
En Jisyar el viento siempre estaba en calma. El cielo estaba permanentemente iluminado por cuatro soles que jamás se juntaban. Las lunas, incontables, teñían el planeta de plata sin ninguna clase de variación. Desde que todos murieron y quedaron enterrados en sus tumbas, todo el planeta murió con ellos.
Todos, menos uno.
El Sin Nombre, el Enterrador, había sido el último.
Cuando la humanidad se sumió en la más profunda oscuridad y las voces se perdieron en el infinito, uno a uno fueron cayendo los que habían sobrevivido a la historia. El fuerte y el débil, el del fuego, el de la luz, el temido, el de la noche… todos ellos dejaron de existir.
Y Jisyar se convirtió en un desierto donde únicamente el Enterrador pudo continuar.
Cerró los ojos de color añil, y bajó la cabeza. Arrodillado en la arena susurró una plegaria sobre la última lápida. Él no había buscado que todo eso ocurriera, no había deseado nacer en ningún momento. Estaba bien dentro de su roca, estaba cómodo sin nombre.
Cuando su tótem comenzó a agrietarse y cayó al suelo, sintió en sus dedos el peso del mundo. Los espíritus servidores, las Banshees, se apresuraron a fabricarle un atuendo adecuado a él, a sus poderes, a sus limitaciones. Y pasó a vestir el negro, de la cabeza a los pies, unas ropas distintas a las de los demás.
No entendía por qué estaba allí, ni por qué los otros desaparecían poco a poco. Primero notó la ausencia de Tiamat, luego la de Rauta-Rekhi, ambos estaban débiles desde que tuvo uso de razón. Y fueron yéndose a sus nichos uno a uno, del norte y del sur…
Soledad.
Lo que sintió desde que despertó y siempre lo había acompañado, junto con el sentimiento de culpa.
Sus manos le pesaban tanto que a penas podía sostener la arena entre sus dedos.
Jisyar era un mundo grande, tan grande que podía albergar a los dioses de todos los planetas y de toda la eternidad, del futuro, y del pasado. Allí las Almas con Poder encontraban su descanso cuando se dejaba de creer, esperando su resurrección. Una resurrección que, a veces, no llegaba nunca.
Y ahora, el último planeta del Sistema Solar se había roto. Y El Enterrador sabía que era por su culpa. Desde la salida del primer sol, cada día, recorría el recinto de Los Embriones, y les hablaba a sus tótems. Les rogaba que despertaran, para que lo sacasen del silencio que lo atormentaba. Pero nunca habían respondido a su llamado, y había comenzado a perder la esperanza.
No sabía cómo utilizar su poder. Cuando dormía, la cabeza se le llenaba de voces, gritos y llamadas, de llanto, desesperación, miedo. No sabía lo que era, no sabía cómo pararlo. En una ocasión le habían dicho que eran las voces de los que creían en él, que debía escucharlos y utilizar su poder para ayudarlos, o moriría. Pero no sabía cómo usar su poder. Se sentía como un niño inútil y estúpido que se hubiera perdido en un lugar extraño. Echaba de menos no existir.
- Por favor, despierta- rogó a la roca en voz baja. La estatua lo miró con sus cuencas vacías y su forma indefinida no mostró la mínima alteración.
Bajó la cabeza, derrotado. Su pelo azabache brilló a la luz de la primera estrella, y la temperatura empezó a bajar. -Otra noche no-
Y entonces la vio.
Se levantó de un salto. Una de las estatuas se había movido un poco más allá. Echó a correr hacia allí con dificultad, luchando contra la arena. En su rostro se dibujó una sonrisa nerviosa, y casi no pudo reprimir una carcajada. Los ojos le brillaron, reflejando la luna en cuarto creciente que se asomaba para mirar el nacimiento de otro dios. Cuando llegó allí, el Sin Nombre se arrojó contra el tótem de piedra. Una luz plateada comenzó a centellear en las grietas de la lápida. El Enterrador se cayó al suelo, y quedó allí, arrodillado como cada vez que rezaba, sin poder creer lo que veía.
Los trozos de roca se desprendieron, y se convirtieron en polvo blanco que una leve brisa arrastró lejos. El cuerpo de una muchacha empezó a dejarse ver bajo la corteza pétrea.
-Es muy linda
No se equivocaba.
Antes de verla, una docena de Banshees se arremolinaron en torno a ella, y cuando desaparecieron, él pudo contemplarla con la boca abierta.
Tenía los ojos rojos, como la sangre, brillantes como dos rubíes, y el cabello dorado, como de oro. Vestía como Los Antiguos. Su vientre liso y levemente moreno quedaba al descubierto, dejando ver extrañas marcas brillantes. En su frente colgaba de un hilo una gema del color de sus ojos. Sus ropas eran oscuras como las suyas, pero estaban decoradas con filigranas áureas.
La diosa sonrió.
- ¿Eres tú? ¿Eres quien me ha despertado?
- Yo…
- ¿Eres el nuevo Érebo?
- Mi nombre es Hiei. Y no tengo pasado.
- ¿Sabes cómo me llamo?- preguntó, y él negó con la cabeza. La chica esbozó una sonrisa- Mi nombre es Jarima, Luz del atardecer.
Y él también sonrió.

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