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La joven pelirroja se sentó a la mesa con gesto de enfado y tomó el tenedor y el cuchillo, pero no tocó la cena. El sabroso pollo, dorado y especiado, le hacía salivar. Pero debía esperar a su padre.
Rebecca, su hermana menor, la miró la los ojos como diciendo “esta vez sí que la has armado buena”, y le sonrió con sorna. Diana le sacó la lengua. A la luz de los candelabros y las velas, con el mantel blanco y la chimenea encendida para librarlos del frío nocturno, se agradecía una cena así. <Aunque sea una cena familiar> se dijo, con hastío.
Diana sentía que no encajaba. Toda su vida había intentado obedecer a lo que sus padres le decían, había aprendido a ser una damita perfecta… pero se había dado cuenta de que cada vez que encorsetaba sus propios sentimientos y su personalidad, y se convertía en un clon de una estúpida princesita cuyo único futuro era encontrar un marido por conveniencia y darle críos berreantes. Empezó a faltar a las reuniones de té, en las que siempre se hablaba de lo mismo: lo cansado y terrible que había sido el viaje en carroza en el Desmembramiento, lo molestos que eran los plebeyos, lo guapo que era tal o cual hijo de un empresario…
Si Diana había creído que con el Desmembramiento del mundo la nobleza cambiaría, se equivocaba. Seguían charlando de nimiedades y estupideces, seguían con sus meñiques arqueados, con sus estúpidas quejas sobre joyas mal talladas o con chismes… de los que Diana comenzó a ser protagonista cuando les dio de lado. Su hermana Rebecca les había contado que se decía que se iba a navegar con Gyras, el muchacho de la cuadra que tenía su misma edad, y éstas inmediatamente habían soltado una risita oculta tras una mano y habían empezado con sus cotorreos. Que si estaba enamorada de un pescador, que si se tiraba a los plebeyos en su barco, que si quedaba con un hombre mayor…
Diana no reconocía que le había dolido todo eso al principio, pero así había sido. Incluso se había replanteado el volver a todo aquello que odiaba. Pero entonces llegó su madre para obligarla, y haciendo gala de su testarudez de niña malcriada, se había quitado el vestido, lo había tirado por la ventana y se había metido en los viejos pantalones de Gyras para ir a buscar su bote. Eso sí que había sido un escándalo. No había pensado en las consecuencias: el chico había sido despedido por “obligarla” a hacer tal cosa, y ella se había quedado sin el único amigo que había tenido nunca. No había vuelto a saber más de él, aunque había intentado seguirle la pista.
Cuando la puerta se abrió, su mente volvió a la tierra. Lord Tidior entró al salón, tan erguido que parecía que fuera a tocar el techo. Rebecca sonrió, dejando ver su boca mellada, y eso avivó una sonrisa nerviosa en Diana. Su padre se sentó tras revolverle el cabello a Rebecca, y se llevó un trozo de pollo a la boca con los ojos cerrados. Diana hundió la vista en su plato y lo imitó.
- Papá, ¿dónde está mamá? ¿No ha venido a vernos?- preguntó Reb.
- No, cariño. Mamá estaba cansada y tenía fiebre, así que no ha podido soportar el viaje.
La excusa era francamente mala, pero a Diana no le importó. Su madre nunca se había preocupado mucho por ellas, salvo por los asuntos de etiqueta y por buscarles un buen chico con dinero para “hacerlas felices”. Antes iba bastante por allí, pero cuando Diana la deshonró a penas se pasaba para verla: cuando aparecía en la casa iba directa en busca de Rebecca, y saludaba a la mayor con voz fría. Nunca había podido entender por qué a su madre le resultaba tan difícil verla como era en realidad, aceptar su propia personalidad y ver que era feliz sin necesidad de simularlo. ¿Tan raro era eso? Suponía que, en la alta nobleza, sí.
- Diana, me han dicho que sigues escapándote- comenzó Edmure Tidior, con su tono solemne y grave de siempre. Diana dejó los cubiertos en la mesa y su gesto se hizo serio, dispuesta a recibir una regañina-. No solo desobedeces los deseos de tu madre, sino también los de tus tutores en su ausencia, dejas en evidencia a tu padre y haces que tu hermana invente sus excusas para tapar tu deshonra.
- No es eso lo que hago, padre. Simplemente navego.
- Tienes obligaciones. Tu padre es el señor de Europa, y tú solamente piensas en pescar y salir por quién sabe dónde…
- A pensar, padre- se defendió-, a reflexionar.
- ¿Sobre qué? ¿Sobre la mejor forma de mancillar nuestra reputación?- Diana se quedó callada-. Dejas plantados a todos tus pretendientes, rechazas sus presentes, les das largas y hasta te niegas a hablar con ellos.
- ¡Eso solo fue con el imbécil de Edgar! ¡Ese tío…!
- Ése tío es tu mejor partido, imbécil o no. El papel de una mujer es muy simple en estos casos, Diana: decir que sí.
-
Diana sintió la rabia correr por su interior. Edgar Tornwood había sido quien dijo el nombre de Gyras para que recibiera los azotes, quien aconsejó a su madre echarlo de la casa… cuando ella le preguntó, con lágrimas en los ojos, por qué había hecho eso, él se rió a carcajadas y le dijo “estaba robando el tiempo que me corresponde”.
- Lo siento, pero no voy a decir que sí a Edgar. Y tampoco voy a volver a esas estúpidas reuniones de té.
Lo siguiente fue terrible. Como si una tormenta se formara en el comedor, el ambiente se hizo tenso mientras la furia corroía a Edmure Tidior por dentro. Las luces titilaron.
Cuando Diana se dio cuenta, la mesa del comedor se había volcado, Rebecca gritaba y lloraba, y su padre estaba sobre ella abofeteándola una y otra vez, aullándole la decepción que era como hija, sus defectos uno tras otro, prometiéndole que iba a someterla y a encadenarla como siguiera así. A penas le dolía, a penas lo sentía, quizá no oía ni una sola palabra. Su cabeza estaba en otro lugar, muy lejos. Sobrevolaba el océano como si fuera un ave, pasaba sobre las olas amenazadoras sin siquiera mojarse. El sol se reflejaba en ella, y podía sentir que alcanzaba el horizonte. Muchos decían que Lord Tidior era aterrador, pero ella parecía inmune, como si un gigantesco escudo la protegiera de la ira de su padre. Se dio cuenta de que su aliento apestaba a alcohol cuando logró zafarse de él y salir corriendo.
Creyendo que seguía siendo un ave, subió tan rápido como podía las escaleras de mármol, sin ser consciente de a dónde se dirigían sus pasos. Sentía a su padre tras ella, pero no la alcanzó. Escuchó cómo se rompía algo en pedazos tras ella, y a una de las sirvientas chillar asustada, también cómo una bandeja de plata caía al suelo y se rompían vasos. No dejó de correr aunque el miedo estuviera bajo llave en su alma. Estiró los dedos, abrió la puerta de su cuarto. Su respiración lenta y pesada era lo único que oía, los latidos del corazón lo único que podía sentir. Descargó su peso contra la puerta para cerrarla, y pasó el gran cerrojo. Justo a tiempo: un gran golpe se dejó oír, como si una bestia hubiera chocado, la puerta se estremeció… y después, silencio.
Fue entonces, en su habitación oscura, bañada únicamente por la luz de la luna, resbaló hasta el suelo y se puso a llorar. Al principio fueron lágrimas silenciosas, luego fue como si dentro de ella hubiera explotado un volcán de dolor. El sentirse desplazada, el no encajar, la culpabilidad, la deshonra, las palabras que no había oído de labios de su padre, las risas de las otras, el gesto frío de su madre, a la que echaba de menos aunque no lo reconociera… un torbellino de sentimientos se abatió sobre ella y cuando se dio cuenta, su llanto se oía en todo el castillo.
- Ya vale. Me estás dando dolor de cabeza- dijo una voz familiar a su espalda.
Recostado en la cama yacía Astaroth. Sus ojos rojos brillaban maliciosamente. Diana levantó la cabeza.
- Deja de llorar como una cría mimada. ¿Tanto te importa lo que te diga tu papi?- recalcó con sorna la última palabra. Diana se levantó y le dio la espalda mientras se secaba los ojos y la nariz- Oh, vamos… no me vas a decir que te importa mucho. Al fin y al cabo estás buscando un bote nuevo para usar cuando él se marche. Eres una niña consentida por mucho que berrees como un asno. Deja ya de quejarte.
- ¡Cállate!- espetó ella, hastiada- No sabes nada de mi vida y estás intentando juzgarme. ¡Esfúmate!
- Oh, y yo que creía que necesitabas compañía- suspiró, pero no se movió de la cama. Jugueteó con el dosel morado con bordados de estrellas entre sus dedos-. Bonita habitación.
- ¡Desaparece!- gritó.
- ¿Vas a echarme de aquí tan tarde?- preguntó con gesto de sorpresa fingida. Diana entrecerró los ojos, en ése momento lo odiaba- ¿Y si me pasa algo? Tu padre parece terrible, imagínate si me ve saliendo por tu ventana. Pensaría que es verdad todo lo que se dice de ti, ¿no crees?
Diana sentía cómo la ira se agolpaba en sus venas y la llenaba como si fuera agua en un recipiente. Le lanzó mil miradas asesinas. El joven se levantó y se acercó a ella despacio, con un amago de sonrisa en los labios.
- No te acerques.
- ¿Sigues con ese rollo de que no existo?- suspiró- Diana, Diana… ¿Cuándo vas a aceptar lo que tienes delante de esos ojitos? Tócame- la cogió de las manos y apretó fuerte-, soy de carne y hueso.
-
Ella giró la cara, con el ceño fruncido. Astaroth la soltó y se rió muy bajito, y a la muchacha se le apareció la figura de un zorro en su mente. “Astuto y sonriente”, se dijo.
- ¿Qué haces aquí?
- Me aburría- contestó francamente, mientras volvía a la cama-. Pensé en hacerte una visita.
- ¿Por qué no te vas al infierno, si tan demonio te crees?
- He pasado mucho tiempo allí. No creas que me apetece mucho volver. Ya sabes, el calor para toda la eternidad y eso. Se está mucho mejor aquí- puso las botas encima del edredón y miró por la ventana-.
- ¿De verdad esperas que me crea todo eso de que eres una especie de ángel de la oscuridad? Estás chalado.
- Oh, no, no, no, pequeña- se rió, e hizo un gesto con la mano-. No me compares con la chusma de los dioses. Soy uno de los primeros en caer, uno de los grandes de allá abajo- señaló-. Al igual como tú lo eres aquí. En realidad estoy aquí para protegerte.
Diana bufó y salió al balcón. El aire de la noche le dio en la cara, la luna llena brillaba coronada de estrellas. Sería tan hermoso volar, sería tan hermoso tener alas para alcanzar ésa esfera de plata... Cerró los ojos.
Cuando era niña solía salir de su cuarto por la noche, sin hacer ningún ruido, para mirar la luna. La escalera siempre estaba oscura y no podía dar la luz si no quería despertar a sus padres. Por eso se obligaba a subir poco a poco en la oscuridad, para probarse a sí misma que nadie iba a hacerle daño. Una noche tras otra vencía al miedo de la misma forma, pero al día siguiente volvía a inundársele el alma de terror. Un terror que desaparecía cuando salía a la noche y se tumbaba boca arriba a ver las estrellas. Soñaba que una de ésas estrellas cuidaba de ella como un ángel, y que mientras pudiera verla estaría a salvo. Pero un día la sorprendió una de las criadas en la terraza, asomada a la barandilla, mirando los coches pasar muy por debajo, y optó por cerrar con llave la puerta por si se caía.
Sintió la presencia de Astaroth tras ella, pero no se inmutó. Quería que se largara por donde había venido, bastantes problemas tenía ya.
- ¿Por qué te esfuerzas en ignorarme?- susurró él en su oído. Un escalofrío recorrió a Diana por la espalda, y sintió cómo todo el vello de su cuerpo se erizaba.
- No me esfuerzo- se giró. El rostro del demonio quedó a varios centímetros del suyo-. Lo hago. No puedes llegar de repente a mi vida diciendo que eres… lo que dices… y que te crea. No puedes meterte en todos mis asuntos si no sabes nada de mí.
- ¿Sabes lo difícil que me es proteger a alguien que cree que valgo menos que un gusano?- sus ojos chisporrotearon de furia, pero respiró hondo y se quedó en silencio.
- ¿Qué haces aquí?- preguntó ella, por fin, cuando el silencio empezó a hacerse tan pesado que podría cortarse con un cuchillo. Astaroth se alejó un poco de ella y le dio la espalda, apoyándose también en la barandilla blanca. Miró al cielo. Su capa de color granate oscuro bailoteó cuando una ráfaga de viento marino hizo de las suyas. Miró el reflejo de la luna en el mar, en las olas que iban y venían allá a lo lejos. Por un instante Diana se quedó hechizada mirándolo. Sus ojos rojos tenían un matiz tan triste…
- Intento expiar mis pecados- eso la cogió por sorpresa-.
- ¿Tus pecados?
- Cuando un ángel cae, es porque la corrupción pesa más que sus virtudes. En mi caso- suspiró y sacudió la cabeza. Diana cayó en la cuenta de que su sonrisa era traviesa, pero también triste-… en mi caso la ira me consumió. Destruí a muchos de mis compañeros por mi sed de sangre. Me rebelé contra mi dios, solo por venganza. Y cuando caí, el peso de las cadenas me hundió en el infierno.
- ¿Venganza? ¿Por qué tendrías que vengarte?
Los ojos de Astaroth se clavaron en ella con un gesto duro. Su rostro se contrajo un poco, pero no dijo nada. Diana se echó atrás, intentando no parecer asustada.
- Sé que es difícil que me creas. No lo hagas si no quieres, no tienes ninguna obligación. ¿Quieres pensar que soy un chalado? Adelante. Mientras no mueras, no me importa lo que creas. Sé que me están poniendo a prueba a través de ti.
- ¿A prueba?
- Ten por seguro- su sonrisa triste cambió. Sus ojos como brasas se agrandaron, y su rostro se convirtió en una mueca malévola, perversa- que si me hubieras conocido antes ya no estarías aquí para contarlo.
Solo fueron unos segundos.
Diana saltó hacia atrás, presa del pánico. Aquel rostro había despertado un tremendo miedo en su interior. Los ojos de Astaroth parecían lamidos por llamas desde dentro de su cuerpo. Unos tentáculos de pavor le subían a la chica por las piernas, haciendo que temblaran y que amenazaran con dejar de soportar su peso, e iban trepando poco a poco hasta su garganta, donde hicieron un nudo que le impidió gritar. El tiempo pasaba a cámara lenta. Diana estaba anclada al suelo, pero si seguía allí, esa oleada de terror pararía su corazón. El rostro maligno del diablo se acercó unos centímetros más… y Diana tuvo que defenderse.
La mueca de Astaroth desapareció poco a poco. Sin haberse dado cuenta, su rostro miraba hacia la luna. Parpadeó mientras procesaba qué era ese leve cosquilleo doloroso en la mejilla. La mano de Diana aún estaba alzada, y respiraba agitadamente.
- Me-me has golpeado- tartamudeó, incrédulo.
Diana se dio la vuelta y, con un movimiento rápido, cerró la ventana, pasó el cerrojo dorado y cerró las cortinas. Escuchó los golpecitos en la ventana, suaves, como pidiendo permiso. Moduló su respiración, llevándose una mano al pecho… ese loco iba a matarla, había podido verlo en sus ojos de fuego. Pero ahora estaba a salvo, no iba a poder entrar sin romper la ventana, y si la rompía acudirían todos los habitantes de la casa, y su padre lo haría pedazos. Oía cómo susurraba que le dejase entrar a la vez que golpeaba con cuidado la ventana y caminaba en círculos como un felino acechando a su presa, pero Diana seguía temblando. Se acurrucó contra las columnas helicoidales que sostenían el dosel de su cama, y se dejó deslizar de espaldas hasta el suelo. ¿Qué era aquella energía, aquél terror que había sentido? No pensaba abrirle, había algo dentro de él que le provocaba una sensación horrible. “Qué remedio” escuchó que suspiraba Astaroth, y acto seguido un resplandor rojizo y repentino estalló y desapareció al otro lado de la ventana, velado por las cortinas.
Entonces, en medio de la habitación apareció una voluta de humo y llamas, que en un segundo se transformó en Astaroth. Diana lo miró con los ojos desorbitados, aterrados.
- ¿Nunca has visto un teletransporte?- preguntó, alisándose la camisa, sin mirarla siquiera. Alzó la vista y, cuando vio su gesto esbozó una sonrisa de medio lado- ya veo que no.
Diana seguía teniendo un nudo en la garganta, y el cuerpo paralizado y tembloroso. Él se acercó y se sentó a su lado. Ella se quedó quieta, rígida, sin poder siquiera mover la cabeza. Una de las elegantes manos de Astaroth se posó en su hombro e hizo que apoyara su cabeza en las rodillas del demonio, pero no pudo evitar que por el rostro de Diana corriera una lágrima de puro miedo. Cuando lo notó, se aclaró la garganta y solo pudo susurrar un “No tienes por qué tenerme miedo”. Se levantó del colchón, caminó unos pasos y desapareció de nuevo en el fuego del infierno.

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