sábado, 20 de septiembre de 2008

3.1_ Breyne.




res días habían pasado desde que acamparon bajo el inseguro techo de la casa derruida, tres días interminables en los que a penas se habían detenido. Parecía que los otros jinetes tenían prisa en llegar a la ciudad más cercana, y que cada orden de la misteriosa mujer de los ojos esmeralda era tomada por sus propios compañeros con un extraño temor a las consecuencias de desobedecerla.

El cielo se había nublado, y unas nubes grisáceas ocultaban el sol. Breyne sabía que no iba a llover, pero aún así echaba de menos el calor del astro rey. Sus manos también habían quedado arañadas y en carne viva por las riendas de Abenuz, pero no podía permitirse una sola queja. El caballo estaba empezando a mostrar los primeros signos del cansancio, aunque no se mostraba reticente a obedecer. A demás, el peso de Denwas y Breyne a su espalda no se podía comparar con la de los caballeros armados y vestiduras de metal de sus acompañantes. Por otro lado, los corceles de batalla de los guerreros estaban acostumbrados a esos viajes, con el peso de las armaduras o sin ellas.

Ese día era el turno de Breyne para llevar las riendas. Tras ella su amigo dormía, apoyando la frente en sus hombros. Abenuz seguía su marcha al paso, y ella no lo espoleaba para evitar que Denwas se despertara. Le gustaba sentir su respiración junto a su oído, la tranquilizaba saber que no estaba sola.

La senda transcurría por un bosquecillo en el que la luz se filtraba perezosamente entre las hojas y caía, dorada o verdosa, sobre el suelo crujiente de vida muerta. Los matorrales y la maleza crecían como intentando cubrir el pequeño camino. Breyne no sabía por qué habían decidido sus compañeros tomar ése camino, pero era obvio que presentían algo, como si pudieran atacarles de un momento a otro. Siempre mirando a todas partes, con las espadas a mano, dispuestos a defenderse y a salir airosos. Eso la ponía nerviosa. Ella no era una guerrera, y no tenía con qué defenderse. Y suponía que con un palo no sería suficiente. No veía a los guerreros como cobardes que temieran a cualquier enemigo. La dama de los ojos verdes también estaba alerta, podía sentirlo. Dentro de ella se formaba la imagen de unos tentáculos negros que intentaran alcanzar un objetivo invisible. No era una buena señal.

El aire olía a lluvia, a tierra mojada y a electricidad. También tenía un deje a podredumbre que agobiaba tanto a los humanos como a los caballos. El amanecer se había vestido con una fina niebla que calaba en sus cuerpos envueltos con las capas y las mantas. Por lo que sabía, el camino transcurría por un paso entre dos montañas, a la altura de la antigua Milán, que según había oído, estaba reducida a escombros. No podía creerlo, estaba a punto de salir de Italia, ¡y a caballo! Hubo un tiempo en el que no lo hubiera creído posible, pero allí estaba. Aunque la compañía no fuera la idónea. Tras ella caminaban, enfermos y cansados, los prisioneros de la compañía, arrastrados a trompicones por los otros. Breyne había observado sus escudos pintados, y había visto que los dos caballeros llevaban el mismo signo: un halcón con las garras extendidas, dispuesto a hundirlas en la presa. Ése ave quedaría grabada en su memoria toda su vida, como un símbolo de opresión, violencia y muerte.

Tenían prohibido hablar hasta que dejaran atrás el bosque, pero ella no entendía por qué. Era cierto que aquellos árboles tenían algo extraño, pero no alcanzaba a comprender la razón del comportamiento de los hombres. Sintió cómo Denwas se estremecía y se despertaba, y sin decir nada se enjuagó la boca con agua de la cantimplora. El ruido hizo que el guerrero rubio lo mirara de reojo.

- Casi no has dormido- le dijo Breyne. El chico aún tenía los ojos enrojecidos por el sueño.

- No puedo dormir. Hay algo que no me deja hacerlo- susurró-. Presiento algo…

- No digas tonterías, solo es un bosque. Árboles y hierbas, a lo mejor un par de ciervos. Eso es lo que hay aquí. Parece mentira que un chico tan mayor como tú tenga miedo de cuatro pinos.

- No son cuatro pinos- se quejó. Breyne le sonrió, reconciliadora-. A demás, voy a llevar a Abenuz un rato.

- Pero…

- Vamos, pásame las riendas. Mírate las manos.

Ciertamente la sangre manaba de las ampollas que producían las cuerdas. El roce que producía en su piel el movimiento del caballo le había quemado y herido las palmas, pero ella estaba tan concentrada en sus propias divagaciones que no se había dado cuenta.

- Tienes la piel más fina que yo- aseguró Denwas mientras las cogía-. Es normal.

- Bueno- suspiró-, no es bonito que una señorita lleve las manos hechas un cisco.

- Yo no veo ninguna señorita por aquí- sonrió, socarrón. Breyne levantó la cabeza con suficiencia y lo empujó-. ¿Qué? Es verdad.

- Cállate. Hasta Ferro es más hombre que tú. ¡Imberbe!

- Perdona, si no me sale es porque estoy estresado- se quejó él. Era obvio que estaba algo acomplejado por ser lampiño, y ella lo utilizaba como defensa.

Breyne se rió y le revolvió el pelo.

- No importa. Odio las barbas.

Llegó el atardecer y seguían en la senda del bosque. El hombre del caballo marrón soltó una maldición mientras miraba el mapa con enfado.

- ¡Nos hemos perdido! ¿Cómo ha podido pasar?

- Magia negra… magia negra- susurró asustado el rubio. Sus ojos se desorbitaron.

- ¡Estos caminos del diablo! ¡Maldita bruja, ha cambiado los caminos! ¡Ya deberíamos estar en el valle de Uhigar!

- No sirve de nada lamentarse- susurró la dama encapuchada-. Seguiremos cabalgando hacia el norte. Si no cambia la situación abandonaremos a los caballos y avanzaremos campo a través. No creo que haya cambiado el bosque entero, solo las sendas…

- ¡NO PIENSO DEJAR A MI CABALLO!- gritó Breyne. Denwas la golpeó atemorizado, pero ella no se amilanó. Mientras no mirase a los ojos verdes no tendría miedo. Clavó la vista en el caballero rubio, que parecía asustado- Mi caballo y mi perro son nuestras únicas posesiones, son recuerdos de mi padre y de mi madre. ¡No voy a abandonarlos en medio de un bosque!

- Está claro que no comprendes la gravedad de la situación. No se trata de un bosque normal, niña- musitó él.

- ¡No me importa! ¡No voy a dejarlo aquí!

- Cállate ya, ¡harás que nos descubran!- susurró el otro guerrero.

- ¡No voy a callarme! ¡Queréis quedaros con mi caballo y mi perro! ¡Sí, eso es! ¡Lo queréis todo para vosotros! ¡Queréis asustarnos con esos cuentos para que…

- Si no te callas tendremos que hacerte callar- gruñó el caballero rubio.

- …para que os lo demos todo! ¡Ladrones! ¡Y tenéis encadenada a esta pobre gente cuando los que debierais estar encadenados sois…

Un golpe seco la dejó sin respiración. Oyó cómo la voz de su amigo retumbaba en sus oídos mientras perdía el equilibrio. Su propio nombre flotaba en el bosque, sumándose en ecos a la atmósfera sofocante. El golpe no le dolió hasta unos segundos después. No podía moverse. Tirada en las hojas, con la tierra húmeda manchando su pelo y su ropa, comenzó a sentir cómo no eran sus manos las únicas que sangraban. A penas podía respirar. El labio le dolía mucho, y sentía en su boca el olor de la sangre. A sus oídos llegaron retazos de un forcejeo, y un gruñido. “Ferro”, pensó. Oyó encabritarse a un caballo, y la voz del hombre corpulento gritar mientras el acero chocaba contra la vaina. Un gemido agudo. El grito de Denwas. La tierra daba vueltas. Consiguió ver cómo su amigo le daba una fuerte patada al otro hombre, y cómo éste le propinaba un sonoro golpe con su guantelete. Pronto otra figura rodó junto a ella en la tierra y se arrastró hasta que pudo sentir su respiración contra su cara.

- ¡Breyne! ¡Cabeza hueca, escúchame! ¿Me oyes?

La voz le llegaba distorsionada. Quería decirle que estaba bien, que no se preocupara, pero no podía moverse. Le dolía todo el cuerpo. Vio una gigantesca sombra que se alzaba tras la espalda de su amigo. Un brillo metálico teñido de sangre. No tenía más fuerzas, pero no podía dejar que aquella cosa se acercara. Lo sabía. Denwas iba a morir. Por su culpa. Por no saber entender ése nuevo y brutal mundo en el que se hallaban. Iban a morir todos. La sombra se acercó más.

- No… - logró musitar.

Y surgió de nuevo. Aquello que había luchado por esconder, aquello que precisaba toda su fuerza de voluntad para no aflorar.

Un rayo de luz rasgó el aire con un rugido que heló sus propios huesos. Sintió cómo la dama encapuchada retrocedía, espantada. Y un fuerte golpe llegó a sus oídos. Lo había hecho. La sombra había caído. Estaban a salvo.




Cuando despertó, se encontró sobre la espalda de alguien familiar. Aspiró su cabello castaño, pero un pinchazo en los pulmones la detuvo con un dolor agudo. Gimió y volvió a desmayarse.

La segunda vez que despertó estaba tendida en el suelo. Denwas estaba junto a ella, cogiéndole de la mano. Había anochecido ya, y la zona estaba iluminada por una hoguera lejana. Dos figuras hablaban en susurros allá, pero ella no les prestó atención. Cuatro caballos, entre los que estaba un nerviosísimo Abenuz, estaban atados en el linde del camino.

- Den…

- ¡Oh, por fin!- su amigo sonrió de oreja a oreja, y ella supo que había estado llorando. Tenía un ojo amoratado y una brecha en la mandíbula. Se echó sobre ella y la abrazó con fuerza, aunque cuidando de no hacerle daño.

- Estoy… estoy bien…- con un esfuerzo sobrehumano logró poner la mano sobre su espalda.

- Dioses, ¡creí que no ibas a despertarte nunca! Gracias al cielo que no has… ¡gracias! ¿En qué estabas pensando? ¡Podían haberte…

- No voy a morirme por un puñetazo- intentó sonreír, pero notó que la sangre volvía a manar de sus labios.

- ¡No te muevas!- exclamó una voz femenina a su espalda. Ante sus ojos apareció el rostro de la mujer encadenada, que llevaba las manos manchadas de hierbas y barro. Olía fatal. Intentó resistirse pero sólo consiguió que un dolor lacerante en el costado le hiciera gemir. Dejó que le pusiera el ungüento en los labios y procuró no moverse- Solo se te ha partido. Volverá a su lugar pronto. Lo peor son esas costillas.

- ¿Las costillas?- preguntó Denwas asustado.

- Se ha partido dos en la caída. Aunque no creo que le haya afectado a ningún órgano vital- se giró hacia ella, que no comprendía del todo-. Has tenido suerte, chiquilla.

- ¿Qué se supone que intentabas?- le gritó Denwas, ahora enfadado- ¡Casi te matan! ¡Casi nos matan!

- Denwas…- una imagen cruzó su mente, y su rostro se transformó en una máscara de terror- Dime que no es cierto… dime que no ha pasado… dime que no ha…

Los tres quedaron en silencio, un silencio incómodo. Él desvió la mirada y no dijo nada. Breyne se levantó con esfuerzo, y se quedó mirando la hoguera. Faltaba una figura. Faltaba el caballero musculoso. “Ha ido al bosque. No se ha ido” se dijo, mientras sentía que su corazón empezaba a latir al doble de velocidad. “Sigue vivo. Sigue vivo. Está en algún sitio”. La dama de gris se giró, y sus ojos verdes llamearon con furia, golpeándola con la fuerza de mil puñales.

- No…

- Ha muerto, Breyne.

- ¡No ha muerto! ¡Está en el bosque!- gritó, intentando creer en su propia mentira.

Percibió que su amigo le cogía la cara con las manos, suavemente, y la obligaba a mirarlo directamente a los ojos. Todo daba vueltas. Se fijo en los dos puntos oscuros que brillaban a la luz del fuego. Sintió cómo una lágrima caía por su mejilla y le llegaba a los labios. Salada. Salada como el mar.

- Ha muerto, Breyne. Has matado a un hombre.

Reptó sobre su espalda hacia atrás unos centímetros. Solamente quería apartarse de él, apartarse de la sucia mujer, perder de vista la hoguera. Pero no pudo, el dolor le impidió respirar. Perdió el aliento. Todos estaban compinchados. Todos. Hasta Denwas. Querían hacerle creer que era una asesina, eso era. Ella no era una mala persona. Era una buena chica, su padre lo decía. Su padre no había muerto por su culpa, no. Todo eran coincidencias. Estúpidas coincidencias.

- Oye…- susurró Denwas, alargando una mano hacia ella.

- ¡No te muevas!- siseó, para después echarle en cara una sola palabra- ¡Traidor!

Él no le hizo caso y, ante el horror de Breyne, apoyó la cabeza en su hombro. Ella intentó zafarse, intentó escapar. Pero era inútil. Estaba acorralada. Por fin sus ojos se derramaron, por fin el peso empezó a aliviarse. Se dio cuenta de que estaba aferrada a la espalda sangrante de su amigo, y de que él la sujetaba impidiéndole caer. El mundo desapareció ante sus ojos, y solo quedaron ellos, envueltos de una profunda oscuridad. Frío. Las lágrimas se mezclaron con la sangre. Estaban juntos. Como siempre.

jueves, 11 de septiembre de 2008

2. 6_ Hagga

La nieve caía en el norte, lenta pero sin pausa. El viento frío y cortante había reventado sus labios, de los que resbalaban gotas de sangre que sabían a hierro. La capa de conejo, raída y remendada, se arremolinaba tras su cuerpo. Los hilos de plata de su cabello estaban teñidos de un sudor frío, y su rostro, rojo a causa del frío. A Hagga le temblaban tanto las piernas que no sabía si conseguiría llegar a la aldea, que ya estaba a media hora de camino y se delataba por el humo lejano de las chimeneas. Afortunadamente, ningún animal había salido a su encuentro. Incluso ella sabía lo peligrosos que eran los lobos hambrientos, aunque llevase la horca de tres puntas con ella. A veces le parecía que era un simple palo de madera inútil.

Cuando llegó, tiritando, a la posada, las luces de las casas estaban apagadas y el silencio sepulcral atenazaba los bosques y campos que rodeaban la villa. De una de las casas de las afueras colgaba un letrero de madera, en el que, toscamente escrito en alfabeto cirílico ponía “posada”. A través de la ventana, que tenía las cortinas cerradas, se adivinaba el titilar de una vela. Hagga se desmoronó contra la puerta, y llamó con tres fuertes golpes. Al minuto escuchó unos pasos bajar una escalera, y un gruñido malhumorado.

Cuando se dio cuenta, estaba tirada en el suelo. La puerta se había abierto, y al desaparecer su apoyo, había caído. Alzó la vista poco a poco para encontrarse con un hombre barrigón, de rostro tirante y ojillos maliciosos que exhibía un gesto de rabia.

- Por favor…- musitó hagga. Le dolía la garganta como si sus cuerdas vocales se hubieran convertido en tiras de cuero helado- cama. Cama y agua…

- ¡Entra!- espetó el posadero, alzando el candil para observar la cara de la recién llegada- ¡Rápido!

Hagga se levantó haciendo un acopio de sus últimas fuerzas y siguió al posadero penosamente apoyada en la horca. El hombre la llevó a una gran sala atiborrada de mesas y sillas toscas de madera. La chimenea iluminaba la estancia y le daba calor, calor que ella agradeció como un regalo del cielo. Se derrumbó en la silla más cercana al fuego, sin fuerzas para más. Cuando alzó la cabeza, el posadero había vuelto con un vaso de agua caliente especiada.

- Bebe- le ordenó. Hagga miró el contenido del vaso, oscuro y con grumos, pero aún así tragó y tragó. Sabía a miel y especias, a agua muy caliente, dulce y a la vez agrio. Le quemó la garganta al pasar-. Paga.

Hagga rebuscó en su bolsillo. Dos monedas de cobre. Se las tendió al posadero, que la miró con los ojos entrecerrados.

- Es todo lo que tengo- susurró con voz rajada. Clavó sus ojos de cierva en él, y vio cómo la expresión dura del hombre se ablandaba un poco-. Trabajaré para conseguir más. Puedo ponerme a fregar…

- No, niña- la cortó-. Vete a dormir. Segunda habitación a la izquierda, al subir la escalera. Mañana hablaremos del precio.

Y le tendió una llave enmohecida. Hagga no podía siquiera sonreír. Y menos coger la llave. Se derrumbó definitivamente de la silla y cayó al suelo, donde quedó inconsciente.

Cuando despertó un poco de luz le daba en la cara. Abrió los ojos añiles un poco. Junto a ella, sobre la mesita de madera, había una vela palpitante. Al otro lado de la ventana era noche cerrada. Se incorporó poco a poco, y sintió cómo le dolía todo el cuerpo. De su frente cayó un trapo húmedo. Apartó las sábanas y poco a poco puso los pies en el suelo de madera. El pelo, sucio y desgreñado, había perdido su tono blanquecino para hacerse grisáceo. Su cara estaba pálida, más pálida de lo normal. Se notaba tan débil que no sabía si sus piernas la sostendrían.

Avanzó poco a poco por la sala estrecha, apoyándose en las paredes. Tras ello, abrió la puerta y sintió una ráfaga de aire cálido impactar en su rostro húmedo. Aunque sentía el frío fuera, allí hacía calor, un calor asfixiante pero reconfortante que venía de las chimeneas y las antorchas.

Al final del pasillo había una puerta. La abrió y se quedó mirando los escalones a la vez que se deslizaba sobre ellos, solamente poniendo atención en la roca que…

- ¡Auch!- le gruñó un hombre- Ten más cuidado, ¿quieres?

- L-lo siento. Perdone- musitó ella, mirándole la cara, angulosa y de mandíbula cuadrada, rajada por un par de cicatrices. Le daban un aspecto terriblemente fiero, acentuado además por dos ojos esmeralda. El cabello, oscuro y lacio, le caía a mechones desde su cabeza de bruto, hasta los anchos y musculosos hombros que coronaban un pecho de toro, también cubierto por cicatrices, y que su camisa maltratada por la intemperie no podía cubrir sin estar tirante. De su cinturón pendía una gran hacha. Hagga alzó sus ojos asustados hasta los del desconocido, y se echó un poco atrás, asustada. El hombretón frunció el ceño y, con un manotazo que pretendía ser delicado, la apartó un poco y siguió su camino a la vez que soltaba un gruñido bajo-. ¡Disculpe!- volvió a decir, pero él no dio muestras de haberla siquiera oído.

Siguió bajando, y llegó a la sala principal. Pudo ver unas cuantas mesas circulares, algunas de ellas estaban ocupadas por pequeños grupos que jugaban a las cartas o charlaban, otras estaban invadidas por borrachos, las demás, vacías. Junto a la chimenea, un hombre tocaba el laúd, quedando su melodía enterrada por las risas y los gritos. Pero aún así, el juglar alto y delgaducho continuaba con los ojos cerrados, moviendo los dedos por las cuerdas, haciéndolas reír y llorar.

- ¿Ya has despertado?- preguntó una voz familiar a su lado. Se giró y se encontró con el posadero tripón.

- S-sí.

- ¿Cómo te encuentras, jovencita?

- Creo que me estoy recuperando…

- ¿Cómo piensas pagar tu estancia? Has dormido dos días enteros. Me temo que con eso que llevas no tienes ni para empezar.

- Pero… es lo único que…

El hombre sacudió la cabeza, y Hagga pudo entender que en el fondo no quería echarla. Estaba enferma, y si la dejaba sin un techo y una cama, moriría.

- Lo siento.

- No, espera. Puedes ayudar en la cocina un tiempo, o servir las bebidas si quieres. Eso nos compensaría por la ingrata de Katrina- estuvo a punto de escupir al pronunciar su nombre, pero recordó que estaba en su establecimiento y lo pensó mejor-.

- De acuerdo, puedo empezar ahora mismo.

- No- la paró poniéndole una mano en el hombro-. Tiemblas tanto que derramarías la cerveza y se armaría una pelea. Será mejor que hoy descanses, que te sientes y disfrutes de la chimenea con una manta por los hombros. Te sacaré algo de caldo caliente. A demás, fuera hay una ventisca y nieva como si todos los diablos del infierno escupieran flemas sobre nosotros. Será mejor que no te muevas de aquí.

Hagga le dio las gracias y se sentó en una mesa vacía cercana al fuego. El posadero le acercó una manta y una taza llena de caldo humeante. Cuando se marchó de nuevo Hagga se concentró en las llamas danzarinas, y a sus oídos llegaron los sonidos de las cuerdas. El trovador movía la cabeza lentamente mientras tocaba. A la joven le parecía que el fuego se movía al ritmo del laúd. Fue entonces cuando se fijó en la letra que cantaba en voz muy baja el músico errante.

Abrirán las puertas del cielo,

Caerá su canto sobre nuestras cabezas,

Y nuestros pies arderán en el infierno

Mientras mueren los señores en lo alto.

¿Te salvarás tú del hielo y el fuego?

Hagga desvió la mirada de la chimenea y la clavó en él. Tendría dos o tres años más que ella, o al menos eso parecía a simple vista. Su cabello castaño oscuro, recogido en una coleta baja, caía hasta mitad de su espalda. Alcanzó a verle unos ojos grises como la tormenta, y en su barbilla (que sobresalía, fina, de su rostro delgado) crecía pelusa de tres días, aunque no demasiada. Tenía los pómulos altos, que le daban un aspecto casi aristocrático a su rostro. Las vestiduras excéntricas no eran fáciles de pasar por alto: un sombrero del que caía una larga pluma de halcón, capa de color tierra con bordados (algo viejos, Hagga lo veía) de flores en color azul claro. El cuello de la camisa negra, hacia arriba, le cubría el cuello y acababa en las mejillas, y se ensanchaba desde los hombros y se mecía en dos largos trozos de tela. En su cintura brillaban dos cinturones cruzados. Los pantalones, abombados y de rayas de los mismos colores que su capa, acababan dentro de unas botas de caña negra que contaban con espuelas. Parecía que no iba armado, pero recordó que, con los errantes, no había que fiarse de las apariencias.

El posadero pasaba por allí, y Hagga lo llamó con timidez.

- Disculpe, señor- titubeó en un susurro-. ¿Podría decirme quién es el trovador?

- Ah- suspiró, aliviado-, te refieres a Sir Pico de oro.

- ¿Es un noble?- preguntó, sorprendida. El hombre se rió por lo bajo.

- No, pequeña. Es solo un cantante errante. Pero lo llamamos Sir por la forma que tiene de hablar. A veces es difícil entender lo que dice. No parece muy dado a rebajarse- sacudió la cabeza, como desaprobando su comportamiento-.

- Ahm…

- Todo lo demás, es un misterio. Cierto que canta bien, y quizá por eso lo toleran aquí toda esta panda de patanes- miró en concreto a un grupo de hombres que se emborrachaban en una de las mesas-.A demás, hay algunos aquí que le tienen… ¿Cómo decirlo? Respeto.

- ¡Pero si a penas lo toleran!- no pudo evitar exclamar, contrariada.

- Sí, es cierto que Sir Pico de Oro siempre está en un segundo plano. Pero, por alguna razón que yo no sé, todos estos evitan meterse con él- Se incorporó, y se dispuso a continuar con su trabajo, con un suspiro-. ¿Quién sabe?

Se alejó entre las mesas, dejó las jarras y los picheles y volvió a meterse en la cocina. Hagga apartó la vista del juglar y la hundió en la gran taza de caldo. Bebió otro sorbo, absorta en sus pensamientos. ¿Quién iba a decirle que, en ese mismo día y momento, iba a estar en medio de desconocidos? Algunos de ellos eran fornidos y llevaban armas a la espalda o en la cintura. Otros iban con extrañas vestiduras de todos los colores y clases. Capas, capuchas, brazaletes, guantes, cotas de malla… Hagga los miró con interés, aunque siempre con disimulo, no fuera a causar algún problema. Muchos de ellos parecían temibles, y los demás… Hagga sabía que no debía fiarse de lo que percibiera a simple vista. A lo mejor uno (o más) de aquellos que parecían inofensivos era un hechicero poderoso, de los que habían resurgido cuando el mundo se partió. Y ése era uno de los tantos temas de los que nunca había alcanzado a comprender y que, para la mayoría de personas, era un enigma. ¿De verdad sus poderes habían comenzado con el Desmembramiento? ¿O estaban ocultos y solo los dejaron fluir cuando apareció La Grieta? ¿De verdad todos los hombres y mujeres que manejaban magia eran malvados? ¿De donde venía su poder? ¿Cuál era la fuente? Hagga no lo sabía, y dudaba que lo descubriera algún día. ¿Cómo descubrían sus poderes? ¿Llegaban así, de la noche a la mañana, convirtiendo a una persona como tantas otras en un hechicero, o por el contrario se nacía con ellos y toda la vida era un aprendizaje? ¿Cuántos tipos de magias existían? Hagga había oído hablar de la magia negra toda su vida, de la magia de los demonios, que era lo que, según decían, englobaba a todas las demás. Pero ella lo dudaba. ¿Cómo podía algo tan magnífico ser tan malo?

Estaba pensando eso cuando se dio cuenta de que no oía la música. Y cuando alzó la vista, el trovador estaba sentado en su misma mesa, frente a ella.

- Buenas noches- saludó el hombre, quitándose el sombrero y haciendo un aspaviento con él-.

- Buenas noches.

- Esperaba que pudiera sentarme con vos. Sois una cara nueva a la par que hermosa. Decidme, ¿qué os trae por la villa de Rybinsk? O lo que queda de ella, por qué ocultarlo- carraspeó con desinterés-. No hay que ser muy agudo para ver que aquella ciudad murió hace tiempo atrás… y que la mayoría de los supervivientes se han refugiado aquí.

- Vivía a unos días de camino de aquí. He venido buscando a alguien.

- Pues, si es forastero y no está aquí… de seguro no lo encontraréis en Nueva Rybinsk.

- ¿Cómo lo sabes?

- Como comprenderás, en un pueblo pequeño se conocen todos, y más si está ubicado en un lugar tan frío como éste. Es de lógica que, si un forastero (y por lo tanto desconocido) llega al lugar, venga como tú a la posada. Y que esté de paso. Lo más seguro hacia el suroeste. Probablemente Varsovia o Ámsterdam. Eso si siguen allí. Pero en un lugar tan frío como este, y siendo invierno… se avanza poco a poco, y más aún si vas en soledad- la miró con sus ojos grises-. Muchacha, ¿vais vos en soledad?

- Yo…

- No, no digáis nada. Está claro que nadie os acompaña. Os veo perdida, y miráis a los demás con curiosidad. ¿Me equivoco?

Hagga sopesó su pregunta con desconfianza. ¿A dónde pretendía llegar aquél charlatán? ¿Qué respuesta iba buscando? Y, lo más importante: ¿Qué haría cuando la obtuviera?

- Busco a alguien, eso es todo. Sí, voy sola. Pero sé cuidar de mí misma- susurró, todo seguido. El bardo sonrió de medio lado.

- Y, por lo que veo, no tenéis dinero. ¿Quién si no bebería un poco de caldo caliente en una taberna? Solo un pobre, enfermo y enfriado. El perfil de un vagabundo. Tus ropas también son de vagabundo- observó-.

- Lo sé- reconoció, y torció el gesto mientras se tapaba un poco con la manta. Había olvidado lo sucia y penosa que iba, y parecía que Sir Pico de oro iba a recordarle que solo era una estúpida aldeana perdida.

- ¿Cuál es tu nombre, dama errante?- preguntó él.

- Puedes llamarme Hagga- dijo ella, en un esfuerzo por ser amable, y le tendió la mano. Mano que Sir Pico de oro no aceptó, sino que se echó un poco hacia atrás con una fina y momentánea mueca de desagrado.

- Vos ya sabéis cómo llamarme- suspiró, y arqueó las cejas, como si eso no fuese con él-. Ya os habrán dicho, sin duda, el estúpido mote que me han puesto aquí. Tened por seguro que no pretendía permanecer aquí más tiempo del preciso, pero esta proterva tormenta de nieve me ha retrasado.

- ¿Hacia dónde vas?- preguntó ella, interesada.

- Como todos los demás, mi camino sigue hacia el sur. Me oriento hacia Varsovia, en primer lugar, y después hacia Viena. No sé si siguen allí, pero me han dicho que hay muchos problemas políticos. ¿Veis a todos estos hombres?- Haga asintió con la cabeza- La mitad de los que aquí se encuentran en el grupo de mercenarios al que me uniré para seguir mi camino. La mayoría de los gobiernos necesita brazos fuertes que los defiendan y aseguren su poder. La otra mitad- bajó la voz y la cabeza, y habló en un susurro- son errantes o fugados: hechiceros y asesinos. Deberíais tener cuidado con esta gente.

- Me estás asustando- musitó ella, mirando a los demás con temor.

- Oh, pero ellos no suelen ser mala gente. A los hechiceros, me refiero. Cierto es que hay de todo. Incluso locos que creen tener un plan para dominar el mundo. Otros simplemente sobreviven, atormentados por sus propios poderes. El caso es que, donde hay mercenarios, debe haber lugares donde alojarse. Posadas, burdeles… y esos lugares precisan gente como yo. Artistas que alegren sus largas noches. Claro que a unos políticos les interesa eso más que a otros… Pero no es algo de lo que hablar aquí, ¿no creéis?

- Tienes razón- aceptó ella.

- Bien, pues. Me retiro a mis aposentos, quién sabe si mañana habrá arreciado esta tormenta, o si ya se habrá disipado- se levantó ágilmente, y volviendo a ponerse su sombrero emplumado le lanzó una sonrisa aburrida-. Que tenga dulces sueños, señorita.

- Lo mismo digo- dijo ella.

Sir Pico de Oro se alejó y se perdió en la escalera. Hagga se fijó en que habían llamado la atención de algunos de los otros clientes, que se limitaron a mirarla con interés unos momentos y después volver a reír con los demás y beber cerveza.

Al día siguiente la tormenta no solo no había amainado, sino que el viento helado golpeaba las ventanas con más furia y el paisaje, las calles y los tejados se habían vuelto invisibles bajo la espesa manta blanca de nieve. Hagga descubrió, aliviada, que el sueño había sido reparador para ella. Se despertó y, sin esperar a que el posadero le mandara qué hacer, empezó a colocar las mesas y las sillas. Para cuando el hombre bajó, la sala central se encontraba preparada, el fuego encendido, el suelo barrido, los vasos y platos brillantes, los cuencos de madera limpios. Y a Hagga fregando, con la ropa torpemente remendada y los brazos y cara limpios. Se había recogido el cabello bajo un pañuelo (que al fijarse reconoció como un jirón de su falda). En un barreño flotaban las otras prendas que no estaba usando en ese momento, empapadas en agua y jabón.

- Buenos días- saludó ella con una sonrisa-. Gracias por haber permitido que me quede aquí…

- Vaya- dijo el hombre, sorprendido-, parece que te lo estás tomando en serio.

- Si hay algo que he aprendido es que hay que dar algo por lo que te ofrecen, aunque no tengas oro para pagar. Disculpe las molestias de estos últimos días. Comprendo que deba trabajar duro para pagar lo que he usado.

- Bueno, entonces no hay problema… pero ¿te encuentras bien?

- Sí, aunque a veces aún estoy un poco débil y estornudo, pero el resto está bien. A demás, no me permitiría seguir abusando de la hospitalidad que me dais.

El posadero sacudió la cabeza, extrañado. Se rascó el cráneo, y se encogió de hombros. Se dio la vuelta, y Hagga lo escuchó mascullar algo mientras se marchaba.

- ¿Quién iba a decir que un mercenario sería tan amable? Quizá los juzgue demasiado rápido…

Ahora le tocó a ella el turno de quedarse pasmada. ¿Aquél hombre la había tomado por una mercenaria? No podía ser… ¿una chiquilla que a penas tenía un par de monedas y vestía con harapos? Pensó un momento, y se le ocurrió que todos aquellos hombretones fieros que pronto acudirían a pedir su desayuno deberían haber empezado de forma similar. Una duda asaltó a Hagga: ¿podría ella convertirse en uno de ellos? Negó con la cabeza y siguió concentrada en los vasos y jarras.