Hola!
Por primera vez ( y una de las pocas que lo haré) el capítulo se centra en Astaroth. Creo que me estoy encariñando un poco con el personaje... no sé. ^^
Este trozo me apetecía escribirlo, sobre todo, para describir la atmósfera en el infierno, que mientras avance la historia irá cobrando importancia, al igual que Jisyar. Por cierto, estoy trabajando en un mapa de cómo ha quedado la Tierra tras el desmembramiento, y cuando mi escáner resucite (no sé cuando será eso) lo pondré por ahí.
Lo que sí os dejo hoy es una advertencia de que este capítulo es bastante largo para publicarlo en modo blog, cosa que me da rabia. Y otra es que me he basado en la descripción de el infierno según Dante para hacerlo. Aquí pongo una de las imágenes que he encontrado (había muchas y se contradecían entre ellas) y, si bien no es exáctamente como yo lo he hecho, he intentado serle fiel en la medida de lo posible. (Para mí, la ciudad de Dis engloba los pecados más crueles y no solo a los herejes)
y este es el sitio donde encontré la información, a parte de la wikipedia:
A todos los que lo leen (y aunque solo sean una o dos personas) gracias. ^^
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Odiaba a los humanos. Odiaba sus lloriqueos, sus estúpidas quejas, sus caras de miedo cuando los mataba. Odiaba sus palabras, sus cambios, sus pensamientos. Odiaba sus ojos desorbitados y sus temblores, su estupidez. Pero, sobre todo, odiaba su vanidad.
Caminó con paso rápido y seguro por el pasadizo, y sus botas retumbaron en la galería subterránea.
La roca estaba pulida y lisa por millones de pasos durante toda la eternidad, trabajada creando un pasillo recto y oscuro sobre el abismo, como un puente negro sobre un negro más negro y profundo todavía. A los lados había brasas y llamas que se alzaban como una pared ardiente que devoraba el aire en su cálida danza. El puente de Srid-Hajol era así, y su comienzo y final estaban flanqueados por dos gárgolas de piedra que se miraban entre ellas, y en sus cuencas había brasas. Muy por debajo del puente (el cual solo podía ser cruzado por demonios de la nobleza, pues si no las gárgolas despertaban) corrían las aguas del olvido, que desembocaban en la laguna Estigia.
La capa se arremolinaba tras sus talones con cada paso. Al final emergió en la oscuridad el último tramo del puente. Los ojos de las gárgolas guardianas brillaron cuando pasó entre ellas, pero siguieron inmóviles. El puente daba a una bifurcación de caminos, tres pasadizos (uno para cada punto cardinal) se abrían y reptaban como serpientes huecas de piedra en la tiniebla, siendo Srid-Hajol el que llevaba al oeste. Astaroth siguió hacia el norte esta vez. Conforme avanzaba se iban encendiendo las antorchas a sus lados, y cuando las dejaba atrás se apagaban con un siseo. En el suelo se veían huesos partidos, costillas y calaveras, pero ni rastro del resto. Al final del pasillo, tras innumerables curvas, se abría una escalera de caracol de piedra tan oscura como la anterior, sin pasamanos. El techo se elevaba hacia el infinito, perdiéndose en las sombras. Los muros estaban decorados con tallas macabras que representaban la caída de los ángeles. A Astaroth le gustaba mirarlos, pues siempre descubría detalles nuevos, rostros que parecían aparecer de un día para otro, y partes que desconocía. Había pasado la eternidad en esa cárcel negra y oscura, y había visto muchos murales como aquel, aunque todos diferentes. Pasó la mano sobre ellos al tiempo que iba descendiendo la escalera. Al fondo se dejaba ver el fuego y la luz, y con ella, ascendía el calor sofocante.
El descenso le ocupó veinte minutos aproximadamente. En el hueco de la escalera había un fuego encendido en el interior de un caldero, vigilado por dos demonios menores, bestias barrigonas y nauseabundas, casi pútridas, condenadas a vivir para toda la eternidad en esa piel grasienta que a penas ocultaba sus vísceras. A Astaroth se le revolvía el estómago cada vez que los veía, pero hacerlo era una de sus medidas para no olvidar que si perdía las ganas de vivir, acabaría convertido en uno de ellos. Los dejó atrás.
Ante él se abrían los muros de la ciudad de Dis. La ciudad, de muros de hierro forjado grueso y puntiagudo, quedaba cercada por una gran puerta de hojas del metal más grueso y duro del averno. En ella, como en la roca de las escaleras, habían figuras de los malditos, torturas, asesinatos, mujeres y hombres copulando, y sobre ellos una inscripción: He aquí la ciudad de Dis, capital de la maldad. El pergamino férreo estaba sujeto por dos ángeles caídos, una hembra y un macho, que con la otra mano se acariciaban el sexo. Astaroth pasó bajo la inscripción sin fijarse en ella siquiera.
Al otro lado, se abría la ciudad de edificios de piedra, castillos altos y oscuros, con ventanas de arcos apuntados, nervios largos y estilizados, rosetones (algunos rotos, otros intactos), con grandes puertas ricamente decoradas. Algunas de ellas eran hermosas, otras seguían el característico patrón de crueldad de las demás esculturas. Las calles y caminos estaban adoquinados, aunque las lluvias de brasas y fuego habían hecho agujeros en ellas, y también en las paredes. Continuó la marcha perdido en sus propios pensamientos. De vez en cuando se cruzaba con otros diablos. Primero, con uno de su clase que avanzaba con la mano en la empuñadura de su espada. Después, una litera de madera que llevaban ocho demonios menores. La diablesa, hermosa y con expresión lasciva, descorrió la cortina y lo miró con descaro. Él inclinó la cabeza al pasar en forma de saludo y siguió su camino sin detenerse. Ella se abanicó con la mano. Astaroth sabía que era inútil. El azufre y el calor eran tan parte del aire que solo conseguiría más sudor… pero quizás era lo que ella deseaba.
Sus pasos lo llevaron hasta su palacio. Llamó con tres fuertes golpes a la puerta de hierro, y un criado se apresuró a abrirle.
- ¡Amo!- exclamó el mayordomo, un diablo de pelo canoso, ojos sabios y mirada turbia- No le esperábamos. No creíamos que fuerais a volver tan de repente.
- Por eso estás aquí, por no creer- sonrió, y después soltó un suspiro-. Por fin en casa. Barbatos, ordena que me preparen el baño. Llama a Rusalka y a Deborah. También me apetece algo de comer.
- En seguida, mi señor- y se alejó hacia la cocina, mientras él descendía por las escaleras hasta llegar al baño.
Astaroth entró en el baño, una piscina de agua caliente que las luces hacían roja como la sangre, de la que emergía vapor, lo esperaba. Mientras se desnudaba, el nivel del agua iba subiendo. “Barbatos siempre ha sido muy eficiente”, pensó. Cuando acabó, descendió los peldaños de mármol rojo y brillante, y caminó hasta que el agua le cubría por la cintura. Sumergió la cabeza. El agua limpió su cabello y el sudor de su poderosa espalda, de sus brazos y su pecho. Goteó de su pelo como perlas de rubí, para sumergirse en un lago de diamante rojo y relumbrante. Tras él escuchó las pisadas tenues, delicadas, y las risitas de las gemelas. Cerró los ojos y se recostó contra el bordillo de la piscina con una sonrisa.
Rusalka y Deborah eran iguales excepto en los ojos y en el carácter. Rusalka, de ojos color dorado como los de una gata y dulce a la vez que traviesa. Deborah, guerrera, lasciva y con ojos azul mar. Eran hermosas, con la larga mata de cabello blanco como la leche y la piel oscura, ataviadas con sedas casi transparentes que dejaban a la vista sus cuerpos. Rusalka, casi siempre de colores rosados y púrpuras, Deborah en tonos anaranjados y carmines.
Ambas bajaron las escaleras y lo miraron, sonriendo con sus dientes blancos y sus colmillos alargados. Las súcubos movieron sus sensuales caderas mientras caminaban hacia Astaroth, y sin quitarse las prendas entraron paso a paso en el agua. Las telas vaporosas quedaban en la superficie, moviéndose con las ondulaciones de la piscina alrededor de ellas. Se acercaron a su amo, pasearon sus ágiles dedos por su pecho, y lo besaron en los labios, mordiéndolos sin llegar a hacerle daño, clavando sus ojos felinos entrecerrados en el rostro del diablo. Él las acarició, sintiendo cómo sus besos y sus manos iban haciendo reaccionar a su cuerpo.
Las había encontrado hacía unos años en uno de los burdeles de la ciudad. Habían sido prostitutas en vida, y también en la muerte. Parecía que habían sido envenenadas por una esposa celosa, y ellas odiaban su forma de ganarse la vida… ¿qué mejor tormento que ser obligadas a seguir haciéndolo el resto de la eternidad? Así se habían convertido en súcubos muchos siglos atrás. Pero Astaroth pudo aliviarlas un poco de su sufrimiento, pues aunque seguían siendo meretrices, ahora solo eran suyas y él no las trataba como los brutales diablos a los que eran obligadas a servir. Siempre había sido un rebelde, y lo seguiría siendo en el infierno, desafiando las leyes dictadas por los de arriba. Y si con ello podía ganarse placer, todavía más.
Enterró el rostro en la espalda de Rusalka y enredó las manos en su pelo blanco mientras las dejaba hacer su deber. Justo cuando estaba a punto de terminar…
<Diana>
- Mi señor- ronroneó Rusalka unos minutos después con una sonrisa en los labios- hacía mucho tiempo que no venías a vernos. ¿Tan ocupado estás?
- Si estás tenso confía en que nosotras te aliviemos- gorjeó Deborah desde los escalones, donde se había sentado para secarse el pelo al tiempo que disfrutaba de la calidez del agua.
- Sí, estoy muy, muy, muy ocupado- susurró haciendo morritos mientras atraía a la dulce súcubo hacia él y esta reía de contento-. Pero echaba de menos vuestros ojitos y vuestros labios. Estoy tan ocupado que a penas tengo tiempo para vuestros mimos- posó un beso en su hombro y la soltó; le apetecía estar solo-.
Se alejó de ella con pasos decididos, dejándole un gesto tristón en el rostro. “Esta chica es insaciable” pensó. Cuando pasó junto a Deborah, ésta mordió su muslo, pero no se detuvo. No se molestó en ocultar demasiado su desnudez. Se ató a la cintura la toalla y, tras decirles que limpiaran su ropa, subió las escaleras hasta su habitáculo, en el tercer piso. Se dejó caer sobre la cama, y cerró los ojos. Se permitió relajarse, sentir el fuego que corría por sus venas, sentir las brasas ardientes en su cabeza, en sus ojos. Sonrió. Él había sido hecho para eso, para dejarse llevar por la ira, igual que los otros seis grandes nobles del averno.
Astarte, su hermana, poseída por la avaricia y esposa de Mammon; Asmodeo, protector de los súcubos e íncubos, dado por completo a la lujuria junto a su pupila Belial; Belcebú, señor de las moscas, consumido por la pereza…
Astaroth se el cráneo y bostezó. Hacía tanto tiempo que no estaba en aquella casa…
Su habitación estaba pintada de un color granate que contrastaba con los adornos en tonos hueso, líneas que creaban extensas redes de flores tejidas en las esquinas. Se abría un gran arco apuntado hacia el balcón, flanqueado por dos pesadas cortinas de terciopelo rojo. En el lado opuesto, un espejo roto. Los muebles de madera (una cómoda, un armario y una mesa baja de tres metros de largo) se disponían ordenadamente gracias a sus criados. Sobre la última se acumulaban caóticamente (eso sí lo había puesto él) velas, lámparas de aceite, pulseras de oro y gemas, inciensos de olor a azufre y a flores (olores que traían recuerdos a Astaroth), y algunos curiosos objetos. Entre ellos, una vasija que evitaba abrir a toda costa.
Astaroth se la quedó mirando unos instantes. Seguidamente se dio la vuelta y hundió el rostro en la suavidad de los almohadones, sintiendo la seda acariciarle la piel. Cerró los ojos, y durmió.
Lo despertó el sonido de las campanas una hora después. Se levantó de un salto y corrió hacia el balcón, dejando su furia emerger. Lanzó un rugido a la ciudad, a la vez que perdía el control y le crecían las alas. Ese maldito campanario… un edificio indestructible, en lo más alto de la caverna, cuyas campanas repiqueteaban una vez cada hora, impidiendo el sueño a los demonios que aún no se habían acostumbrado a su poderoso tañido. Astaroth controló su furia mientras respiraba agitadamente, y paseó la vista por la panorámica de la ciudad. Recogió poco a poco sus apéndices retráctiles y los ocultó a la espalda, bajo sus omoplatos.
Su palacio estaba en la colina del este, una zona elevada rodeada de murallas de piedra, donde moraba la nobleza demoníaca. Pero los diablos mayores preferían vivir protegidos unos de otros, por lo que cada palacio contaba con sus muros defensivos y sus ejércitos vasallos, a parte de con las alianzas o enemistades con los demás nobles. La ciudad por completo estaba sumergida en un estado de caos controlado por Lucifer.
Astaroth llamó a Barbatos, que se presentó ante él sin demora.
- Haz que ensillen a mi corcel- ordenó mientras se ponía la ropa interior y los pantalones-. Voy a visitar a mi hermana.
- En seguida, amo.
Astaroth hizo que abrieran para él y su escudero Pruslas la puerta principal. La pesadilla (un gigantesco y poderoso caballo negro de batalla, de aliento y crines de fuego y ojos rojos que brillaban como ascuas) piafó cuando se le pidió el trote, pero no se atrevió a desobedecer a su dueño. Por donde pasaban, los demás diablos hacían una reverencia, e incluso los nobles bajaban la cabeza. “Cobardes y traidores” pensó, pero se limitó a espolear a su corcel infernal para dejarlos atrás.
Al llegar a las puertas de su hermana, ésta lo esperaba para darle la bienvenida.
- Mi bienamado hermano- lo besó en la frente cuando desmontó-, pasa a mi humilde casa.
- Hoy estás hermosa, Astarte- la dama iba ataviada con un magnífico vestido blanco que la hacía refulgir como un ángel, con su cabello negro y largo ondeando en la brisa ardiente-. Cuánto me alegro de verte.
El palacio de Astarte y Mammon era de todo menos humilde. Las paredes refulgían con gemas y diamantes, en sus paredes se abrían numerosos balcones, el cuidado jardín le recordaba a los que poblaban la superficie en el principio de los tiempos aunque eran de vida breve y estaban protegidas del viento candente por un gran edificio de cristal.
Astarte condujo a su hermano al interior del castillo, y lo condujo a través de las salas iluminadas hasta la biblioteca de su esposo. Mammon era un hombre de mediana edad, de cabello salpicado de canas y facciones duras, su nariz era ganchuda y sus cejas gruesas. La sala de lectura estaba iluminada por una gran ventana con vidrieras que representaba el vuelo de un dragón de múltiples cabezas sobre un campo de hierba verde, que a súbitamente se abría a un río de lava. En la parte superior los ejes que formaban el dibujo en el cristal engarzaban una gran esmeralda tallada como una esfera, y muchas otras piedras preciosas. Las estanterías, a demás de valiosos volúmenes manuscritos, mostraban objetos de incalculable valor, estatuillas de cultos olvidados, piezas escultóricas hermosas, cajas de música brillantes, dagas afiladas, recipientes de exótico cristal y millones de pequeños tesoros que la pareja coleccionaba siglo tras siglo, milenio tras milenio. Astaroth se preguntaba cada vez que visitaba a su hermana dónde estaría la cámara secreta que contendría lo más preciado para ellos, y qué tesoro inimaginable tendrían como favorito. Era consciente de que cuando sus arcas de oro se vaciaran (si es que algún día lo hacían) no podrían soportar vender todos sus caprichos y aquella jaula de diamantes sería el fin de ambos. Se apenaba por Astarte, pero por su esposo… Mammon nunca había sido de su agrado, pero aquella decisión, por mucha ira que le hubiera causado, era de su hermana. Y ella difícilmente daba su brazo a torcer, por muy dulce y melosa que pareciera. Unidos por la avaricia y por el oro, el matrimonio había otorgado a Astaroth muchos dolores de cabeza (que lo ponían frenético) y mucha preocupación: en algunas ocasiones su hermana había acudido deshecha en lágrimas a su castillo, revelando moratones o cortes en las manos, y necesitaba que él la abrazara durante horas, mientras musitaba que seguramente Mammon estaría destrozando tal o cual cosa suya. A veces había tenido que llevársela a dormir a su propia cama y acunarla en sus brazos para que se calmara. Pero Mammon nunca había tocado ni una sola de sus pertenencias: aunque no dudaban el uno o el otro de golpearse entre ellos, nunca habían destrozado uno solo de los caprichos que exhibían en su casa.
- Mis saludos, cuñado- sonrió, levantando la vista del libro. “Falso” gruñó interiormente Astaroth, pero se cuidó de decirlo en voz alta. Aunque el poder del señor de la ira era grande, sabía que también la encarnación de la avaricia podía ser brutal. Y allí había dos. No dudaba que su hermana lo atacaría con una rabia que no probaba desde hacía milenios si veía romperse alguno de sus trastos, y Astaroth no quería volver a sentir su furia en él-.
- Veo que aún seguís con vuestra búsqueda- comentó.
- Sí- reconoció con un siseo Mammon-, pero cada vez estoy más cerca. Desde que se abrió la gran grieta puedo sentirlo con más fuerzas.
- Espero que esta vez lo consigáis- dijo sin mucho interés mientras se dejaba caer de forma maleducada en un sillón-.
Mammon y Astarte lo miraron con furia pero se contuvieron. No era aconsejable hacer enfadar al Señor de
La ciudad de Dis era el mejor lugar del infierno, donde solamente llegaban los diablos que no perdían las ganas de vivir, o los que realmente tenían oportunidades de subsistir. Los demás acababan por convertirse en monstruosos seres deformes, ya fuera por el tiempo, el sufrimiento, u otras causas que los demás preferían no saber. Sin embargo, no era un lugar cómodo (al menos no aparentemente). En aquella ciudad las ansias de poder solo rivalizaban con el deseo de salir de allí antes de que el castigo se cerniera sobre sus cabezas con una fuerza de mil cuchillos. Lo último que se conocía de los demonios el día que les llegaba la hora era que se veían arrastrados hacia el campanario y desaparecían, jamás volvía a verlos nadie. Pero algunos aseguraban que oían los gritos y los estertores, sus chillidos de agonía, su dolor. Astaroth y los demás nobles eran muy viejos, pero no estaban seguros de que aquella llamada no los haría sus presas algún día. Todos conocían el caso de Ishtar el Temible, que por mucho que se resistió acabó sucumbiendo a ella. Se decía que sus gritos resonaron en cada una de las paredes de Dis durante días. Y Astaroth sabía que Ishtar había sido uno de los nobles de la ira que lo precedió.
Apartó esos pensamientos de su mente, y apoyó la frente en una de sus manos.
- ¿Qué te trae por aquí, hermano?- preguntó Astarte, radiante. Todas las joyas que decoraban su cuerpo y su piel centellearon a la luz.
- He encontrado a la muchacha. A la noble del exterior. Presiento que, antes o después, lograré que surjan sus poderes.
- ¿Estás seguro de que es ella?- preguntó Mammon, entrelazando los dedos bajo la barbilla y con un brillo extraño en los ojos- ¿Estás seguro de que no es más que…?
- Es ella- atajó Astaroth. “Diana nos salvará a todos”-. Siento poder emanando de ella, más poder que el de ningún otro profeta que hayamos interceptado.
- Falso profeta, querrás decir- lo corrigió Mammon.
Astaroth clavó sus ojos rojos en él como una advertencia de que no se sobrepasara. El otro demonio entendió que debía tratarlo con más respeto o lo haría enfadar. Volvió a aclararse la garganta, pensando cuantos minutos más duraría esa conversación. Nunca habían conseguido dirigirse la palabra más de quince minutos sin que uno de los dos estallase en furia.
- Esa chica…- carraspeó el esposo de Astarte- ¿Dónde vive exactamente?
El señor de la ira sopesó un momento su pregunta. Era peligroso revelar su paradero exacto a otro diablo, pero sabía que Mammon no podría salir del averno arriesgándose a dejar sus pertenencias allí. Antes arrastraría su casa tras él que alejarse de ella unas horas, y no creía que deseara llegar a ese extremo. Tampoco se arriesgaría a que alguien lo hiciera por él, con esa obsesión suya de que alguien le podría robar cualquier cosa.
- Vive al norte, en una pequeña península, alejada de las ciudades. Sin duda una estrategia muy inteligente para protegerse.
- ¿Cómo es?- siguió preguntando.
- Una humana como otra cualquiera- se forzó a decir Astaroth. ¿Qué querría conseguir el otro con sus preguntas?-. Ojos claros, pelo rojizo, piel suave.
- ¿Y su nombre es…?- Astaroth se levantó de un salto, y fulminó a su cuñado con la mirada. No era ningún secreto que un demonio podía poseer otro cuerpo si sabía su nombre y el hechizo adecuado.
- ¿De verdad esperas que te diga su nombre?- gruñó- ¿Para qué? ¿Para que puedas poseerla?
- Calma, calma, amigo. ¿Por qué te exaltas tanto? Tan solo era una pregunta.
- Sé bien lo que significan tus preguntas- cerró los puños con fuerza-. Hermana, es hora de irme. Aquí tienes tu regalo- y le ofreció de mala gana una cadena de oro con un diamante engarzado. Astarte sonrió levemente cuando lo cogió, pero en seguida la alegría se esfumó de sus ojos y volvieron a brillar con esa luz avariciosa. “Nunca tendrás suficiente, hermana. Nunca podrás controlar ése egoísmo, y eso te destruirá tarde o temprano”
Salió como una exhalación de la casa, con su hermana corriendo tras él, rogándole que no se fuera. Astaroth cogió con furia las riendas de su corcel de las manos del diablillo menor, y apartó a Astarte de un empellón cuando lo agarró del brazo.
- No te enojes, Astaroth- rogó ella, aunque le lanzó una mirada de advertencia con sus ojos de diablesa-. Estoy segura de que mi esposo no lo ha dicho con la intención que tú crees. Sabes que no queremos causar problemas.
- Eso espero- ladró él mientras subía a lomos de la bestia, que escarbó nerviosa en el suelo con uno de sus grandes cascos-. Por el bien de todos.
- Sabes que…
- Mírame- gritó de improviso, y encogiéndose en la silla cogió a su hermana del cuello de su lujoso vestido blanco y la alzó del suelo hasta ponerla a su altura. Ella cerró los ojos, asustada por el arranque violento-. ¡MÍRAME!- gritó. Su hermana se mordió el labio inferior y lo retó con la mirada de sus grandes ojos- No quiero que nadie más que yo tome cartas en el asunto. Ya se lo puedes meter a Mammon en la cabeza o haré que sus sesos se desparramen por el suelo de su estúpida biblioteca- siseó, y Astarte no tuvo ninguna duda de su amenaza. Acto seguido su rostro se relajó y le lanzó una de sus sonrisas-. ¿Lo has entendido, hermanita?
- Sí- afirmó ella, con los labios apretados-.
- Muy bien- la bajó con delicadeza al suelo y espoleó a la montura-. Adiós, pequeña Astarte. Cuídate mucho- y le lanzó un beso mientras ponía a la pesadilla al galope, seguido de su escudero.

