domingo, 29 de junio de 2008

1.b_ Breyne

*

Mientras tanto, muy lejos de allí, en otra dimensión y otro planeta Breyne cerró el libro con un golpe seco. “Solo será un poquito. Solo dos minutitos” se prometió. Sabía que era mentira y que si apoyaba la cabeza en la almohada no despertaría hasta pasadas varias horas.

Desde que el mundo se había partido como una bola de cristal, todo había cambiado. Los mares habían engullido unas tierras y habían escupido otras. Millones y millones de personas habían desaparecido, y se decía que las costas aparecían llenas de cadáveres a medio devorar cuando la luna se llenaba y las mareas subían. Las ciudades que diez años antes habían acaparado la arena y la hierba habían quedado entramadas por las raíces de las hiedras y los árboles. Algunas montañas habían desaparecido en las fauces de Gaia, y otras se habían tragado países enteros. Las ruinas todavía conservaban tesoros extraños hechos de metal, máquinas que habían quedado inservibles y otros lujos de los muertos de antaño que ahora habían perdido su sentido. Allí creaban un enorme y estrafalario vertedero que, en más de una ocasión, debía ser considerado cementerio. Los edificios más altos, inestables y susceptibles, habían sometido con su peso a tantas personas como se encontrasen debajo. Las aguas habían arrastrado a muchos de los supervivientes a las profundidades del océano, donde las criaturas que el estruendo había despertado y las que ya eran conocidas se habían encargado de ellos.

El mundo había quedado cubierto de muerte y desolación, y la raza humana, antes poderosa e inundada de soberbia, había perecido con ella.
Al menos la mayoría.

Breyne estaba cansada, pero por mucho que hubiese abandonado su lectura y se hubiese aferrado a su extraño monigote de trapo hecho a remiendos no podía dormir. Deseaba hundirse en el reino de Hipnos y descansar, pero a veces la atormentaban los recuerdos y la sangre. Parecía que su mente ya estaba cansada de ello, pues durante los últimos días a penas le había permitido dormir.

Breyne tendría diecisiete años y un largo camino recorrido. Sus padres habían odiado los ruidos y gases tóxicos de la ciudad, y ansiando proteger a sus hijos se habían mudado a una pequeña villa del interior de Italia para criarla en una granja, lejos de Ancona, su cuidad natal. Cuando era pequeña siempre había querido ir a ver el mar. Era curioso que ahora el mar hubiera querido verla a ella.
Su aldea había cambiado con el resto del mundo. Cuando el Desmembramiento del Mundo se abatió sobre ellos se escondieron en las tenebrosas bodegas de piedra con sus animales (hubiera sido incapaz de dejar morir a su querido cachorrito Ferro y a los demás). Pasaron allí dentro dos meses, alimentándose de las reses hasta que su padre se decidió a salir, temiendo morir de sed. Cuando salió y la luz del sol irrumpió sobre ella, llegaron a sus oídos los graznidos de las gaviotas y el océano
se extendía unos kilómetros más allá. La mitad de Italia había sido tragada por las aguas, Roma y su historia se habían desvanecido en un tiempo frío y líquido del que nunca volverían a salir. Su madre había muerto un año después, enfermada por el agua y debilitada hasta el extremo. Su pueblo había sido arrasado casi por completo, y habían tenido que reconstruir su hogar.

Su padre había fallecido hacía dos años, pero no estaba sola. Ferro era ahora un perro adulto y fiero, y además tenía a Denwas. El joven tenía un par de años más que ella, y era de los pocos supervivientes de la aldea. Claro, que antes se llamaba Ercole, pero ahora el mundo había cambiado. Y ellos también.


Breyne decidió hacer caso omiso del cansancio y se levantó. Arregló un poco el colchón de paja y lo cubrió mejor con las mantas gruesas. Salió al exterior del granero con una sonrisa en los labios. Hacía un día espléndido, el sol brillaba y arrancaba destellos a las aguas y a las nubes blancas. Respiró hondo. “Si la tierra se partió, ¿por qué no lo hizo el cielo?” se preguntó.

Cogió un cesto y, tras recoger algo de hierba, se dirigió a los establos que su difunto padre había construido. Había sido una idea genial el meter a los animales en la bodega aunque hubiera costado. Ahora tenían comida y transporte.

Abenuz piafó al verla llegar y estiró de la soga. Negro como el azabache y gigantón, el caballo tenía de tranquilo lo que tenía de altura. A penas si había coceado y relinchado cuando el estruendo del Desmembramiento los alcanzó, quizás porque estaba demasiado atemorizado para ello. Breyne no sabía montar, pero tuvo que aprender. Cuando la tierra se abrió y se tragó las carreteras que tantísimos siglos habían costado construir, los coches ya no podían moverse. A demás, se acabó la gasolina. El mundo había vuelto a la Edad Media, una Edad Media salpicada con restos de metales y tecnologías que acabarían por perderse completamente conforme pasase el tiempo.

De repente la sobresaltó un chillido. Se giró de un salto, para encontrarse a Denwas detrás de ella riéndose.

- ¡Te he asustado!

- Muy agudo- espetó furiosa-. Como vuelvas a hacerlo te meteré una patada en los huevos y no dejarás de chillar hasta que llegue otra Nueva Edad.

- Cálmate, tonta. Te he traído otros huevos para cascar- en sus manos llevaba un nido intacto con cinco huevos blancos-. Son del bosque.

- ¡Vaya!- su humor cambió repentinamente, y su cara se volvió radiante. Le quitó la comida de las manos- ¡Que bien que los hayas encontrado!

- Siempre he sido un buen cazador- se enorgulleció el chico.

- ¿Acaso salieron corriendo?- se burló ella- Seguro que se asustaron de lo feo que eres.

- Maté al gato que se los iba a tragar, idiota.

Denwas era un muchacho fuerte aunque no dejaba de estar delgado. Tenía la piel muy morena y curtida por la forma de vida que llevaban, ojos oscuros y cabello castaño casi negro. No era ni de lejos feo, pero a Breyne le encantaba tomarle el pelo. Tenía muy buen carácter, y le encantaba sentirse útil. Se esforzaba mucho, y era de gran ayuda a la hora de buscar comida. Era un buen chico, aunque algo atolondrado, y muy cabezota.

Por su parte, Breyne era rubia y tenía los ojos color ámbar, chispeantes y vivos. Había tenido que aprender a trabajar tan duro como Denwas, a sobrevivir sin ser tan alta ni tan rápida como Denwas, a cabalgar como Denwas, en definitiva a no ser una carga para el chico. Aunque si lo hubiera sido a él no le hubiera importado, estaba segura. No tenía la piel suave, ni el cabello cepillado, y su ropa estaba llena de rotos y remiendos. Sus piernas y brazos estaban arañadas por mil cicatrices. Pero aún así era una chica bonita. Y sabía nadar rápido, pescaba y hacía redes. Leía siempre que podía los libros que había en la bodega, aunque los había releído más de diez veces.

Cuando llegó la noche encendieron una hoguera frente a las dos cabañas, en lo más alto de la colina. El tonto de Denwas tenía miedo de que el mar se los llevara, y nunca se acercaba al agua. Y si lo hacía era para lavarse rápido y salir corriendo tierra adentro. Aquella noche se sentaron juntos y comieron con avidez mirando las estrellas.

- Breyne, ¿Tú crees que volverán?

- ¿Quiénes?- preguntó, pensativa- ¿los muertos? No.

- No, los muertos no. Los Hijos de Kascha.

- Claro. Tienen que volver- arrugó el ceño-. Volverán y entonces nos iremos con ellos. Podemos montar en Abenuz los dos, es un caballo fuerte. Cuando vuelvan a pasar iremos con ellos y perderemos de vista estas ruinas asquerosas.

- Siento haber sido tan tozudo- musitó el chico, triste-. Si no hubiera sido por mí, ahora no estaríamos aquí. Estaríamos en las Nuevas Ciudades.

- No te atormentes más. No tuviste la culpa…

- Si no te hubiese hecho enfadar, no hubiese despertado a…

- Cállate- espetó bruscamente-. No hables de eso. Fue sin querer. Nadie salió herido y nadie lo vio. No lo nombres más.

Denwas bajó la vista al suelo y no mencionó más el poder de Breyne aquella noche.

Pero la muchacha tuvo tanto miedo del océano como él hasta que el sol salió, y se sumió en un duermevela en el que la lluvia y los truenos mataban a su padre. Y ella no pudo hacer nada por evitarlo.

jueves, 26 de junio de 2008

1. Despertar


En Jisyar el viento siempre estaba en calma. El cielo estaba permanentemente iluminado por cuatro soles que jamás se juntaban. Las lunas, incontables, teñían el planeta de plata sin ninguna clase de variación. Desde que todos murieron y quedaron enterrados en sus tumbas, todo el planeta murió con ellos.

Todos, menos uno.

El Sin Nombre, el Enterrador, había sido el último.

Cuando la humanidad se sumió en la más profunda oscuridad y las voces se perdieron en el infinito, uno a uno fueron cayendo los que habían sobrevivido a la historia. El fuerte y el débil, el del fuego, el de la luz, el temido, el de la noche… todos ellos dejaron de existir.

Y Jisyar se convirtió en un desierto donde únicamente el Enterrador pudo continuar.

Cerró los ojos de color añil, y bajó la cabeza. Arrodillado en la arena susurró una plegaria sobre la última lápida. Él no había buscado que todo eso ocurriera, no había deseado nacer en ningún momento. Estaba bien dentro de su roca, estaba cómodo sin nombre.

Cuando su tótem comenzó a agrietarse y cayó al suelo, sintió en sus dedos el peso del mundo. Los espíritus servidores, las Banshees, se apresuraron a fabricarle un atuendo adecuado a él, a sus poderes, a sus limitaciones. Y pasó a vestir el negro, de la cabeza a los pies, unas ropas distintas a las de los demás.

No entendía por qué estaba allí, ni por qué los otros desaparecían poco a poco. Primero notó la ausencia de Tiamat, luego la de Rauta-Rekhi, ambos estaban débiles desde que tuvo uso de razón. Y fueron yéndose a sus nichos uno a uno, del norte y del sur…

Soledad.

Lo que sintió desde que despertó y siempre lo había acompañado, junto con el sentimiento de culpa.

Sus manos le pesaban tanto que a penas podía sostener la arena entre sus dedos.

Jisyar era un mundo grande, tan grande que podía albergar a los dioses de todos los planetas y de toda la eternidad, del futuro, y del pasado. Allí las Almas con Poder encontraban su descanso cuando se dejaba de creer, esperando su resurrección. Una resurrección que, a veces, no llegaba nunca.

Y ahora, el último planeta del Sistema Solar se había roto. Y El Enterrador sabía que era por su culpa. Desde la salida del primer sol, cada día, recorría el recinto de Los Embriones, y les hablaba a sus tótems. Les rogaba que despertaran, para que lo sacasen del silencio que lo atormentaba. Pero nunca habían respondido a su llamado, y había comenzado a perder la esperanza.

No sabía cómo utilizar su poder. Cuando dormía, la cabeza se le llenaba de voces, gritos y llamadas, de llanto, desesperación, miedo. No sabía lo que era, no sabía cómo pararlo. En una ocasión le habían dicho que eran las voces de los que creían en él, que debía escucharlos y utilizar su poder para ayudarlos, o moriría. Pero no sabía cómo usar su poder. Se sentía como un niño inútil y estúpido que se hubiera perdido en un lugar extraño. Echaba de menos no existir.

- Por favor, despierta- rogó a la roca en voz baja. La estatua lo miró con sus cuencas vacías y su forma indefinida no mostró la mínima alteración.

Bajó la cabeza, derrotado. Su pelo azabache brilló a la luz de la primera estrella, y la temperatura empezó a bajar. -Otra noche no-.Se tumbó en la arena y se arrebujó en su levita negra, abrochándose los botones. Miró cómo el último de los soles se hundía en el horizonte, atesorando el último brillo dorado en su retina. El Enterrador se dispuso a hundirse en otra noche de pesadillas…

Y entonces la vio.

Se levantó de un salto. Una de las estatuas se había movido un poco más allá. Echó a correr hacia allí con dificultad, luchando contra la arena. En su rostro se dibujó una sonrisa nerviosa, y casi no pudo reprimir una carcajada. Los ojos le brillaron, reflejando la luna en cuarto creciente que se asomaba para mirar el nacimiento de otro dios. Cuando llegó allí, el Sin Nombre se arrojó contra el tótem de piedra. Una luz plateada comenzó a centellear en las grietas de la lápida. El Enterrador se cayó al suelo, y quedó allí, arrodillado como cada vez que rezaba, sin poder creer lo que veía.

Los trozos de roca se desprendieron, y se convirtieron en polvo blanco que una leve brisa arrastró lejos. El cuerpo de una muchacha empezó a dejarse ver bajo la corteza pétrea.

-Es muy linda- pensó, sin saber por qué. Su rostro aún estaba oculto.

No se equivocaba.

Antes de verla, una docena de Banshees se arremolinaron en torno a ella, y cuando desaparecieron, él pudo contemplarla con la boca abierta.

Tenía los ojos rojos, como la sangre, brillantes como dos rubíes, y el cabello dorado, como de oro. Vestía como Los Antiguos. Su vientre liso y levemente moreno quedaba al descubierto, dejando ver extrañas marcas brillantes. En su frente colgaba de un hilo una gema del color de sus ojos. Sus ropas eran oscuras como las suyas, pero estaban decoradas con filigranas áureas.

La diosa sonrió.

- ¿Eres tú? ¿Eres quien me ha despertado?

- Yo…

- ¿Eres el nuevo Érebo?

- Mi nombre es Hiei. Y no tengo pasado.

- ¿Sabes cómo me llamo?- preguntó, y él negó con la cabeza. La chica esbozó una sonrisa- Mi nombre es Jarima, Luz del atardecer.

Y él también sonrió.

domingo, 22 de junio de 2008

PRÓLOGO

PRÓLOGO

El hombre se giró lentamente y se agazapó en un rincón de la habitación de piedra. A su alrededor, las ruinas eran iluminadas por el sol, dándoles un toque dorado y cobre, fundiéndose con el amanecer. Se arrastró por el suelo. Un reguero de sangre lo siguió, como un perro que siguiera a su amo. Vestido de negro y con la capucha rasgada, arrugó el ceño. La culpabilidad le estaba consumiendo. Los gritos de la gente, el olor a polvo y el sonido del derrumbamiento de los cimientos del mundo. La tierra se había abierto como si se estuviera partiendo un hueso, crujiente, desgarradora.
La noche había arrancado a Gaia su último aliento. Los Señores del Abismo acababan de aparecer. Y ellos habían dado su vida para servirlos, todos habían muerto. Todos menos él.

Y en aquella iglesia abandonada, bañado por la luz del rosetón que sorpresivamente había conservado intactos la mitad de sus cristales, el Último Esclavo expiró.

***

Muy lejos de allí, bajo tierra, en el reino de los muertos, Endor tiró los huesos al tablero. Sobre su cabeza, el rugido de Gaia se iba haciendo más y más fuerte.
- ¿Así que ha llegado?

La bruja ciega, que había entregado sus ojos a algún dios olvidado, se levantó como pudo y, aferrando su bastón de madera, sumergió los pies en las gélidas aguas subterráneas. En la más profunda oscuridad del Hades se había sentido como en casa. Allí los espíritus le hablaban con voz clara y firme, o en susurros que le revelaban el porvenir, fragmentos de personas de la superficie. Los veía nítidos en su mente como si sus ojos no hubieran sido arrancados, y luego desaparecían.
Los odiaba. Odiaba a todos aquellos hombres felices que no se daban cuenta de lo que tenían. Y también odiaba aquel poder por el que había sacrificado la visión, aquel poder que la había desterrado a lo más profundo de la tierra a manos de aquellos a los que había servido.
Cuando fue arrojada a las aguas de la Laguna Estigia, había olvidado su edad, su nombre, sus recuerdos. Únicamente la ciudad de donde provenía había quedado marcada a fuego en su memoria. Únicamente la crueldad de los hombres que la enviaron al abismo.
- El Desmembramiento del mundo. La nueva Edad.
Sonrió.
Y echó los huesos al fondo de la laguna.

viernes, 13 de junio de 2008

Bueno, este será un sitio donde publicaré una historia que tengo pensada para este verano ^^
si a alguien le gusta la literatura fantástica, puede quedarse y probar suerte...


ARGUMENTO:

¿Qué les pasa a los dioses cuando se deja de creer en ellos?
¿Desaparecen o siguen entre nosotros?

En el planeta de los desiertos, Jisyar, una tormenta de arena está alzándose.
Las estatuas de los dioses han comenzado a temblar.
La tumba del Rey Chacal se está abriendo.
La diosa gato, Bastet, está débil pero sigue en pie.
Y junto a ella, Oyá Yansa entona la canción de los muertos...


Únete a la última cruzada:

TORMENTA DE ARENA