PRÓLOGO
El hombre se giró lentamente y se agazapó en un rincón de la habitación de piedra. A su alrededor, las ruinas eran iluminadas por el sol, dándoles un toque dorado y cobre, fundiéndose con el amanecer. Se arrastró por el suelo. Un reguero de sangre lo siguió, como un perro que siguiera a su amo. Vestido de negro y con la capucha rasgada, arrugó el ceño. La culpabilidad le estaba consumiendo. Los gritos de la gente, el olor a polvo y el sonido del derrumbamiento de los cimientos del mundo. La tierra se había abierto como si se estuviera partiendo un hueso, crujiente, desgarradora.
La noche había arrancado a Gaia su último aliento. Los Señores del Abismo acababan de aparecer. Y ellos habían dado su vida para servirlos, todos habían muerto. Todos menos él.
Y en aquella iglesia abandonada, bañado por la luz del rosetón que sorpresivamente había conservado intactos la mitad de sus cristales, el Último Esclavo expiró.
***
Muy lejos de allí, bajo tierra, en el reino de los muertos, Endor tiró los huesos al tablero. Sobre su cabeza, el rugido de Gaia se iba haciendo más y más fuerte.
El hombre se giró lentamente y se agazapó en un rincón de la habitación de piedra. A su alrededor, las ruinas eran iluminadas por el sol, dándoles un toque dorado y cobre, fundiéndose con el amanecer. Se arrastró por el suelo. Un reguero de sangre lo siguió, como un perro que siguiera a su amo. Vestido de negro y con la capucha rasgada, arrugó el ceño. La culpabilidad le estaba consumiendo. Los gritos de la gente, el olor a polvo y el sonido del derrumbamiento de los cimientos del mundo. La tierra se había abierto como si se estuviera partiendo un hueso, crujiente, desgarradora.
La noche había arrancado a Gaia su último aliento. Los Señores del Abismo acababan de aparecer. Y ellos habían dado su vida para servirlos, todos habían muerto. Todos menos él.
Y en aquella iglesia abandonada, bañado por la luz del rosetón que sorpresivamente había conservado intactos la mitad de sus cristales, el Último Esclavo expiró.
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Muy lejos de allí, bajo tierra, en el reino de los muertos, Endor tiró los huesos al tablero. Sobre su cabeza, el rugido de Gaia se iba haciendo más y más fuerte.
- ¿Así que ha llegado?
La bruja ciega, que había entregado sus ojos a algún dios olvidado, se levantó como pudo y, aferrando su bastón de madera, sumergió los pies en las gélidas aguas subterráneas. En la más profunda oscuridad del Hades se había sentido como en casa. Allí los espíritus le hablaban con voz clara y firme, o en susurros que le revelaban el porvenir, fragmentos de personas de la superficie. Los veía nítidos en su mente como si sus ojos no hubieran sido arrancados, y luego desaparecían.
Los odiaba. Odiaba a todos aquellos hombres felices que no se daban cuenta de lo que tenían. Y también odiaba aquel poder por el que había sacrificado la visión, aquel poder que la había desterrado a lo más profundo de la tierra a manos de aquellos a los que había servido.
Cuando fue arrojada a las aguas de la Laguna Estigia, había olvidado su edad, su nombre, sus recuerdos. Únicamente la ciudad de donde provenía había quedado marcada a fuego en su memoria. Únicamente la crueldad de los hombres que la enviaron al abismo.
- El Desmembramiento del mundo. La nueva Edad.
Sonrió.
Y echó los huesos al fondo de la laguna.
Y echó los huesos al fondo de la laguna.

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