“Lo importante es no parecer sospechosa. Esas tormentas no tenían nada que ver conmigo ni con nadie. Yo no soy uno de ellos, no tienen nada que ver conmigo tampoco. Yo no soy una hechicera, y mucho menos una criminal. Nadie va a hacerme daño, porque soy normal, porque no tengo nada que ver con nada. Solo son casualidades”
Observó cómo Abenuz movía las orejas a cada paso que daba, y se apoyó en el pecho de Denwas como quien se guarda las espaldas contra una pared. Nadie hablaba. Los únicos sonidos eran los cascos de los caballos sobre las piedras y algún que otro gemido de los encadenados, o algún tropezón de sus pies sangrientos llenos de ampollas. Se giró. Ferro los seguía a lo lejos, cada vez que el camino trazaba una curva quedaba oculto. Más allá de la espalda de su amigo y de la grupa de su caballo negro, los cautivos llevaban su marcha penosa. Las cadenas estaban bien sujetas a una de las alforjas de la potente bestia castaña, protegidas por el jinete bigotudo.
Uno de los presos levantó la mirada hacia ella, la mujer. En torno a uno de sus ojos azules se veían manchas púrpuras de hematomas, su cuerpo estaba huesudo, y las mejillas chupadas. Tenía el cabello de un color oscuro, casi tan violeta como sus moraduras.
De repente se sintió traspasada por su mirada, como si alguien estuviera moviéndose por su cerebro. Sus ojos, azules, azules, azules, dos pozos de agua, infinitos, hondos, oscuros. El aire salió de sus pulmones… la boca de la mujer pasó a ser un grito mudo.
Tristeza. Desesperación. Miedo.
- ¡Breyne!- la voz de su amigo interrumpió el extraño contacto, el corazón le latía a mil por hora- Mira hacia delante, Breyne. Vas a caerte.
Denwas la rodeó con sus brazos fuertes y morenos, y ella volvió a apoyarse en él.
- Gracias, Denwas- susurró-.
- Estás rara- dijo lentamente bajando la voz. Notó cómo sopesaba los pros y los contras de seguir hablando de eso, y cómo medía la distancia con el primero de los caballos, donde montaba la extraña mujer de los ojos mágicos, como le había dicho-. ¿Qué ocurre?
- Es esa mujer. Es como si estuviera intentando leerme la mente, o como si me estuviera pidiendo ayuda en las dos horas que llevamos en marcha.
- Esa mujer va a hacerse a la idea de que tú correrás la misma suerte que ella si intentas algo.
- ¿Y qué quieres que haga?- suspiró y se giró un poco para mirarle a la cara. Le sacaba una cabeza y al intentarlo el sol la cegó- Van a matarlos por algo que…
- Por algo que no te importa- Breyne volvió a mirar hacia el camino con enfado-. Separémonos de ellos, sigamos otro camino. No sé dónde corremos más peligro, si solos por el bosque o con esta gente.
- Sabes perfectamente que no tendríamos la mínima oportunidad si fuéramos tú y yo por ahí. No tenemos con qué defendernos, estamos a merced de los bandidos.
- ¿Y qué van a querer?
- No será el oro que llevamos- bufó con ironía-. No, en un grupo tenemos más posibilidades. Aunque sea un grupo como este.
- Breyne…- en su voz había preocupación.
La chica tragó saliva y le pegó un cabezazo, que sirvió para que no le llevase más la contraria durante un rato. ¿Qué debía hacer? No le gustaba estar allí, pero el hombre del bigote era fuerte, y el del pelo rubio pringoso tenía una espada. Entre todos eran diez, sin contar con el perro lobo. “Demasiado redondo”. Pero eso haría que cualquier bandido se lo pensase dos veces antes de atacarlos.
Siguieron por el mismo camino, aunque cuando empezaron las bifurcaciones siempre elegían el que condujera más al noroeste. Pronto el azul del cielo pasó a anaranjado, y después se convirtió en oro. Cuando la primera estrella apareció en lo alto bajaron de sus monturas y salieron de la senda.
Dos de los jinetes estaban consultando un mapa. Cuando Breyne volvió de hacer sus necesidades en el bosque escuchó un retazo de conversación.
- Diles que se pongan en marcha. A poca distancia hay unas ruinas, podemos refugiarnos allí para pasar la noche. Con un poco de suerte podremos hacer una hoguera.
Breyne se giró, y vio a Ferro a varios metros de ella con un conejo muerto en la boca. “Genial. Conejo asado” solo de pensarlo se le hacía la boca agua. Se acercó y acarició la cabeza al perro, mirando cómo Denwas se acercaba con Abenuz de las riendas de cuerda. Cuando estuvo junto a ella se dio cuenta de que tenía las manos llenas de heridas, ensangrentadas y con ampollas.
- Las riendas…- explicó encogiéndose de hombros.
- Mañana conduciré yo- sonrió ella mientras examinaba los dedos doloridos de su amigo-. ¿Nos turnaremos, verdad?
Denwas no estaba muy convencido, pero aún así se dejó convencer. “Es un trozo de pan, casi siempre acaba haciendo lo que yo quiero”. Eso le daba la extraña sensación de calma que otorga el poder. Se sentía bien con él.
Caminaron un breve trecho por una senda pedregosa que era más bien un camino para el ganado. Veinte minutos después llegaron a las sucias ruinas de una casa de campo. Algunas de las paredes habían conseguido soportar el resquebrajamiento de la tierra, y parte del techo (realmente muy poco) seguía más o menos en su sitio. Ataron a su caballo junto a los de sus compañeros, y el perro se acostó a su lado por orden de Breyne, aunque no apartó sus ojos dorados de ella cuando se alejó. La luna estaba alta cuando consiguieron encender la hoguera. A lo lejos brillaban los ojos de los prisioneros, a los que habían atado fuera del derruido refugio.
- Estos edificios de la Última Era- se quejaba el hombre fornido del bigote mientras se calentaba al fuego- son una asquerosidad. Los de piedra sí que están bien. No como esta… esta cosa que solo sirve para ensuciar, llenos de cristales rotos y… hierros y trozos de cosas que pinchan. ¡De piedra! ¡Así debían de estar hechos!- se giró hacia Denwas y Breyne- Una vez dormimos en una iglesia abandonada. ¿Te puedes creer que estaba igual que si no se hubiera partido nada en este mundo? Románica, creo que era. ¿Has oído, chaval?- sonrió al chico y soltó una carcajada- ¡Románica! Esa puta iglesia lleva ahí más de tres mil años y sigue en pie. ¿Quién iba a decirlo? No como esta mierda de casas de hace diez años. Los antiguos sí que sabían cómo hacer las cosas, sí.
- Si sigue en pie es porque los muros son muy gordos y las piedras son muy grandes- murmuró Breyne-. Si fueran ladrillos los antiguos podrían haberse metido la iglesia por el culo a trozos.
- No hables así- la riñó Denwas con temor-. No debes molestar a los muertos.
- Esos llevan tanto tiempo muertos que sus espíritus no tendrán ni orejas.
- El chico tiene razón- gruñó el rubio-. Deja en paz a los muertos, no sabes cuándo los acompañarás. Y no querrás que cuando te reúnas con ellos estén enojados, ¿no?
- Los muertos no van a volver- se quejó, terca.
- Pero tú sí que te vas a ir, antes o después. Que el Enterrador se apiade de tu alma, niña.
Breyne apretó los dientes y se retiró hasta el muro, seguida por Denwas. Su padre no volvería, nunca más volvería a verlo. A su madre tampoco. Ni a sus amigos de la aldea. Todos se habían ido menos Denwas, y aunque soñase con ellos de vez en cuando, cuando abría los ojos seguían sin estar a su lado. Tantas noches había llorado por ellos, tantas tumbas había cavado, tantas flores había dejado sobre los montones de piedras… y ningún dios ni ser mitológico había demostrado estar a su lado. Solo Denwas conteniendo las lágrimas, cerrando los ojos con fuerza mientras echaba la tierra sobre los cuerpos de sus hermanos. Habían sido tres niños, y de ellos solo quedaba él. Tampoco lo habían escuchado… y ahora pretendían aquellos tipos que siguieran con la esperanza de volver a verlos. ¿A caso creían que era tan ingenua? ¿Que iba a volver a pensar que, al despertarse de su sueño, los tendría al lado? Le daba igual si decían que volverían en forma de almas o de cualquier cosa. No habían vuelto. Y no iban a hacerlo. No era tan tonta como su amigo, que pensaba que lo escuchaban y que velaban por él. Ella sabía que estaban solos en aquél mundo, que todo acababa cuando expulsabas de tu cuerpo el último aliento.
- Breyne- la voz de Denwas la sobresaltó-, deberías llamar menos la atención.
- Solo estoy diciendo la verdad- gruñó, rodeando las rodillas con los brazos. Sus ojos dorados se clavaron en los de él.
- Está bien que digas lo que creas. Pero estás llamando la atención. ¿Qué pasará si los enfadas?
- Me da igual- dijo, obstinada-. No me pueden hacer daño por decir lo que pienso.
- Breyne- la cortó- no estamos en casa. No estamos en la Última Era. Ahora hay que sobrevivir como sea.
- No voy a…
- Sé realista de una vez- espetó-. Todo lo que conocemos ha desaparecido, y tenemos que encontrar un lugar aquí y ahora. No sirve de nada ir en contra de la corriente. Apréndelo de una vez.


