sábado, 20 de septiembre de 2008

3.1_ Breyne.




res días habían pasado desde que acamparon bajo el inseguro techo de la casa derruida, tres días interminables en los que a penas se habían detenido. Parecía que los otros jinetes tenían prisa en llegar a la ciudad más cercana, y que cada orden de la misteriosa mujer de los ojos esmeralda era tomada por sus propios compañeros con un extraño temor a las consecuencias de desobedecerla.

El cielo se había nublado, y unas nubes grisáceas ocultaban el sol. Breyne sabía que no iba a llover, pero aún así echaba de menos el calor del astro rey. Sus manos también habían quedado arañadas y en carne viva por las riendas de Abenuz, pero no podía permitirse una sola queja. El caballo estaba empezando a mostrar los primeros signos del cansancio, aunque no se mostraba reticente a obedecer. A demás, el peso de Denwas y Breyne a su espalda no se podía comparar con la de los caballeros armados y vestiduras de metal de sus acompañantes. Por otro lado, los corceles de batalla de los guerreros estaban acostumbrados a esos viajes, con el peso de las armaduras o sin ellas.

Ese día era el turno de Breyne para llevar las riendas. Tras ella su amigo dormía, apoyando la frente en sus hombros. Abenuz seguía su marcha al paso, y ella no lo espoleaba para evitar que Denwas se despertara. Le gustaba sentir su respiración junto a su oído, la tranquilizaba saber que no estaba sola.

La senda transcurría por un bosquecillo en el que la luz se filtraba perezosamente entre las hojas y caía, dorada o verdosa, sobre el suelo crujiente de vida muerta. Los matorrales y la maleza crecían como intentando cubrir el pequeño camino. Breyne no sabía por qué habían decidido sus compañeros tomar ése camino, pero era obvio que presentían algo, como si pudieran atacarles de un momento a otro. Siempre mirando a todas partes, con las espadas a mano, dispuestos a defenderse y a salir airosos. Eso la ponía nerviosa. Ella no era una guerrera, y no tenía con qué defenderse. Y suponía que con un palo no sería suficiente. No veía a los guerreros como cobardes que temieran a cualquier enemigo. La dama de los ojos verdes también estaba alerta, podía sentirlo. Dentro de ella se formaba la imagen de unos tentáculos negros que intentaran alcanzar un objetivo invisible. No era una buena señal.

El aire olía a lluvia, a tierra mojada y a electricidad. También tenía un deje a podredumbre que agobiaba tanto a los humanos como a los caballos. El amanecer se había vestido con una fina niebla que calaba en sus cuerpos envueltos con las capas y las mantas. Por lo que sabía, el camino transcurría por un paso entre dos montañas, a la altura de la antigua Milán, que según había oído, estaba reducida a escombros. No podía creerlo, estaba a punto de salir de Italia, ¡y a caballo! Hubo un tiempo en el que no lo hubiera creído posible, pero allí estaba. Aunque la compañía no fuera la idónea. Tras ella caminaban, enfermos y cansados, los prisioneros de la compañía, arrastrados a trompicones por los otros. Breyne había observado sus escudos pintados, y había visto que los dos caballeros llevaban el mismo signo: un halcón con las garras extendidas, dispuesto a hundirlas en la presa. Ése ave quedaría grabada en su memoria toda su vida, como un símbolo de opresión, violencia y muerte.

Tenían prohibido hablar hasta que dejaran atrás el bosque, pero ella no entendía por qué. Era cierto que aquellos árboles tenían algo extraño, pero no alcanzaba a comprender la razón del comportamiento de los hombres. Sintió cómo Denwas se estremecía y se despertaba, y sin decir nada se enjuagó la boca con agua de la cantimplora. El ruido hizo que el guerrero rubio lo mirara de reojo.

- Casi no has dormido- le dijo Breyne. El chico aún tenía los ojos enrojecidos por el sueño.

- No puedo dormir. Hay algo que no me deja hacerlo- susurró-. Presiento algo…

- No digas tonterías, solo es un bosque. Árboles y hierbas, a lo mejor un par de ciervos. Eso es lo que hay aquí. Parece mentira que un chico tan mayor como tú tenga miedo de cuatro pinos.

- No son cuatro pinos- se quejó. Breyne le sonrió, reconciliadora-. A demás, voy a llevar a Abenuz un rato.

- Pero…

- Vamos, pásame las riendas. Mírate las manos.

Ciertamente la sangre manaba de las ampollas que producían las cuerdas. El roce que producía en su piel el movimiento del caballo le había quemado y herido las palmas, pero ella estaba tan concentrada en sus propias divagaciones que no se había dado cuenta.

- Tienes la piel más fina que yo- aseguró Denwas mientras las cogía-. Es normal.

- Bueno- suspiró-, no es bonito que una señorita lleve las manos hechas un cisco.

- Yo no veo ninguna señorita por aquí- sonrió, socarrón. Breyne levantó la cabeza con suficiencia y lo empujó-. ¿Qué? Es verdad.

- Cállate. Hasta Ferro es más hombre que tú. ¡Imberbe!

- Perdona, si no me sale es porque estoy estresado- se quejó él. Era obvio que estaba algo acomplejado por ser lampiño, y ella lo utilizaba como defensa.

Breyne se rió y le revolvió el pelo.

- No importa. Odio las barbas.

Llegó el atardecer y seguían en la senda del bosque. El hombre del caballo marrón soltó una maldición mientras miraba el mapa con enfado.

- ¡Nos hemos perdido! ¿Cómo ha podido pasar?

- Magia negra… magia negra- susurró asustado el rubio. Sus ojos se desorbitaron.

- ¡Estos caminos del diablo! ¡Maldita bruja, ha cambiado los caminos! ¡Ya deberíamos estar en el valle de Uhigar!

- No sirve de nada lamentarse- susurró la dama encapuchada-. Seguiremos cabalgando hacia el norte. Si no cambia la situación abandonaremos a los caballos y avanzaremos campo a través. No creo que haya cambiado el bosque entero, solo las sendas…

- ¡NO PIENSO DEJAR A MI CABALLO!- gritó Breyne. Denwas la golpeó atemorizado, pero ella no se amilanó. Mientras no mirase a los ojos verdes no tendría miedo. Clavó la vista en el caballero rubio, que parecía asustado- Mi caballo y mi perro son nuestras únicas posesiones, son recuerdos de mi padre y de mi madre. ¡No voy a abandonarlos en medio de un bosque!

- Está claro que no comprendes la gravedad de la situación. No se trata de un bosque normal, niña- musitó él.

- ¡No me importa! ¡No voy a dejarlo aquí!

- Cállate ya, ¡harás que nos descubran!- susurró el otro guerrero.

- ¡No voy a callarme! ¡Queréis quedaros con mi caballo y mi perro! ¡Sí, eso es! ¡Lo queréis todo para vosotros! ¡Queréis asustarnos con esos cuentos para que…

- Si no te callas tendremos que hacerte callar- gruñó el caballero rubio.

- …para que os lo demos todo! ¡Ladrones! ¡Y tenéis encadenada a esta pobre gente cuando los que debierais estar encadenados sois…

Un golpe seco la dejó sin respiración. Oyó cómo la voz de su amigo retumbaba en sus oídos mientras perdía el equilibrio. Su propio nombre flotaba en el bosque, sumándose en ecos a la atmósfera sofocante. El golpe no le dolió hasta unos segundos después. No podía moverse. Tirada en las hojas, con la tierra húmeda manchando su pelo y su ropa, comenzó a sentir cómo no eran sus manos las únicas que sangraban. A penas podía respirar. El labio le dolía mucho, y sentía en su boca el olor de la sangre. A sus oídos llegaron retazos de un forcejeo, y un gruñido. “Ferro”, pensó. Oyó encabritarse a un caballo, y la voz del hombre corpulento gritar mientras el acero chocaba contra la vaina. Un gemido agudo. El grito de Denwas. La tierra daba vueltas. Consiguió ver cómo su amigo le daba una fuerte patada al otro hombre, y cómo éste le propinaba un sonoro golpe con su guantelete. Pronto otra figura rodó junto a ella en la tierra y se arrastró hasta que pudo sentir su respiración contra su cara.

- ¡Breyne! ¡Cabeza hueca, escúchame! ¿Me oyes?

La voz le llegaba distorsionada. Quería decirle que estaba bien, que no se preocupara, pero no podía moverse. Le dolía todo el cuerpo. Vio una gigantesca sombra que se alzaba tras la espalda de su amigo. Un brillo metálico teñido de sangre. No tenía más fuerzas, pero no podía dejar que aquella cosa se acercara. Lo sabía. Denwas iba a morir. Por su culpa. Por no saber entender ése nuevo y brutal mundo en el que se hallaban. Iban a morir todos. La sombra se acercó más.

- No… - logró musitar.

Y surgió de nuevo. Aquello que había luchado por esconder, aquello que precisaba toda su fuerza de voluntad para no aflorar.

Un rayo de luz rasgó el aire con un rugido que heló sus propios huesos. Sintió cómo la dama encapuchada retrocedía, espantada. Y un fuerte golpe llegó a sus oídos. Lo había hecho. La sombra había caído. Estaban a salvo.




Cuando despertó, se encontró sobre la espalda de alguien familiar. Aspiró su cabello castaño, pero un pinchazo en los pulmones la detuvo con un dolor agudo. Gimió y volvió a desmayarse.

La segunda vez que despertó estaba tendida en el suelo. Denwas estaba junto a ella, cogiéndole de la mano. Había anochecido ya, y la zona estaba iluminada por una hoguera lejana. Dos figuras hablaban en susurros allá, pero ella no les prestó atención. Cuatro caballos, entre los que estaba un nerviosísimo Abenuz, estaban atados en el linde del camino.

- Den…

- ¡Oh, por fin!- su amigo sonrió de oreja a oreja, y ella supo que había estado llorando. Tenía un ojo amoratado y una brecha en la mandíbula. Se echó sobre ella y la abrazó con fuerza, aunque cuidando de no hacerle daño.

- Estoy… estoy bien…- con un esfuerzo sobrehumano logró poner la mano sobre su espalda.

- Dioses, ¡creí que no ibas a despertarte nunca! Gracias al cielo que no has… ¡gracias! ¿En qué estabas pensando? ¡Podían haberte…

- No voy a morirme por un puñetazo- intentó sonreír, pero notó que la sangre volvía a manar de sus labios.

- ¡No te muevas!- exclamó una voz femenina a su espalda. Ante sus ojos apareció el rostro de la mujer encadenada, que llevaba las manos manchadas de hierbas y barro. Olía fatal. Intentó resistirse pero sólo consiguió que un dolor lacerante en el costado le hiciera gemir. Dejó que le pusiera el ungüento en los labios y procuró no moverse- Solo se te ha partido. Volverá a su lugar pronto. Lo peor son esas costillas.

- ¿Las costillas?- preguntó Denwas asustado.

- Se ha partido dos en la caída. Aunque no creo que le haya afectado a ningún órgano vital- se giró hacia ella, que no comprendía del todo-. Has tenido suerte, chiquilla.

- ¿Qué se supone que intentabas?- le gritó Denwas, ahora enfadado- ¡Casi te matan! ¡Casi nos matan!

- Denwas…- una imagen cruzó su mente, y su rostro se transformó en una máscara de terror- Dime que no es cierto… dime que no ha pasado… dime que no ha…

Los tres quedaron en silencio, un silencio incómodo. Él desvió la mirada y no dijo nada. Breyne se levantó con esfuerzo, y se quedó mirando la hoguera. Faltaba una figura. Faltaba el caballero musculoso. “Ha ido al bosque. No se ha ido” se dijo, mientras sentía que su corazón empezaba a latir al doble de velocidad. “Sigue vivo. Sigue vivo. Está en algún sitio”. La dama de gris se giró, y sus ojos verdes llamearon con furia, golpeándola con la fuerza de mil puñales.

- No…

- Ha muerto, Breyne.

- ¡No ha muerto! ¡Está en el bosque!- gritó, intentando creer en su propia mentira.

Percibió que su amigo le cogía la cara con las manos, suavemente, y la obligaba a mirarlo directamente a los ojos. Todo daba vueltas. Se fijo en los dos puntos oscuros que brillaban a la luz del fuego. Sintió cómo una lágrima caía por su mejilla y le llegaba a los labios. Salada. Salada como el mar.

- Ha muerto, Breyne. Has matado a un hombre.

Reptó sobre su espalda hacia atrás unos centímetros. Solamente quería apartarse de él, apartarse de la sucia mujer, perder de vista la hoguera. Pero no pudo, el dolor le impidió respirar. Perdió el aliento. Todos estaban compinchados. Todos. Hasta Denwas. Querían hacerle creer que era una asesina, eso era. Ella no era una mala persona. Era una buena chica, su padre lo decía. Su padre no había muerto por su culpa, no. Todo eran coincidencias. Estúpidas coincidencias.

- Oye…- susurró Denwas, alargando una mano hacia ella.

- ¡No te muevas!- siseó, para después echarle en cara una sola palabra- ¡Traidor!

Él no le hizo caso y, ante el horror de Breyne, apoyó la cabeza en su hombro. Ella intentó zafarse, intentó escapar. Pero era inútil. Estaba acorralada. Por fin sus ojos se derramaron, por fin el peso empezó a aliviarse. Se dio cuenta de que estaba aferrada a la espalda sangrante de su amigo, y de que él la sujetaba impidiéndole caer. El mundo desapareció ante sus ojos, y solo quedaron ellos, envueltos de una profunda oscuridad. Frío. Las lágrimas se mezclaron con la sangre. Estaban juntos. Como siempre.

jueves, 11 de septiembre de 2008

2. 6_ Hagga

La nieve caía en el norte, lenta pero sin pausa. El viento frío y cortante había reventado sus labios, de los que resbalaban gotas de sangre que sabían a hierro. La capa de conejo, raída y remendada, se arremolinaba tras su cuerpo. Los hilos de plata de su cabello estaban teñidos de un sudor frío, y su rostro, rojo a causa del frío. A Hagga le temblaban tanto las piernas que no sabía si conseguiría llegar a la aldea, que ya estaba a media hora de camino y se delataba por el humo lejano de las chimeneas. Afortunadamente, ningún animal había salido a su encuentro. Incluso ella sabía lo peligrosos que eran los lobos hambrientos, aunque llevase la horca de tres puntas con ella. A veces le parecía que era un simple palo de madera inútil.

Cuando llegó, tiritando, a la posada, las luces de las casas estaban apagadas y el silencio sepulcral atenazaba los bosques y campos que rodeaban la villa. De una de las casas de las afueras colgaba un letrero de madera, en el que, toscamente escrito en alfabeto cirílico ponía “posada”. A través de la ventana, que tenía las cortinas cerradas, se adivinaba el titilar de una vela. Hagga se desmoronó contra la puerta, y llamó con tres fuertes golpes. Al minuto escuchó unos pasos bajar una escalera, y un gruñido malhumorado.

Cuando se dio cuenta, estaba tirada en el suelo. La puerta se había abierto, y al desaparecer su apoyo, había caído. Alzó la vista poco a poco para encontrarse con un hombre barrigón, de rostro tirante y ojillos maliciosos que exhibía un gesto de rabia.

- Por favor…- musitó hagga. Le dolía la garganta como si sus cuerdas vocales se hubieran convertido en tiras de cuero helado- cama. Cama y agua…

- ¡Entra!- espetó el posadero, alzando el candil para observar la cara de la recién llegada- ¡Rápido!

Hagga se levantó haciendo un acopio de sus últimas fuerzas y siguió al posadero penosamente apoyada en la horca. El hombre la llevó a una gran sala atiborrada de mesas y sillas toscas de madera. La chimenea iluminaba la estancia y le daba calor, calor que ella agradeció como un regalo del cielo. Se derrumbó en la silla más cercana al fuego, sin fuerzas para más. Cuando alzó la cabeza, el posadero había vuelto con un vaso de agua caliente especiada.

- Bebe- le ordenó. Hagga miró el contenido del vaso, oscuro y con grumos, pero aún así tragó y tragó. Sabía a miel y especias, a agua muy caliente, dulce y a la vez agrio. Le quemó la garganta al pasar-. Paga.

Hagga rebuscó en su bolsillo. Dos monedas de cobre. Se las tendió al posadero, que la miró con los ojos entrecerrados.

- Es todo lo que tengo- susurró con voz rajada. Clavó sus ojos de cierva en él, y vio cómo la expresión dura del hombre se ablandaba un poco-. Trabajaré para conseguir más. Puedo ponerme a fregar…

- No, niña- la cortó-. Vete a dormir. Segunda habitación a la izquierda, al subir la escalera. Mañana hablaremos del precio.

Y le tendió una llave enmohecida. Hagga no podía siquiera sonreír. Y menos coger la llave. Se derrumbó definitivamente de la silla y cayó al suelo, donde quedó inconsciente.

Cuando despertó un poco de luz le daba en la cara. Abrió los ojos añiles un poco. Junto a ella, sobre la mesita de madera, había una vela palpitante. Al otro lado de la ventana era noche cerrada. Se incorporó poco a poco, y sintió cómo le dolía todo el cuerpo. De su frente cayó un trapo húmedo. Apartó las sábanas y poco a poco puso los pies en el suelo de madera. El pelo, sucio y desgreñado, había perdido su tono blanquecino para hacerse grisáceo. Su cara estaba pálida, más pálida de lo normal. Se notaba tan débil que no sabía si sus piernas la sostendrían.

Avanzó poco a poco por la sala estrecha, apoyándose en las paredes. Tras ello, abrió la puerta y sintió una ráfaga de aire cálido impactar en su rostro húmedo. Aunque sentía el frío fuera, allí hacía calor, un calor asfixiante pero reconfortante que venía de las chimeneas y las antorchas.

Al final del pasillo había una puerta. La abrió y se quedó mirando los escalones a la vez que se deslizaba sobre ellos, solamente poniendo atención en la roca que…

- ¡Auch!- le gruñó un hombre- Ten más cuidado, ¿quieres?

- L-lo siento. Perdone- musitó ella, mirándole la cara, angulosa y de mandíbula cuadrada, rajada por un par de cicatrices. Le daban un aspecto terriblemente fiero, acentuado además por dos ojos esmeralda. El cabello, oscuro y lacio, le caía a mechones desde su cabeza de bruto, hasta los anchos y musculosos hombros que coronaban un pecho de toro, también cubierto por cicatrices, y que su camisa maltratada por la intemperie no podía cubrir sin estar tirante. De su cinturón pendía una gran hacha. Hagga alzó sus ojos asustados hasta los del desconocido, y se echó un poco atrás, asustada. El hombretón frunció el ceño y, con un manotazo que pretendía ser delicado, la apartó un poco y siguió su camino a la vez que soltaba un gruñido bajo-. ¡Disculpe!- volvió a decir, pero él no dio muestras de haberla siquiera oído.

Siguió bajando, y llegó a la sala principal. Pudo ver unas cuantas mesas circulares, algunas de ellas estaban ocupadas por pequeños grupos que jugaban a las cartas o charlaban, otras estaban invadidas por borrachos, las demás, vacías. Junto a la chimenea, un hombre tocaba el laúd, quedando su melodía enterrada por las risas y los gritos. Pero aún así, el juglar alto y delgaducho continuaba con los ojos cerrados, moviendo los dedos por las cuerdas, haciéndolas reír y llorar.

- ¿Ya has despertado?- preguntó una voz familiar a su lado. Se giró y se encontró con el posadero tripón.

- S-sí.

- ¿Cómo te encuentras, jovencita?

- Creo que me estoy recuperando…

- ¿Cómo piensas pagar tu estancia? Has dormido dos días enteros. Me temo que con eso que llevas no tienes ni para empezar.

- Pero… es lo único que…

El hombre sacudió la cabeza, y Hagga pudo entender que en el fondo no quería echarla. Estaba enferma, y si la dejaba sin un techo y una cama, moriría.

- Lo siento.

- No, espera. Puedes ayudar en la cocina un tiempo, o servir las bebidas si quieres. Eso nos compensaría por la ingrata de Katrina- estuvo a punto de escupir al pronunciar su nombre, pero recordó que estaba en su establecimiento y lo pensó mejor-.

- De acuerdo, puedo empezar ahora mismo.

- No- la paró poniéndole una mano en el hombro-. Tiemblas tanto que derramarías la cerveza y se armaría una pelea. Será mejor que hoy descanses, que te sientes y disfrutes de la chimenea con una manta por los hombros. Te sacaré algo de caldo caliente. A demás, fuera hay una ventisca y nieva como si todos los diablos del infierno escupieran flemas sobre nosotros. Será mejor que no te muevas de aquí.

Hagga le dio las gracias y se sentó en una mesa vacía cercana al fuego. El posadero le acercó una manta y una taza llena de caldo humeante. Cuando se marchó de nuevo Hagga se concentró en las llamas danzarinas, y a sus oídos llegaron los sonidos de las cuerdas. El trovador movía la cabeza lentamente mientras tocaba. A la joven le parecía que el fuego se movía al ritmo del laúd. Fue entonces cuando se fijó en la letra que cantaba en voz muy baja el músico errante.

Abrirán las puertas del cielo,

Caerá su canto sobre nuestras cabezas,

Y nuestros pies arderán en el infierno

Mientras mueren los señores en lo alto.

¿Te salvarás tú del hielo y el fuego?

Hagga desvió la mirada de la chimenea y la clavó en él. Tendría dos o tres años más que ella, o al menos eso parecía a simple vista. Su cabello castaño oscuro, recogido en una coleta baja, caía hasta mitad de su espalda. Alcanzó a verle unos ojos grises como la tormenta, y en su barbilla (que sobresalía, fina, de su rostro delgado) crecía pelusa de tres días, aunque no demasiada. Tenía los pómulos altos, que le daban un aspecto casi aristocrático a su rostro. Las vestiduras excéntricas no eran fáciles de pasar por alto: un sombrero del que caía una larga pluma de halcón, capa de color tierra con bordados (algo viejos, Hagga lo veía) de flores en color azul claro. El cuello de la camisa negra, hacia arriba, le cubría el cuello y acababa en las mejillas, y se ensanchaba desde los hombros y se mecía en dos largos trozos de tela. En su cintura brillaban dos cinturones cruzados. Los pantalones, abombados y de rayas de los mismos colores que su capa, acababan dentro de unas botas de caña negra que contaban con espuelas. Parecía que no iba armado, pero recordó que, con los errantes, no había que fiarse de las apariencias.

El posadero pasaba por allí, y Hagga lo llamó con timidez.

- Disculpe, señor- titubeó en un susurro-. ¿Podría decirme quién es el trovador?

- Ah- suspiró, aliviado-, te refieres a Sir Pico de oro.

- ¿Es un noble?- preguntó, sorprendida. El hombre se rió por lo bajo.

- No, pequeña. Es solo un cantante errante. Pero lo llamamos Sir por la forma que tiene de hablar. A veces es difícil entender lo que dice. No parece muy dado a rebajarse- sacudió la cabeza, como desaprobando su comportamiento-.

- Ahm…

- Todo lo demás, es un misterio. Cierto que canta bien, y quizá por eso lo toleran aquí toda esta panda de patanes- miró en concreto a un grupo de hombres que se emborrachaban en una de las mesas-.A demás, hay algunos aquí que le tienen… ¿Cómo decirlo? Respeto.

- ¡Pero si a penas lo toleran!- no pudo evitar exclamar, contrariada.

- Sí, es cierto que Sir Pico de Oro siempre está en un segundo plano. Pero, por alguna razón que yo no sé, todos estos evitan meterse con él- Se incorporó, y se dispuso a continuar con su trabajo, con un suspiro-. ¿Quién sabe?

Se alejó entre las mesas, dejó las jarras y los picheles y volvió a meterse en la cocina. Hagga apartó la vista del juglar y la hundió en la gran taza de caldo. Bebió otro sorbo, absorta en sus pensamientos. ¿Quién iba a decirle que, en ese mismo día y momento, iba a estar en medio de desconocidos? Algunos de ellos eran fornidos y llevaban armas a la espalda o en la cintura. Otros iban con extrañas vestiduras de todos los colores y clases. Capas, capuchas, brazaletes, guantes, cotas de malla… Hagga los miró con interés, aunque siempre con disimulo, no fuera a causar algún problema. Muchos de ellos parecían temibles, y los demás… Hagga sabía que no debía fiarse de lo que percibiera a simple vista. A lo mejor uno (o más) de aquellos que parecían inofensivos era un hechicero poderoso, de los que habían resurgido cuando el mundo se partió. Y ése era uno de los tantos temas de los que nunca había alcanzado a comprender y que, para la mayoría de personas, era un enigma. ¿De verdad sus poderes habían comenzado con el Desmembramiento? ¿O estaban ocultos y solo los dejaron fluir cuando apareció La Grieta? ¿De verdad todos los hombres y mujeres que manejaban magia eran malvados? ¿De donde venía su poder? ¿Cuál era la fuente? Hagga no lo sabía, y dudaba que lo descubriera algún día. ¿Cómo descubrían sus poderes? ¿Llegaban así, de la noche a la mañana, convirtiendo a una persona como tantas otras en un hechicero, o por el contrario se nacía con ellos y toda la vida era un aprendizaje? ¿Cuántos tipos de magias existían? Hagga había oído hablar de la magia negra toda su vida, de la magia de los demonios, que era lo que, según decían, englobaba a todas las demás. Pero ella lo dudaba. ¿Cómo podía algo tan magnífico ser tan malo?

Estaba pensando eso cuando se dio cuenta de que no oía la música. Y cuando alzó la vista, el trovador estaba sentado en su misma mesa, frente a ella.

- Buenas noches- saludó el hombre, quitándose el sombrero y haciendo un aspaviento con él-.

- Buenas noches.

- Esperaba que pudiera sentarme con vos. Sois una cara nueva a la par que hermosa. Decidme, ¿qué os trae por la villa de Rybinsk? O lo que queda de ella, por qué ocultarlo- carraspeó con desinterés-. No hay que ser muy agudo para ver que aquella ciudad murió hace tiempo atrás… y que la mayoría de los supervivientes se han refugiado aquí.

- Vivía a unos días de camino de aquí. He venido buscando a alguien.

- Pues, si es forastero y no está aquí… de seguro no lo encontraréis en Nueva Rybinsk.

- ¿Cómo lo sabes?

- Como comprenderás, en un pueblo pequeño se conocen todos, y más si está ubicado en un lugar tan frío como éste. Es de lógica que, si un forastero (y por lo tanto desconocido) llega al lugar, venga como tú a la posada. Y que esté de paso. Lo más seguro hacia el suroeste. Probablemente Varsovia o Ámsterdam. Eso si siguen allí. Pero en un lugar tan frío como este, y siendo invierno… se avanza poco a poco, y más aún si vas en soledad- la miró con sus ojos grises-. Muchacha, ¿vais vos en soledad?

- Yo…

- No, no digáis nada. Está claro que nadie os acompaña. Os veo perdida, y miráis a los demás con curiosidad. ¿Me equivoco?

Hagga sopesó su pregunta con desconfianza. ¿A dónde pretendía llegar aquél charlatán? ¿Qué respuesta iba buscando? Y, lo más importante: ¿Qué haría cuando la obtuviera?

- Busco a alguien, eso es todo. Sí, voy sola. Pero sé cuidar de mí misma- susurró, todo seguido. El bardo sonrió de medio lado.

- Y, por lo que veo, no tenéis dinero. ¿Quién si no bebería un poco de caldo caliente en una taberna? Solo un pobre, enfermo y enfriado. El perfil de un vagabundo. Tus ropas también son de vagabundo- observó-.

- Lo sé- reconoció, y torció el gesto mientras se tapaba un poco con la manta. Había olvidado lo sucia y penosa que iba, y parecía que Sir Pico de oro iba a recordarle que solo era una estúpida aldeana perdida.

- ¿Cuál es tu nombre, dama errante?- preguntó él.

- Puedes llamarme Hagga- dijo ella, en un esfuerzo por ser amable, y le tendió la mano. Mano que Sir Pico de oro no aceptó, sino que se echó un poco hacia atrás con una fina y momentánea mueca de desagrado.

- Vos ya sabéis cómo llamarme- suspiró, y arqueó las cejas, como si eso no fuese con él-. Ya os habrán dicho, sin duda, el estúpido mote que me han puesto aquí. Tened por seguro que no pretendía permanecer aquí más tiempo del preciso, pero esta proterva tormenta de nieve me ha retrasado.

- ¿Hacia dónde vas?- preguntó ella, interesada.

- Como todos los demás, mi camino sigue hacia el sur. Me oriento hacia Varsovia, en primer lugar, y después hacia Viena. No sé si siguen allí, pero me han dicho que hay muchos problemas políticos. ¿Veis a todos estos hombres?- Haga asintió con la cabeza- La mitad de los que aquí se encuentran en el grupo de mercenarios al que me uniré para seguir mi camino. La mayoría de los gobiernos necesita brazos fuertes que los defiendan y aseguren su poder. La otra mitad- bajó la voz y la cabeza, y habló en un susurro- son errantes o fugados: hechiceros y asesinos. Deberíais tener cuidado con esta gente.

- Me estás asustando- musitó ella, mirando a los demás con temor.

- Oh, pero ellos no suelen ser mala gente. A los hechiceros, me refiero. Cierto es que hay de todo. Incluso locos que creen tener un plan para dominar el mundo. Otros simplemente sobreviven, atormentados por sus propios poderes. El caso es que, donde hay mercenarios, debe haber lugares donde alojarse. Posadas, burdeles… y esos lugares precisan gente como yo. Artistas que alegren sus largas noches. Claro que a unos políticos les interesa eso más que a otros… Pero no es algo de lo que hablar aquí, ¿no creéis?

- Tienes razón- aceptó ella.

- Bien, pues. Me retiro a mis aposentos, quién sabe si mañana habrá arreciado esta tormenta, o si ya se habrá disipado- se levantó ágilmente, y volviendo a ponerse su sombrero emplumado le lanzó una sonrisa aburrida-. Que tenga dulces sueños, señorita.

- Lo mismo digo- dijo ella.

Sir Pico de Oro se alejó y se perdió en la escalera. Hagga se fijó en que habían llamado la atención de algunos de los otros clientes, que se limitaron a mirarla con interés unos momentos y después volver a reír con los demás y beber cerveza.

Al día siguiente la tormenta no solo no había amainado, sino que el viento helado golpeaba las ventanas con más furia y el paisaje, las calles y los tejados se habían vuelto invisibles bajo la espesa manta blanca de nieve. Hagga descubrió, aliviada, que el sueño había sido reparador para ella. Se despertó y, sin esperar a que el posadero le mandara qué hacer, empezó a colocar las mesas y las sillas. Para cuando el hombre bajó, la sala central se encontraba preparada, el fuego encendido, el suelo barrido, los vasos y platos brillantes, los cuencos de madera limpios. Y a Hagga fregando, con la ropa torpemente remendada y los brazos y cara limpios. Se había recogido el cabello bajo un pañuelo (que al fijarse reconoció como un jirón de su falda). En un barreño flotaban las otras prendas que no estaba usando en ese momento, empapadas en agua y jabón.

- Buenos días- saludó ella con una sonrisa-. Gracias por haber permitido que me quede aquí…

- Vaya- dijo el hombre, sorprendido-, parece que te lo estás tomando en serio.

- Si hay algo que he aprendido es que hay que dar algo por lo que te ofrecen, aunque no tengas oro para pagar. Disculpe las molestias de estos últimos días. Comprendo que deba trabajar duro para pagar lo que he usado.

- Bueno, entonces no hay problema… pero ¿te encuentras bien?

- Sí, aunque a veces aún estoy un poco débil y estornudo, pero el resto está bien. A demás, no me permitiría seguir abusando de la hospitalidad que me dais.

El posadero sacudió la cabeza, extrañado. Se rascó el cráneo, y se encogió de hombros. Se dio la vuelta, y Hagga lo escuchó mascullar algo mientras se marchaba.

- ¿Quién iba a decir que un mercenario sería tan amable? Quizá los juzgue demasiado rápido…

Ahora le tocó a ella el turno de quedarse pasmada. ¿Aquél hombre la había tomado por una mercenaria? No podía ser… ¿una chiquilla que a penas tenía un par de monedas y vestía con harapos? Pensó un momento, y se le ocurrió que todos aquellos hombretones fieros que pronto acudirían a pedir su desayuno deberían haber empezado de forma similar. Una duda asaltó a Hagga: ¿podría ella convertirse en uno de ellos? Negó con la cabeza y siguió concentrada en los vasos y jarras.

jueves, 21 de agosto de 2008

2.5_ Astaroth.

Hola!

Por primera vez ( y una de las pocas que lo haré) el capítulo se centra en Astaroth. Creo que me estoy encariñando un poco con el personaje... no sé. ^^

Este trozo me apetecía escribirlo, sobre todo, para describir la atmósfera en el infierno, que mientras avance la historia irá cobrando importancia, al igual que Jisyar. Por cierto, estoy trabajando en un mapa de cómo ha quedado la Tierra tras el desmembramiento, y cuando mi escáner resucite (no sé cuando será eso) lo pondré por ahí.

Lo que sí os dejo hoy es una advertencia de que este capítulo es bastante largo para publicarlo en modo blog, cosa que me da rabia. Y otra es que me he basado en la descripción de el infierno según Dante para hacerlo. Aquí pongo una de las imágenes que he encontrado (había muchas y se contradecían entre ellas) y, si bien no es exáctamente como yo lo he hecho, he intentado serle fiel en la medida de lo posible. (Para mí, la ciudad de Dis engloba los pecados más crueles y no solo a los herejes)


y este es el sitio donde encontré la información, a parte de la wikipedia:

http://copepodo.wordpress.com/2007/03/04/el-infierno-segun-dante/

A todos los que lo leen (y aunque solo sean una o dos personas) gracias. ^^

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Odiaba a los humanos. Odiaba sus lloriqueos, sus estúpidas quejas, sus caras de miedo cuando los mataba. Odiaba sus palabras, sus cambios, sus pensamientos. Odiaba sus ojos desorbitados y sus temblores, su estupidez. Pero, sobre todo, odiaba su vanidad.

Caminó con paso rápido y seguro por el pasadizo, y sus botas retumbaron en la galería subterránea.

La roca estaba pulida y lisa por millones de pasos durante toda la eternidad, trabajada creando un pasillo recto y oscuro sobre el abismo, como un puente negro sobre un negro más negro y profundo todavía. A los lados había brasas y llamas que se alzaban como una pared ardiente que devoraba el aire en su cálida danza. El puente de Srid-Hajol era así, y su comienzo y final estaban flanqueados por dos gárgolas de piedra que se miraban entre ellas, y en sus cuencas había brasas. Muy por debajo del puente (el cual solo podía ser cruzado por demonios de la nobleza, pues si no las gárgolas despertaban) corrían las aguas del olvido, que desembocaban en la laguna Estigia.

La capa se arremolinaba tras sus talones con cada paso. Al final emergió en la oscuridad el último tramo del puente. Los ojos de las gárgolas guardianas brillaron cuando pasó entre ellas, pero siguieron inmóviles. El puente daba a una bifurcación de caminos, tres pasadizos (uno para cada punto cardinal) se abrían y reptaban como serpientes huecas de piedra en la tiniebla, siendo Srid-Hajol el que llevaba al oeste. Astaroth siguió hacia el norte esta vez. Conforme avanzaba se iban encendiendo las antorchas a sus lados, y cuando las dejaba atrás se apagaban con un siseo. En el suelo se veían huesos partidos, costillas y calaveras, pero ni rastro del resto. Al final del pasillo, tras innumerables curvas, se abría una escalera de caracol de piedra tan oscura como la anterior, sin pasamanos. El techo se elevaba hacia el infinito, perdiéndose en las sombras. Los muros estaban decorados con tallas macabras que representaban la caída de los ángeles. A Astaroth le gustaba mirarlos, pues siempre descubría detalles nuevos, rostros que parecían aparecer de un día para otro, y partes que desconocía. Había pasado la eternidad en esa cárcel negra y oscura, y había visto muchos murales como aquel, aunque todos diferentes. Pasó la mano sobre ellos al tiempo que iba descendiendo la escalera. Al fondo se dejaba ver el fuego y la luz, y con ella, ascendía el calor sofocante.

El descenso le ocupó veinte minutos aproximadamente. En el hueco de la escalera había un fuego encendido en el interior de un caldero, vigilado por dos demonios menores, bestias barrigonas y nauseabundas, casi pútridas, condenadas a vivir para toda la eternidad en esa piel grasienta que a penas ocultaba sus vísceras. A Astaroth se le revolvía el estómago cada vez que los veía, pero hacerlo era una de sus medidas para no olvidar que si perdía las ganas de vivir, acabaría convertido en uno de ellos. Los dejó atrás.

Ante él se abrían los muros de la ciudad de Dis. La ciudad, de muros de hierro forjado grueso y puntiagudo, quedaba cercada por una gran puerta de hojas del metal más grueso y duro del averno. En ella, como en la roca de las escaleras, habían figuras de los malditos, torturas, asesinatos, mujeres y hombres copulando, y sobre ellos una inscripción: He aquí la ciudad de Dis, capital de la maldad. El pergamino férreo estaba sujeto por dos ángeles caídos, una hembra y un macho, que con la otra mano se acariciaban el sexo. Astaroth pasó bajo la inscripción sin fijarse en ella siquiera.

Al otro lado, se abría la ciudad de edificios de piedra, castillos altos y oscuros, con ventanas de arcos apuntados, nervios largos y estilizados, rosetones (algunos rotos, otros intactos), con grandes puertas ricamente decoradas. Algunas de ellas eran hermosas, otras seguían el característico patrón de crueldad de las demás esculturas. Las calles y caminos estaban adoquinados, aunque las lluvias de brasas y fuego habían hecho agujeros en ellas, y también en las paredes. Continuó la marcha perdido en sus propios pensamientos. De vez en cuando se cruzaba con otros diablos. Primero, con uno de su clase que avanzaba con la mano en la empuñadura de su espada. Después, una litera de madera que llevaban ocho demonios menores. La diablesa, hermosa y con expresión lasciva, descorrió la cortina y lo miró con descaro. Él inclinó la cabeza al pasar en forma de saludo y siguió su camino sin detenerse. Ella se abanicó con la mano. Astaroth sabía que era inútil. El azufre y el calor eran tan parte del aire que solo conseguiría más sudor… pero quizás era lo que ella deseaba.

Sus pasos lo llevaron hasta su palacio. Llamó con tres fuertes golpes a la puerta de hierro, y un criado se apresuró a abrirle.

- ¡Amo!- exclamó el mayordomo, un diablo de pelo canoso, ojos sabios y mirada turbia- No le esperábamos. No creíamos que fuerais a volver tan de repente.

- Por eso estás aquí, por no creer- sonrió, y después soltó un suspiro-. Por fin en casa. Barbatos, ordena que me preparen el baño. Llama a Rusalka y a Deborah. También me apetece algo de comer.

- En seguida, mi señor- y se alejó hacia la cocina, mientras él descendía por las escaleras hasta llegar al baño.

Astaroth entró en el baño, una piscina de agua caliente que las luces hacían roja como la sangre, de la que emergía vapor, lo esperaba. Mientras se desnudaba, el nivel del agua iba subiendo. “Barbatos siempre ha sido muy eficiente”, pensó. Cuando acabó, descendió los peldaños de mármol rojo y brillante, y caminó hasta que el agua le cubría por la cintura. Sumergió la cabeza. El agua limpió su cabello y el sudor de su poderosa espalda, de sus brazos y su pecho. Goteó de su pelo como perlas de rubí, para sumergirse en un lago de diamante rojo y relumbrante. Tras él escuchó las pisadas tenues, delicadas, y las risitas de las gemelas. Cerró los ojos y se recostó contra el bordillo de la piscina con una sonrisa.

Rusalka y Deborah eran iguales excepto en los ojos y en el carácter. Rusalka, de ojos color dorado como los de una gata y dulce a la vez que traviesa. Deborah, guerrera, lasciva y con ojos azul mar. Eran hermosas, con la larga mata de cabello blanco como la leche y la piel oscura, ataviadas con sedas casi transparentes que dejaban a la vista sus cuerpos. Rusalka, casi siempre de colores rosados y púrpuras, Deborah en tonos anaranjados y carmines.

Ambas bajaron las escaleras y lo miraron, sonriendo con sus dientes blancos y sus colmillos alargados. Las súcubos movieron sus sensuales caderas mientras caminaban hacia Astaroth, y sin quitarse las prendas entraron paso a paso en el agua. Las telas vaporosas quedaban en la superficie, moviéndose con las ondulaciones de la piscina alrededor de ellas. Se acercaron a su amo, pasearon sus ágiles dedos por su pecho, y lo besaron en los labios, mordiéndolos sin llegar a hacerle daño, clavando sus ojos felinos entrecerrados en el rostro del diablo. Él las acarició, sintiendo cómo sus besos y sus manos iban haciendo reaccionar a su cuerpo.

Las había encontrado hacía unos años en uno de los burdeles de la ciudad. Habían sido prostitutas en vida, y también en la muerte. Parecía que habían sido envenenadas por una esposa celosa, y ellas odiaban su forma de ganarse la vida… ¿qué mejor tormento que ser obligadas a seguir haciéndolo el resto de la eternidad? Así se habían convertido en súcubos muchos siglos atrás. Pero Astaroth pudo aliviarlas un poco de su sufrimiento, pues aunque seguían siendo meretrices, ahora solo eran suyas y él no las trataba como los brutales diablos a los que eran obligadas a servir. Siempre había sido un rebelde, y lo seguiría siendo en el infierno, desafiando las leyes dictadas por los de arriba. Y si con ello podía ganarse placer, todavía más.

Enterró el rostro en la espalda de Rusalka y enredó las manos en su pelo blanco mientras las dejaba hacer su deber. Justo cuando estaba a punto de terminar…

<Diana>

- Mi señor- ronroneó Rusalka unos minutos después con una sonrisa en los labios- hacía mucho tiempo que no venías a vernos. ¿Tan ocupado estás?

- Si estás tenso confía en que nosotras te aliviemos- gorjeó Deborah desde los escalones, donde se había sentado para secarse el pelo al tiempo que disfrutaba de la calidez del agua.

- Sí, estoy muy, muy, muy ocupado- susurró haciendo morritos mientras atraía a la dulce súcubo hacia él y esta reía de contento-. Pero echaba de menos vuestros ojitos y vuestros labios. Estoy tan ocupado que a penas tengo tiempo para vuestros mimos- posó un beso en su hombro y la soltó; le apetecía estar solo-.

Se alejó de ella con pasos decididos, dejándole un gesto tristón en el rostro. “Esta chica es insaciable” pensó. Cuando pasó junto a Deborah, ésta mordió su muslo, pero no se detuvo. No se molestó en ocultar demasiado su desnudez. Se ató a la cintura la toalla y, tras decirles que limpiaran su ropa, subió las escaleras hasta su habitáculo, en el tercer piso. Se dejó caer sobre la cama, y cerró los ojos. Se permitió relajarse, sentir el fuego que corría por sus venas, sentir las brasas ardientes en su cabeza, en sus ojos. Sonrió. Él había sido hecho para eso, para dejarse llevar por la ira, igual que los otros seis grandes nobles del averno.

Astarte, su hermana, poseída por la avaricia y esposa de Mammon; Asmodeo, protector de los súcubos e íncubos, dado por completo a la lujuria junto a su pupila Belial; Belcebú, señor de las moscas, consumido por la pereza…

Astaroth se el cráneo y bostezó. Hacía tanto tiempo que no estaba en aquella casa…

Su habitación estaba pintada de un color granate que contrastaba con los adornos en tonos hueso, líneas que creaban extensas redes de flores tejidas en las esquinas. Se abría un gran arco apuntado hacia el balcón, flanqueado por dos pesadas cortinas de terciopelo rojo. En el lado opuesto, un espejo roto. Los muebles de madera (una cómoda, un armario y una mesa baja de tres metros de largo) se disponían ordenadamente gracias a sus criados. Sobre la última se acumulaban caóticamente (eso sí lo había puesto él) velas, lámparas de aceite, pulseras de oro y gemas, inciensos de olor a azufre y a flores (olores que traían recuerdos a Astaroth), y algunos curiosos objetos. Entre ellos, una vasija que evitaba abrir a toda costa.

Astaroth se la quedó mirando unos instantes. Seguidamente se dio la vuelta y hundió el rostro en la suavidad de los almohadones, sintiendo la seda acariciarle la piel. Cerró los ojos, y durmió.

Lo despertó el sonido de las campanas una hora después. Se levantó de un salto y corrió hacia el balcón, dejando su furia emerger. Lanzó un rugido a la ciudad, a la vez que perdía el control y le crecían las alas. Ese maldito campanario… un edificio indestructible, en lo más alto de la caverna, cuyas campanas repiqueteaban una vez cada hora, impidiendo el sueño a los demonios que aún no se habían acostumbrado a su poderoso tañido. Astaroth controló su furia mientras respiraba agitadamente, y paseó la vista por la panorámica de la ciudad. Recogió poco a poco sus apéndices retráctiles y los ocultó a la espalda, bajo sus omoplatos.

Su palacio estaba en la colina del este, una zona elevada rodeada de murallas de piedra, donde moraba la nobleza demoníaca. Pero los diablos mayores preferían vivir protegidos unos de otros, por lo que cada palacio contaba con sus muros defensivos y sus ejércitos vasallos, a parte de con las alianzas o enemistades con los demás nobles. La ciudad por completo estaba sumergida en un estado de caos controlado por Lucifer.

Astaroth llamó a Barbatos, que se presentó ante él sin demora.

- Haz que ensillen a mi corcel- ordenó mientras se ponía la ropa interior y los pantalones-. Voy a visitar a mi hermana.

- En seguida, amo.

Astaroth hizo que abrieran para él y su escudero Pruslas la puerta principal. La pesadilla (un gigantesco y poderoso caballo negro de batalla, de aliento y crines de fuego y ojos rojos que brillaban como ascuas) piafó cuando se le pidió el trote, pero no se atrevió a desobedecer a su dueño. Por donde pasaban, los demás diablos hacían una reverencia, e incluso los nobles bajaban la cabeza. “Cobardes y traidores” pensó, pero se limitó a espolear a su corcel infernal para dejarlos atrás.

Al llegar a las puertas de su hermana, ésta lo esperaba para darle la bienvenida.

- Mi bienamado hermano- lo besó en la frente cuando desmontó-, pasa a mi humilde casa.

- Hoy estás hermosa, Astarte- la dama iba ataviada con un magnífico vestido blanco que la hacía refulgir como un ángel, con su cabello negro y largo ondeando en la brisa ardiente-. Cuánto me alegro de verte.

El palacio de Astarte y Mammon era de todo menos humilde. Las paredes refulgían con gemas y diamantes, en sus paredes se abrían numerosos balcones, el cuidado jardín le recordaba a los que poblaban la superficie en el principio de los tiempos aunque eran de vida breve y estaban protegidas del viento candente por un gran edificio de cristal.

Astarte condujo a su hermano al interior del castillo, y lo condujo a través de las salas iluminadas hasta la biblioteca de su esposo. Mammon era un hombre de mediana edad, de cabello salpicado de canas y facciones duras, su nariz era ganchuda y sus cejas gruesas. La sala de lectura estaba iluminada por una gran ventana con vidrieras que representaba el vuelo de un dragón de múltiples cabezas sobre un campo de hierba verde, que a súbitamente se abría a un río de lava. En la parte superior los ejes que formaban el dibujo en el cristal engarzaban una gran esmeralda tallada como una esfera, y muchas otras piedras preciosas. Las estanterías, a demás de valiosos volúmenes manuscritos, mostraban objetos de incalculable valor, estatuillas de cultos olvidados, piezas escultóricas hermosas, cajas de música brillantes, dagas afiladas, recipientes de exótico cristal y millones de pequeños tesoros que la pareja coleccionaba siglo tras siglo, milenio tras milenio. Astaroth se preguntaba cada vez que visitaba a su hermana dónde estaría la cámara secreta que contendría lo más preciado para ellos, y qué tesoro inimaginable tendrían como favorito. Era consciente de que cuando sus arcas de oro se vaciaran (si es que algún día lo hacían) no podrían soportar vender todos sus caprichos y aquella jaula de diamantes sería el fin de ambos. Se apenaba por Astarte, pero por su esposo… Mammon nunca había sido de su agrado, pero aquella decisión, por mucha ira que le hubiera causado, era de su hermana. Y ella difícilmente daba su brazo a torcer, por muy dulce y melosa que pareciera. Unidos por la avaricia y por el oro, el matrimonio había otorgado a Astaroth muchos dolores de cabeza (que lo ponían frenético) y mucha preocupación: en algunas ocasiones su hermana había acudido deshecha en lágrimas a su castillo, revelando moratones o cortes en las manos, y necesitaba que él la abrazara durante horas, mientras musitaba que seguramente Mammon estaría destrozando tal o cual cosa suya. A veces había tenido que llevársela a dormir a su propia cama y acunarla en sus brazos para que se calmara. Pero Mammon nunca había tocado ni una sola de sus pertenencias: aunque no dudaban el uno o el otro de golpearse entre ellos, nunca habían destrozado uno solo de los caprichos que exhibían en su casa.

- Mis saludos, cuñado- sonrió, levantando la vista del libro. “Falso” gruñó interiormente Astaroth, pero se cuidó de decirlo en voz alta. Aunque el poder del señor de la ira era grande, sabía que también la encarnación de la avaricia podía ser brutal. Y allí había dos. No dudaba que su hermana lo atacaría con una rabia que no probaba desde hacía milenios si veía romperse alguno de sus trastos, y Astaroth no quería volver a sentir su furia en él-.

- Veo que aún seguís con vuestra búsqueda- comentó.

- Sí- reconoció con un siseo Mammon-, pero cada vez estoy más cerca. Desde que se abrió la gran grieta puedo sentirlo con más fuerzas.

- Espero que esta vez lo consigáis- dijo sin mucho interés mientras se dejaba caer de forma maleducada en un sillón-.

Mammon y Astarte lo miraron con furia pero se contuvieron. No era aconsejable hacer enfadar al Señor de la Ira, ambos lo sabían… como también lo supo el anterior señor.

La ciudad de Dis era el mejor lugar del infierno, donde solamente llegaban los diablos que no perdían las ganas de vivir, o los que realmente tenían oportunidades de subsistir. Los demás acababan por convertirse en monstruosos seres deformes, ya fuera por el tiempo, el sufrimiento, u otras causas que los demás preferían no saber. Sin embargo, no era un lugar cómodo (al menos no aparentemente). En aquella ciudad las ansias de poder solo rivalizaban con el deseo de salir de allí antes de que el castigo se cerniera sobre sus cabezas con una fuerza de mil cuchillos. Lo último que se conocía de los demonios el día que les llegaba la hora era que se veían arrastrados hacia el campanario y desaparecían, jamás volvía a verlos nadie. Pero algunos aseguraban que oían los gritos y los estertores, sus chillidos de agonía, su dolor. Astaroth y los demás nobles eran muy viejos, pero no estaban seguros de que aquella llamada no los haría sus presas algún día. Todos conocían el caso de Ishtar el Temible, que por mucho que se resistió acabó sucumbiendo a ella. Se decía que sus gritos resonaron en cada una de las paredes de Dis durante días. Y Astaroth sabía que Ishtar había sido uno de los nobles de la ira que lo precedió.

Apartó esos pensamientos de su mente, y apoyó la frente en una de sus manos.

- ¿Qué te trae por aquí, hermano?- preguntó Astarte, radiante. Todas las joyas que decoraban su cuerpo y su piel centellearon a la luz.

- He encontrado a la muchacha. A la noble del exterior. Presiento que, antes o después, lograré que surjan sus poderes.

- ¿Estás seguro de que es ella?- preguntó Mammon, entrelazando los dedos bajo la barbilla y con un brillo extraño en los ojos- ¿Estás seguro de que no es más que…?

- Es ella- atajó Astaroth. “Diana nos salvará a todos”-. Siento poder emanando de ella, más poder que el de ningún otro profeta que hayamos interceptado.

- Falso profeta, querrás decir- lo corrigió Mammon.

Astaroth clavó sus ojos rojos en él como una advertencia de que no se sobrepasara. El otro demonio entendió que debía tratarlo con más respeto o lo haría enfadar. Volvió a aclararse la garganta, pensando cuantos minutos más duraría esa conversación. Nunca habían conseguido dirigirse la palabra más de quince minutos sin que uno de los dos estallase en furia.

- Esa chica…- carraspeó el esposo de Astarte- ¿Dónde vive exactamente?

El señor de la ira sopesó un momento su pregunta. Era peligroso revelar su paradero exacto a otro diablo, pero sabía que Mammon no podría salir del averno arriesgándose a dejar sus pertenencias allí. Antes arrastraría su casa tras él que alejarse de ella unas horas, y no creía que deseara llegar a ese extremo. Tampoco se arriesgaría a que alguien lo hiciera por él, con esa obsesión suya de que alguien le podría robar cualquier cosa.

- Vive al norte, en una pequeña península, alejada de las ciudades. Sin duda una estrategia muy inteligente para protegerse.

- ¿Cómo es?- siguió preguntando.

- Una humana como otra cualquiera- se forzó a decir Astaroth. ¿Qué querría conseguir el otro con sus preguntas?-. Ojos claros, pelo rojizo, piel suave.

- ¿Y su nombre es…?- Astaroth se levantó de un salto, y fulminó a su cuñado con la mirada. No era ningún secreto que un demonio podía poseer otro cuerpo si sabía su nombre y el hechizo adecuado.

- ¿De verdad esperas que te diga su nombre?- gruñó- ¿Para qué? ¿Para que puedas poseerla?

- Calma, calma, amigo. ¿Por qué te exaltas tanto? Tan solo era una pregunta.

- Sé bien lo que significan tus preguntas- cerró los puños con fuerza-. Hermana, es hora de irme. Aquí tienes tu regalo- y le ofreció de mala gana una cadena de oro con un diamante engarzado. Astarte sonrió levemente cuando lo cogió, pero en seguida la alegría se esfumó de sus ojos y volvieron a brillar con esa luz avariciosa. “Nunca tendrás suficiente, hermana. Nunca podrás controlar ése egoísmo, y eso te destruirá tarde o temprano”

Salió como una exhalación de la casa, con su hermana corriendo tras él, rogándole que no se fuera. Astaroth cogió con furia las riendas de su corcel de las manos del diablillo menor, y apartó a Astarte de un empellón cuando lo agarró del brazo.

- No te enojes, Astaroth- rogó ella, aunque le lanzó una mirada de advertencia con sus ojos de diablesa-. Estoy segura de que mi esposo no lo ha dicho con la intención que tú crees. Sabes que no queremos causar problemas.

- Eso espero- ladró él mientras subía a lomos de la bestia, que escarbó nerviosa en el suelo con uno de sus grandes cascos-. Por el bien de todos.

- Sabes que…

- Mírame- gritó de improviso, y encogiéndose en la silla cogió a su hermana del cuello de su lujoso vestido blanco y la alzó del suelo hasta ponerla a su altura. Ella cerró los ojos, asustada por el arranque violento-. ¡MÍRAME!- gritó. Su hermana se mordió el labio inferior y lo retó con la mirada de sus grandes ojos- No quiero que nadie más que yo tome cartas en el asunto. Ya se lo puedes meter a Mammon en la cabeza o haré que sus sesos se desparramen por el suelo de su estúpida biblioteca- siseó, y Astarte no tuvo ninguna duda de su amenaza. Acto seguido su rostro se relajó y le lanzó una de sus sonrisas-. ¿Lo has entendido, hermanita?

- Sí- afirmó ella, con los labios apretados-.

- Muy bien- la bajó con delicadeza al suelo y espoleó a la montura-. Adiós, pequeña Astarte. Cuídate mucho- y le lanzó un beso mientras ponía a la pesadilla al galope, seguido de su escudero.



lunes, 18 de agosto de 2008

2.4_ Diana


*


La joven pelirroja se sentó a la mesa con gesto de enfado y tomó el tenedor y el cuchillo, pero no tocó la cena. El sabroso pollo, dorado y especiado, le hacía salivar. Pero debía esperar a su padre.

Rebecca, su hermana menor, la miró la los ojos como diciendo “esta vez sí que la has armado buena”, y le sonrió con sorna. Diana le sacó la lengua. A la luz de los candelabros y las velas, con el mantel blanco y la chimenea encendida para librarlos del frío nocturno, se agradecía una cena así. <Aunque sea una cena familiar> se dijo, con hastío.

Diana sentía que no encajaba. Toda su vida había intentado obedecer a lo que sus padres le decían, había aprendido a ser una damita perfecta… pero se había dado cuenta de que cada vez que encorsetaba sus propios sentimientos y su personalidad, y se convertía en un clon de una estúpida princesita cuyo único futuro era encontrar un marido por conveniencia y darle críos berreantes. Empezó a faltar a las reuniones de té, en las que siempre se hablaba de lo mismo: lo cansado y terrible que había sido el viaje en carroza en el Desmembramiento, lo molestos que eran los plebeyos, lo guapo que era tal o cual hijo de un empresario…

Si Diana había creído que con el Desmembramiento del mundo la nobleza cambiaría, se equivocaba. Seguían charlando de nimiedades y estupideces, seguían con sus meñiques arqueados, con sus estúpidas quejas sobre joyas mal talladas o con chismes… de los que Diana comenzó a ser protagonista cuando les dio de lado. Su hermana Rebecca les había contado que se decía que se iba a navegar con Gyras, el muchacho de la cuadra que tenía su misma edad, y éstas inmediatamente habían soltado una risita oculta tras una mano y habían empezado con sus cotorreos. Que si estaba enamorada de un pescador, que si se tiraba a los plebeyos en su barco, que si quedaba con un hombre mayor…

Diana no reconocía que le había dolido todo eso al principio, pero así había sido. Incluso se había replanteado el volver a todo aquello que odiaba. Pero entonces llegó su madre para obligarla, y haciendo gala de su testarudez de niña malcriada, se había quitado el vestido, lo había tirado por la ventana y se había metido en los viejos pantalones de Gyras para ir a buscar su bote. Eso sí que había sido un escándalo. No había pensado en las consecuencias: el chico había sido despedido por “obligarla” a hacer tal cosa, y ella se había quedado sin el único amigo que había tenido nunca. No había vuelto a saber más de él, aunque había intentado seguirle la pista.

Cuando la puerta se abrió, su mente volvió a la tierra. Lord Tidior entró al salón, tan erguido que parecía que fuera a tocar el techo. Rebecca sonrió, dejando ver su boca mellada, y eso avivó una sonrisa nerviosa en Diana. Su padre se sentó tras revolverle el cabello a Rebecca, y se llevó un trozo de pollo a la boca con los ojos cerrados. Diana hundió la vista en su plato y lo imitó.

- Papá, ¿dónde está mamá? ¿No ha venido a vernos?- preguntó Reb.

- No, cariño. Mamá estaba cansada y tenía fiebre, así que no ha podido soportar el viaje.

La excusa era francamente mala, pero a Diana no le importó. Su madre nunca se había preocupado mucho por ellas, salvo por los asuntos de etiqueta y por buscarles un buen chico con dinero para “hacerlas felices”. Antes iba bastante por allí, pero cuando Diana la deshonró a penas se pasaba para verla: cuando aparecía en la casa iba directa en busca de Rebecca, y saludaba a la mayor con voz fría. Nunca había podido entender por qué a su madre le resultaba tan difícil verla como era en realidad, aceptar su propia personalidad y ver que era feliz sin necesidad de simularlo. ¿Tan raro era eso? Suponía que, en la alta nobleza, sí.

- Diana, me han dicho que sigues escapándote- comenzó Edmure Tidior, con su tono solemne y grave de siempre. Diana dejó los cubiertos en la mesa y su gesto se hizo serio, dispuesta a recibir una regañina-. No solo desobedeces los deseos de tu madre, sino también los de tus tutores en su ausencia, dejas en evidencia a tu padre y haces que tu hermana invente sus excusas para tapar tu deshonra.

- No es eso lo que hago, padre. Simplemente navego.

- Tienes obligaciones. Tu padre es el señor de Europa, y tú solamente piensas en pescar y salir por quién sabe dónde…

- A pensar, padre- se defendió-, a reflexionar.

- ¿Sobre qué? ¿Sobre la mejor forma de mancillar nuestra reputación?- Diana se quedó callada-. Dejas plantados a todos tus pretendientes, rechazas sus presentes, les das largas y hasta te niegas a hablar con ellos.

- ¡Eso solo fue con el imbécil de Edgar! ¡Ese tío…!

- Ése tío es tu mejor partido, imbécil o no. El papel de una mujer es muy simple en estos casos, Diana: decir que sí.

-

Diana sintió la rabia correr por su interior. Edgar Tornwood había sido quien dijo el nombre de Gyras para que recibiera los azotes, quien aconsejó a su madre echarlo de la casa… cuando ella le preguntó, con lágrimas en los ojos, por qué había hecho eso, él se rió a carcajadas y le dijo “estaba robando el tiempo que me corresponde”.

- Lo siento, pero no voy a decir que sí a Edgar. Y tampoco voy a volver a esas estúpidas reuniones de té.

Lo siguiente fue terrible. Como si una tormenta se formara en el comedor, el ambiente se hizo tenso mientras la furia corroía a Edmure Tidior por dentro. Las luces titilaron.

Cuando Diana se dio cuenta, la mesa del comedor se había volcado, Rebecca gritaba y lloraba, y su padre estaba sobre ella abofeteándola una y otra vez, aullándole la decepción que era como hija, sus defectos uno tras otro, prometiéndole que iba a someterla y a encadenarla como siguiera así. A penas le dolía, a penas lo sentía, quizá no oía ni una sola palabra. Su cabeza estaba en otro lugar, muy lejos. Sobrevolaba el océano como si fuera un ave, pasaba sobre las olas amenazadoras sin siquiera mojarse. El sol se reflejaba en ella, y podía sentir que alcanzaba el horizonte. Muchos decían que Lord Tidior era aterrador, pero ella parecía inmune, como si un gigantesco escudo la protegiera de la ira de su padre. Se dio cuenta de que su aliento apestaba a alcohol cuando logró zafarse de él y salir corriendo.

Creyendo que seguía siendo un ave, subió tan rápido como podía las escaleras de mármol, sin ser consciente de a dónde se dirigían sus pasos. Sentía a su padre tras ella, pero no la alcanzó. Escuchó cómo se rompía algo en pedazos tras ella, y a una de las sirvientas chillar asustada, también cómo una bandeja de plata caía al suelo y se rompían vasos. No dejó de correr aunque el miedo estuviera bajo llave en su alma. Estiró los dedos, abrió la puerta de su cuarto. Su respiración lenta y pesada era lo único que oía, los latidos del corazón lo único que podía sentir. Descargó su peso contra la puerta para cerrarla, y pasó el gran cerrojo. Justo a tiempo: un gran golpe se dejó oír, como si una bestia hubiera chocado, la puerta se estremeció… y después, silencio.

Fue entonces, en su habitación oscura, bañada únicamente por la luz de la luna, resbaló hasta el suelo y se puso a llorar. Al principio fueron lágrimas silenciosas, luego fue como si dentro de ella hubiera explotado un volcán de dolor. El sentirse desplazada, el no encajar, la culpabilidad, la deshonra, las palabras que no había oído de labios de su padre, las risas de las otras, el gesto frío de su madre, a la que echaba de menos aunque no lo reconociera… un torbellino de sentimientos se abatió sobre ella y cuando se dio cuenta, su llanto se oía en todo el castillo.

- Ya vale. Me estás dando dolor de cabeza- dijo una voz familiar a su espalda.

Recostado en la cama yacía Astaroth. Sus ojos rojos brillaban maliciosamente. Diana levantó la cabeza.

- Deja de llorar como una cría mimada. ¿Tanto te importa lo que te diga tu papi?- recalcó con sorna la última palabra. Diana se levantó y le dio la espalda mientras se secaba los ojos y la nariz- Oh, vamos… no me vas a decir que te importa mucho. Al fin y al cabo estás buscando un bote nuevo para usar cuando él se marche. Eres una niña consentida por mucho que berrees como un asno. Deja ya de quejarte.

- ¡Cállate!- espetó ella, hastiada- No sabes nada de mi vida y estás intentando juzgarme. ¡Esfúmate!

- Oh, y yo que creía que necesitabas compañía- suspiró, pero no se movió de la cama. Jugueteó con el dosel morado con bordados de estrellas entre sus dedos-. Bonita habitación.

- ¡Desaparece!- gritó.

- ¿Vas a echarme de aquí tan tarde?- preguntó con gesto de sorpresa fingida. Diana entrecerró los ojos, en ése momento lo odiaba- ¿Y si me pasa algo? Tu padre parece terrible, imagínate si me ve saliendo por tu ventana. Pensaría que es verdad todo lo que se dice de ti, ¿no crees?

Diana sentía cómo la ira se agolpaba en sus venas y la llenaba como si fuera agua en un recipiente. Le lanzó mil miradas asesinas. El joven se levantó y se acercó a ella despacio, con un amago de sonrisa en los labios.

- No te acerques.

- ¿Sigues con ese rollo de que no existo?- suspiró- Diana, Diana… ¿Cuándo vas a aceptar lo que tienes delante de esos ojitos? Tócame- la cogió de las manos y apretó fuerte-, soy de carne y hueso.

-

Ella giró la cara, con el ceño fruncido. Astaroth la soltó y se rió muy bajito, y a la muchacha se le apareció la figura de un zorro en su mente. “Astuto y sonriente”, se dijo.

- ¿Qué haces aquí?

- Me aburría- contestó francamente, mientras volvía a la cama-. Pensé en hacerte una visita.

- ¿Por qué no te vas al infierno, si tan demonio te crees?

- He pasado mucho tiempo allí. No creas que me apetece mucho volver. Ya sabes, el calor para toda la eternidad y eso. Se está mucho mejor aquí- puso las botas encima del edredón y miró por la ventana-.

- ¿De verdad esperas que me crea todo eso de que eres una especie de ángel de la oscuridad? Estás chalado.

- Oh, no, no, no, pequeña- se rió, e hizo un gesto con la mano-. No me compares con la chusma de los dioses. Soy uno de los primeros en caer, uno de los grandes de allá abajo- señaló-. Al igual como tú lo eres aquí. En realidad estoy aquí para protegerte.

Diana bufó y salió al balcón. El aire de la noche le dio en la cara, la luna llena brillaba coronada de estrellas. Sería tan hermoso volar, sería tan hermoso tener alas para alcanzar ésa esfera de plata... Cerró los ojos.

Cuando era niña solía salir de su cuarto por la noche, sin hacer ningún ruido, para mirar la luna. La escalera siempre estaba oscura y no podía dar la luz si no quería despertar a sus padres. Por eso se obligaba a subir poco a poco en la oscuridad, para probarse a sí misma que nadie iba a hacerle daño. Una noche tras otra vencía al miedo de la misma forma, pero al día siguiente volvía a inundársele el alma de terror. Un terror que desaparecía cuando salía a la noche y se tumbaba boca arriba a ver las estrellas. Soñaba que una de ésas estrellas cuidaba de ella como un ángel, y que mientras pudiera verla estaría a salvo. Pero un día la sorprendió una de las criadas en la terraza, asomada a la barandilla, mirando los coches pasar muy por debajo, y optó por cerrar con llave la puerta por si se caía.

Sintió la presencia de Astaroth tras ella, pero no se inmutó. Quería que se largara por donde había venido, bastantes problemas tenía ya.

- ¿Por qué te esfuerzas en ignorarme?- susurró él en su oído. Un escalofrío recorrió a Diana por la espalda, y sintió cómo todo el vello de su cuerpo se erizaba.

- No me esfuerzo- se giró. El rostro del demonio quedó a varios centímetros del suyo-. Lo hago. No puedes llegar de repente a mi vida diciendo que eres… lo que dices… y que te crea. No puedes meterte en todos mis asuntos si no sabes nada de mí.

- ¿Sabes lo difícil que me es proteger a alguien que cree que valgo menos que un gusano?- sus ojos chisporrotearon de furia, pero respiró hondo y se quedó en silencio.

- ¿Qué haces aquí?- preguntó ella, por fin, cuando el silencio empezó a hacerse tan pesado que podría cortarse con un cuchillo. Astaroth se alejó un poco de ella y le dio la espalda, apoyándose también en la barandilla blanca. Miró al cielo. Su capa de color granate oscuro bailoteó cuando una ráfaga de viento marino hizo de las suyas. Miró el reflejo de la luna en el mar, en las olas que iban y venían allá a lo lejos. Por un instante Diana se quedó hechizada mirándolo. Sus ojos rojos tenían un matiz tan triste…

- Intento expiar mis pecados- eso la cogió por sorpresa-.

- ¿Tus pecados?

- Cuando un ángel cae, es porque la corrupción pesa más que sus virtudes. En mi caso- suspiró y sacudió la cabeza. Diana cayó en la cuenta de que su sonrisa era traviesa, pero también triste-… en mi caso la ira me consumió. Destruí a muchos de mis compañeros por mi sed de sangre. Me rebelé contra mi dios, solo por venganza. Y cuando caí, el peso de las cadenas me hundió en el infierno.

- ¿Venganza? ¿Por qué tendrías que vengarte?

Los ojos de Astaroth se clavaron en ella con un gesto duro. Su rostro se contrajo un poco, pero no dijo nada. Diana se echó atrás, intentando no parecer asustada.

- Sé que es difícil que me creas. No lo hagas si no quieres, no tienes ninguna obligación. ¿Quieres pensar que soy un chalado? Adelante. Mientras no mueras, no me importa lo que creas. Sé que me están poniendo a prueba a través de ti.

- ¿A prueba?

- Ten por seguro- su sonrisa triste cambió. Sus ojos como brasas se agrandaron, y su rostro se convirtió en una mueca malévola, perversa- que si me hubieras conocido antes ya no estarías aquí para contarlo.

Solo fueron unos segundos.

Diana saltó hacia atrás, presa del pánico. Aquel rostro había despertado un tremendo miedo en su interior. Los ojos de Astaroth parecían lamidos por llamas desde dentro de su cuerpo. Unos tentáculos de pavor le subían a la chica por las piernas, haciendo que temblaran y que amenazaran con dejar de soportar su peso, e iban trepando poco a poco hasta su garganta, donde hicieron un nudo que le impidió gritar. El tiempo pasaba a cámara lenta. Diana estaba anclada al suelo, pero si seguía allí, esa oleada de terror pararía su corazón. El rostro maligno del diablo se acercó unos centímetros más… y Diana tuvo que defenderse.

La mueca de Astaroth desapareció poco a poco. Sin haberse dado cuenta, su rostro miraba hacia la luna. Parpadeó mientras procesaba qué era ese leve cosquilleo doloroso en la mejilla. La mano de Diana aún estaba alzada, y respiraba agitadamente.

- Me-me has golpeado- tartamudeó, incrédulo.

Diana se dio la vuelta y, con un movimiento rápido, cerró la ventana, pasó el cerrojo dorado y cerró las cortinas. Escuchó los golpecitos en la ventana, suaves, como pidiendo permiso. Moduló su respiración, llevándose una mano al pecho… ese loco iba a matarla, había podido verlo en sus ojos de fuego. Pero ahora estaba a salvo, no iba a poder entrar sin romper la ventana, y si la rompía acudirían todos los habitantes de la casa, y su padre lo haría pedazos. Oía cómo susurraba que le dejase entrar a la vez que golpeaba con cuidado la ventana y caminaba en círculos como un felino acechando a su presa, pero Diana seguía temblando. Se acurrucó contra las columnas helicoidales que sostenían el dosel de su cama, y se dejó deslizar de espaldas hasta el suelo. ¿Qué era aquella energía, aquél terror que había sentido? No pensaba abrirle, había algo dentro de él que le provocaba una sensación horrible. “Qué remedio” escuchó que suspiraba Astaroth, y acto seguido un resplandor rojizo y repentino estalló y desapareció al otro lado de la ventana, velado por las cortinas.

Entonces, en medio de la habitación apareció una voluta de humo y llamas, que en un segundo se transformó en Astaroth. Diana lo miró con los ojos desorbitados, aterrados.

- ¿Nunca has visto un teletransporte?- preguntó, alisándose la camisa, sin mirarla siquiera. Alzó la vista y, cuando vio su gesto esbozó una sonrisa de medio lado- ya veo que no.

Diana seguía teniendo un nudo en la garganta, y el cuerpo paralizado y tembloroso. Él se acercó y se sentó a su lado. Ella se quedó quieta, rígida, sin poder siquiera mover la cabeza. Una de las elegantes manos de Astaroth se posó en su hombro e hizo que apoyara su cabeza en las rodillas del demonio, pero no pudo evitar que por el rostro de Diana corriera una lágrima de puro miedo. Cuando lo notó, se aclaró la garganta y solo pudo susurrar un “No tienes por qué tenerme miedo”. Se levantó del colchón, caminó unos pasos y desapareció de nuevo en el fuego del infierno.