó de la cama de un salto, y se puso su capa ajada de conejo. Las lágrimas todavía le corrían por el rostro. Agarró de un manotazo la horca de madera con la que mil veces había utilizado en el campo, y la sostuvo con fuerza. Las estrellas titilaban sobre su cabeza, y un haz de luz de luna iluminaba su cabello blanco a través del agujero del tejado. Apretó los dientes.
“Voy a buscarte, Jacke. Voy a hacerte pagar todas mis lágrimas”

Clavó las puntas de la horca en el suelo de tierra con violencia, la desclavó y salió corriendo bajo la noche estrellada rumbo al este.

La camisa de Jacke quedó abandonada en el catre, hecha un gurruño.

"Dioses dadme fuerzas"

jueves, 3 de julio de 2008

1.d_ hijos del fuego


*

Diana cerró los ojos con cansancio, y se colgó la cuerda del hombro.

- Señorita… esta no es la actitud de una mujer.

- Una mujer hace lo que le viene en gana- contestó al mayordomo perdiendo la paciencia-. Acostúmbrate a que no voy a romperme en mil pedazos.

- Pero señorita…

- Me da igual lo que considere. Puede retirarse. Y puede hacerlo ahora.

El viejo mayordomo se retorció el bigote blanco con gesto áspero y se dio la vuelta. Diana lo miró alejarse, furiosa. Estaba harta de la maldita protección de todo el mundo, estaba harta de que la tratasen como si fuera a acabar de destrozar el planeta cada vez que se movía. Pero eso era lo que tenía formar parte de la nobleza.

Puso el pie sobre la cubierta de la barca de madera, y comenzó a levar el ancla. El bote se zarandeó mientras se quitaba los zapatos de tacón y se arremangaba el vestido hasta la cintura, dejando que se vieran unos pantalones de montar debajo de éste.

Desde que se habían mudado a la costa hacía aquello todos los días a escondidas, aunque cuando su padre volvía de la capital era imposible. Por eso, cuando se marchaba, aprovechaba para disfrutar.

Tenía el cabello ondulado de un tono castaño rojizo y los ojos azules como su padre. Izó las velas y respiró hondo a la vez que éstas se inflaban. Tomó el pequeño timón y dio la espalda a las colinas para mirar la inmensidad del océano. Un océano antes viejo que ahora había cambiado.

Diana disfrutó del agua marina salpicándole al rostro, del sol rielando en la superficie. Un banco de pequeños peces voladores se esfumó saltando cuando la quilla cortó las olas adentrándose en el horizonte. Sabía que era peligroso alejarse de la costa, pero era la única forma de huir de su vida. Fundirse con el océano y con el cielo, oír únicamente el canto de las gaviotas y las olas. Cuando estuvo suficientemente lejos, se tumbó sobre cubierta y extendió los brazos hacia las alturas, haciendo como si atrapara el sol con sus manos. Cerró los ojos…

… cuando los abrió, el sol se hundía por el horizonte. Se levantó de un brinco. “¿Qué…?” El bote se acercaba peligrosamente a un saliente de rocas puntiagudas. “¡La corriente me ha arrastrado al Espinazo!” Intentó alcanzar a tiempo la pértiga para alejarse, pero el mar estaba furioso. Al tercer intento la larga vara se partió con un sonoro clack. El Espinazo estaba cercano al pueblo, pero los marineros no se acercaban allí por lo accidentado del terreno. A demás, cuando subía la marea desde los acantilados se podían ver los cadáveres. Se había ganado la fama de estar embrujado y de dar mala suerte, así que las probabilidades de que algún pescador la viera y la ayudase quedaban reducidas a una entre un millón. Rechinó los dientes mientras rebuscaba en un baúl algo que pudiera usar para salvarse.

Sintió miedo. “Piensa, piensa, piensa” Si seguía allí arriba, la barca sería arrastrada hasta las agujas de roca y las olas la estrellarían. Si se lanzaba al agua… sí, eso haría. Pero cuando estaba a punto, recordó que las corrientes arrastraban allí a los muertos. “Las corrientes no solo arrastran a los muertos… también a los peces… y a las bestias marinas” Se alejó del agua lo más rápido que pudo con una maldición.

De repente un golpe sacudió la pequeña nave de madera. Había rozado con unas rocas del fondo. En su mano todavía conservaba el trozo de pértiga, astillado y punzante. Tragó saliva cuando otra embestida de agua hizo que el bote soltara un sonoro crujido. "La has cagado"

- Vas a ir al agua de todas formas- le dijo una voz a su espalda.

Diana se giró con la madera en la mano, para ver a un muchacho moreno, sentado tranquilamente sobre una de las agujas más altas. Sus ojos rojizos (que resaltaban en su tez mortalmente pálida) la miraron con desdén mientras cruzaba las piernas.

- ¿Quién eres? ¡Ayúdame!

- ¿Por qué habría de hacerlo?- preguntó tranquilamente el joven. Tenía una belleza sobrecogedora y su sonrisa helaría el ánimo de cualquiera- De todas maneras vas a morirte.

Diana resopló y le dio la espalda, enojadísima.

“Solo es un producto de mi imaginación, he pasado mucho tiempo al sol

- Vamos, dame una razón por la que debiera ayudarte- insistió el desconocido. Al no obtener respuesta y ver que Diana seguía dándole golpes al arrecife con su palo puntiagudo se inclinó hacia delante-. ¿Sabes que hay tiburones aquí?- De nuevo no recibió respuesta-. Como quieras.

Cerró los ojos y puso los brazos tras la cabeza, disfrutando de los últimos rayos del sol. Diana se giró.

- No existes. Así que deja de torturarme- espetó.

- ¿Podría sacarte de aquí si no existiera?

- No existes.

De repente, el joven estaba tras ella en la cubierta del bote. Éste soltó un quejido. El desconocido la cogió por la cintura y acercó sus labios a su oreja. Diana se puso tensa cuando le sopló en el oído. Apretó la pértiga con ambas manos y se volvió para clavársela al fantasma.

Él la paró con una sola mano y le lanzó una sonrisa mordaz.

- No te conviene hacer eso.

El bote gimió por última vez, y la ola lo partió contra la roca como si fuera una cáscara de nuez. Diana gritó, y las manos del joven se agarraron a su cintura como la presa de un águila. Cerró los ojos e intentó volver a alzar la madera, pero se le escurrió entre los dedos y cayó al océano embravecido. Se dio cuenta de que una tormenta se desencadenaba sobre sus cabezas. Se dio cuenta de que los pies estaban empapados.

Abrió los ojos para verse rodeada de la inmensidad del cielo. “¿Qué demonios está pasando?”

Alcanzó a ver como en un sueño que de la espalda del desconocido brotaban dos grandes alas negras, brillantes a la luz del ocaso. Se aferró a su cuerpo, sintió que se caía. Pero sus brazos no la dejaron estrellarse contra el suelo. Estaban volando, ¡estaban volando! Las plumas de obsidiana temblaban con la brisa fría del mar, se sentía cerca de tocar el cielo, cerca de las nubes, cerca del infinito. Miró hacia abajo, la gran extensión de agua se prolongaba hacia el oeste como una alfombra azul, gris e interminable.

Él planeó y perdió altura… y entonces la soltó. Diana chilló otra vez, y cayó al agua con un sonoro plof. Abrió los ojos y contempló aturdida cómo subían las burbujas brillantes. Se impulsó con los brazos para salir de allí…

- ¡Ah!- respiró profundo el oxígeno, con las piernas aún temblorosas. Descubrió que estaba en una playa de arena cercana a su casa, y que hacía pie. Se apresuró a salir del agua a toda prisa, levantando gotas y chapoteando.

Cuando salió, el desconocido seguía con su sonrisa irónica en el rostro, acuclillado en la arena. Diana recuperó el aliento, y le sacudió una sonora bofetada. Él la miró sorprendido y se llevó la mano a la mejilla enrojecida.

- Por lo menos aceptas que existo- musitó.

Diana se sacudió el vestido empapado, el cabello le goteaba.

- ¿Por qué has hecho eso? ¿Y quién eres? ¿Cómo has hecho ese truco?- exigió, como cuando gritaba a los criados de su padre.

- Despacio, niña- espetó-. Supongo que, teniendo un padre científico, sabrás que con el Desmembramiento del Mundo han escapado cosas horribles de las profundidades del Hades.

- Mi padre dice que eso son mentiras para asustar al pueblo.

- ¿De veras?- resopló divertido- Pues entonces déjale creer que estás loca. Mi nombre es Astaroth, y soy una de esas mentiras para el vulgo. Pero tienes suerte de que hasta Los Caídos tengamos nuestras ambiciones.

Astaroth tomó a Diana de la mano y la ayudó a caminar sobre la arena. Las alas de su espalda habían desaparecido.

- Por cierto- dijo sin ton ni son-. ¿Tú no cambias de nombre?

- Mi madre me dio éste y no tengo por qué hacer caso a cuatro imbéciles. No pienso cambiarlo.

- Haces mal, pequeña- susurró, clavándole sus ojos de fuego-. ¿No te ha dicho tu padre que los demonios malos pueden apoderarse de tu alma si saben tu nombre real?

- Los demonios no existen. Y los dioses tampoco.

Astaroth sonrió de medio lado, pero no dijo nada.

"Pronto morirá tu orgullo, niña"

martes, 1 de julio de 2008

1.c_ larga vida al rey

*


Yorrek se agazapó junto al dintel, bajo la antorcha. Esperó.

Era noche cerrada, y no había luna. Miró hacia atrás, con la espada en la mano todavía en tensión. Los guardias dejaban que a su alrededor se ensanchasen charcos rojos de sangre, pero por lo menos había tenido la decencia de cerrarles los ojos y meterles en la boca una moneda para pagar a la Parca.

como en los viejos tiempos

Sus ojos grises brillaron a la luz del fuego, y agarró el colgante que pendía en su pecho, rogando a sus dioses fuerza y valor. Era más una costumbre enseñada por su maestra que una necesidad: hacía tiempo que Yorrek no sentía nada, ni temor, ni debilidad, ni remordimientos. O al menos eso quería creer.

la Maestra estaría orgullosa de mí. Estoy liberando su esperanza de las garras de este maldito fanático

Las estrellas brillaban en el cielo, testigos únicos de lo que iba a cometer.

Estoy comportándome como un asesino

Cállate, es lo que debes hacer. Este hombre… este hombre es el verdadero asesino. Está matando a tu pueblo. Está esclavizando a los niños para su jodido dios. Es un demonio negro

También tú vistes de negro

“¿Y quién no en estos días?

Desde que los adoradores del Enterrador habían tomado el poder y sus sacerdotes habían proclamado a Lord Tidior como rey, los lugares que habían sobrevivido al Gran Cambio se habían enfrentado a un peligro mucho mayor: el de sobrevivir a sus iguales.

Los seguidores del Gemelo de la Sombra habían quemado vivos a los que se negaron a servirlos y renegar de su pasado, habían cortado la cabeza a aquellos que osaron hacerles frente, y habían entregado a las fieras a los niños, a los que llamaban Hijos del Pecado. Yorrek habría corrido la misma suerte si no hubiera doblado la rodilla y la Maestra no lo hubiera acogido bajo su manto.

El Negro era el color del Enterrador, y era el único que sus siervos debían vestir. Nada de joyas, al menos para el pueblo llano. Ese era un lujo para los señores. Lo cierto es que, según las indagaciones de sus superiores, los seguidores del Enterrador estaban buscando algo, una piedra que era una llave, o algo así. Yorrek no había querido saber más. Él solamente acataba órdenes y cobraba oro. Solamente era un hombre gordinflón que tenía un pincho de hierro y sabía manejar los vientos. Solo eso.

Abrió la puerta de una patada, no le costó nada romper la madera con su fuerza bruta. Lord Tidior se había despertado al otro lado de la estancia, y su esposa, Lady Anna, se cubrió con las sábanas llamando a los guardias que, por supuesto, no se levantaron del suelo.

- ¡He venido a poner fin a esto, Rey Asesino!

Lord Tidior se levantó con agilidad para sus años, con el pijama de lana puesto, y avanzó una mano hacia él.

“¡Ahora!

- ¡Viento acude por Bóreas!- gritó mientras apretaba la gema de su cuello.

Lord Tidior fue más rápido. Alzó las manos y susurró unas cuantas palabras. El viento invocado pasó de largo sin impactar al rey, pero despedazó a su esposa entre gritos de dolor. No le fue fácil soportar por enésima vez el espectáculo sin vomitar.

“¡Mierda!”

El rey fijó la vista en él, mientras seguía susurrando. “¿Un hechizo de protección?” Si así era, Yorrek debía darse prisa. Se concentró más y por un momento parecía que la campana invisible que protegía a Lord Tidior de sus vientos se rasgaba…

No se había rasgado.

De repente, la oscuridad de la estancia empezó a borbotear como si fuera agua hirviendo. Yorrek se asustó y retrocedió, mientras el afilado viento se calmaba en una brisa veraniega.

- Estás muerto- se limitó a anunciar el rey.

Efectivamente, el asesino gordo se derrumbó y cayó al suelo. Su cadáver quedó marcado por el gesto de terror en los ojos grises.

Lord Tedior bajó la vista hacia él con asco. Tiró de la campanilla que estaba junto a la puerta para llamar a su mayordomo. Alguien tenía que limpiar toda esa inmundicia.

Se giró hacia los restos de su esposa.

-Eso sí que va a ser difícil de limpiar.